El valor del trabajo es intrínsecamente colectivo

Evan Behrle

Traducción: Natalia López

La izquierda sostiene que los trabajadores merecen el fruto de su propio trabajo, mientras que la derecha argumenta que algunos aportan mucho más que otros y, por lo tanto, merecen un salario más alto. Sin embargo, esa afirmación pasa por alto que todo aporte individual depende por completo del trabajo colectivo.

La mayoría de las personas de izquierda cree que quienes reciben los salarios más bajos en las economías capitalistas deberían ganar más, incluso si eso significa que los actuales ganadores del mercado cobren mucho menos. ¿Cuál es el argumento básico para sostener esto? Es una pregunta que me obsesiona desde hace tiempo. Durante la pandemia de COVID-19, un miembro de mi familia trabajaba en un depósito de Amazon. Al pensar en esos trabajadores de depósitos en plena época pandémica, la respuesta parecía obvia: se los llamaba «esenciales» porque su trabajo era sumamente valioso.

La fuerza de esta respuesta demuestra la vigencia de una vieja idea: que los trabajadores tienen derecho a los «frutos de su trabajo» y que es injusto que se les pague menos del valor que aporta su producción. Esta idea no tiene un único nombre, pero podemos llamarla «el principio de contribución».

Dicho principio motorizó a casi todos los primeros socialistas y sindicalistas. Fue la base para afirmar que los capitalistas explotaban a los trabajadores, un planteamiento que cambió el mundo. Durante mucho tiempo, y hasta la llegada de Tony Blair, se lo podía encontrar nada menos que en la propia constitución del Partido Laborista británico.

Sin embargo, apelar al principio de contribución desde la izquierda conlleva una complicación. Pensemos en los empleados administrativos y profesionales de Amazon que ganan cientos de miles de dólares al año. ¿Cómo se justifica que cobren tanto más que los trabajadores de los depósitos? Se argumenta exactamente lo mismo que acabo de señalar: se invoca el principio de contribución. Amazon está dispuesta a pagarle a cada uno de estos profesionales más de lo que le paga a cualquier empleado de depósito porque calcula que generan más valor para la compañía; es decir, que influyen mucho más en el balance final de la empresa.

Bajo cualquier interpretación de la palabra «contribución», parece evidente que algunos trabajadores aportan mucho más que otros. Por lo tanto, invocar este principio para exigir mejores sueldos para los sectores precarizados corre el riesgo de justificar, al mismo tiempo, los salarios de quienes ganan muchísimo más.

Para algunas personas que se consideran de izquierda esto no será un problema. En su visión, los únicos enemigos son los multimillonarios (y el flamante primer billonario). No creo que esa sea una perspectiva por la que valga la pena pelear. Desde luego, no es una propuesta igualitaria: expropiar todos los ingresos del capital global ni siquiera alcanzaría para cerrar la brecha entre los trabajadores de la mitad inferior y la mitad superior del mercado laboral mundial.

Por eso resulta necesario preguntar: ¿podemos rechazar la desigualdad extrema de ingresos y sostener, al mismo tiempo, que a los trabajadores peor pagados se les están negando los frutos de su esfuerzo? Si es así, ¿cómo le respondemos a alguien que defiende su sueldo descomunal señalando la enorme diferencia que supuestamente genera su trabajo? ¿Cómo puede la izquierda igualitaria arrebatarle el principio de contribución a los ganadores del mercado laboral?

En un artículo reciente sostengo que la respuesta se encuentra en un hecho banal: el valor del aporte de cualquier trabajador depende del trabajo colectivo realizado en otros puntos de la economía. Por lo tanto, los profesionales con sueldos altos no pueden alegar que merecen más dinero basándose en que su aporte productivo individual es mayor.

¿Cuál es la injusticia que sufre el trabajador mal pagado?

Mi investigación sobre estas cuestiones nació del desencanto que me generaban otras respuestas tradicionales. Aquí presento tres de las más comunes.

Primero: La explicación sobre lo que Amazon está dispuesta a pagarle a sus diferentes empleados es una versión rústica de la teoría de la determinación de salarios de la economía neoclásica, según la cual a los trabajadores se les paga el valor de la diferencia que generan en la producción de su empresa (su «producto marginal del ingreso»). Debido a esto, algunos impugnan la desigualdad extrema rechazando que el producto marginal sea un tipo de «contribución» que deba importarnos. El problema es que si se lo cambia por cualquier otra concepción de contribución, el igualitarismo choca contra la misma pared: algunos trabajadores parecen aportar muchísimo más que otros.

Segundo: Hay quienes aceptan ese punto pero niegan que los mercados laborales midan realmente la contribución, sea cual sea la forma en que se la entienda. Observan las economías avanzadas y ven que personas con aportes evidentes —docentes, obreros de la construcción, personal de limpieza, agricultores, trabajadores de fábricas— reciben sueldos bajísimos, mientras que quienes tienen empleos de oficina intrascendentes (bullshit jobs) ganan fortunas frente a sus computadoras.

Desde esta perspectiva económica, los ganadores del sistema se limitan a especular en firmas de operaciones financieras de alta frecuencia o a perder el tiempo en Google, gastando los fondos que genera un monopolio publicitario. O tal vez algunos sí generan un impacto real, pero negativo: inventan redes sociales, teléfonos inteligentes y aplicaciones de apuestas que terminan arruinando el mundo.

Sostener que «el trabajo de cualquier rico es falso o dañino» tiene cierto atractivo populista. Sin embargo, muchas empresas ganan dinero ofreciendo bienes y servicios que nos alegra tener. La idea de que no existe ninguna relación entre la productividad y la remuneración en las economías de mercado reales resulta difícil de creer.

Tercero: Quizás por esa misma razón, en la filosofía política (y, según mi experiencia, entre los economistas) pisa fuerte otra respuesta. Hoy en día, muchos filósofos políticos son «igualitaristas de la suerte»: piensan que, para citar el resumen de Larry Temkin, «es malo —injusto e inequitativo— que algunos estén peor que otros por causas ajenas a su culpa o a sus elecciones».

En la narrativa meritocrática, alguien que nace en circunstancias comunes progresa gracias a sus propios talentos naturales. Pero ¿qué hizo para merecer esos talentos? ¿Por qué otorgarle el crédito por haber ganado la «lotería del nacimiento»? Esta es la premisa central del igualitarismo de la suerte: una ampliación radical del lema «ahí, si no fuera por la gracia de Dios, iría yo», que pasa de aplicarse a las condiciones de nacimiento a la naturaleza misma de la persona.

Desde este enfoque, lo injusto en la situación de los trabajadores peor pagados es que reciben una compensación mucho menor por razones que escapan a su control: porque no tuvieron acceso a la misma educación o porque, sin tener la culpa, poseen talentos menos productivos que los profesionales de ingresos altos.

El igualitarismo de la suerte posee una belleza extraña, pero considero que es, justamente, ajena. Como observó alguna vez Robert Nozick, si nos desprendemos de nuestras cualidades más básicas, como nuestros talentos, cuesta ver qué queda de nosotros mismos.

El carácter colectivo de la contribución

Existe una respuesta superadora al aparente elitismo del principio de contribución. Aunque nunca se ha formulado con total precisión, se trata de una variante de una idea muy instalada: la noción de que la «sociedad» juega un papel clave en los aportes de los trabajadores individuales, una postura asociada principalmente a los liberales británicos y a los socialistas fabianos de principios del siglo XX.

Volvamos al concepto de los «trabajadores esenciales». Mucha de la gente que realiza tareas indispensables cobra muy poco. ¿Por qué ocurre esto? Si su labor es fundamental, ¿cómo se explica que esté tan mal remunerada? La literatura económica empírica analiza una versión acotada de este dilema: ¿por qué los salarios no reflejan la diferencia que los trabajadores marcan en el margen (sus productos marginales del ingreso)?

Sin embargo, hay que plantear una pregunta más profunda: ¿cómo puede ser que la diferencia que los trabajadores generan en el margen no refleje el hecho de que son esenciales?

Mi respuesta es que el aporte de muchos trabajadores esenciales, y de gran parte de los sectores precarizados en general, es un aporte colectivo en un sentido estricto: juntos generan un impacto mucho mayor que la suma de las diferencias que marcarían individualmente. Este hecho básico explica por qué el trabajo esencial es tan mal pagado y por qué el principio de contribución no legitima la desigualdad, a pesar de lo que parece a primera vista.

Las contribuciones colectivas están en todas partes. Pensemos en el personal que mantiene las autopistas o en quienes atienden los supermercados. Si todos ellos abandonaran sus puestos a la vez, sería una catástrofe; sin embargo, no se llega a la dimensión de esa catástrofe sumando, uno a uno, los impactos individuales de cada empleado. Más importante aún es pensar en la propia división del trabajo. Las enormes ventajas de la especialización se obtienen tanto si tenemos $n$ como $n + 1$ trabajadores en cada función. Esto significa que la división del trabajo es un logro colectivo, y su trascendencia no puede medirse sumando los aportes marginales de los individuos que la ejecutan.

El problema de las lecturas individualistas del principio de contribución —como la retribución basada en el producto marginal del ingreso— es que son ciegas a los logros colectivos. Para entenderlo, podemos comparar dos economías extremadamente simples.

La primera es una economía de solo dos trabajadores. Uno realiza un aporte equivalente a toda la producción: sin su esfuerzo, no se produciría nada de valor. Sin embargo, este aporte depende del segundo trabajador: sin este último, la labor del primero no aportaría nada en absoluto. (Imaginemos, por ejemplo, que el primer trabajador fabrica lámparas y el segundo genera la electricidad para encenderlas). La retribución por producto marginal registra esta dependencia; influir en el impacto que el primer trabajador tiene sobre la producción es, en sí mismo, influir en la producción. De este modo, ambos trabajadores tienen el mismo producto marginal. Hasta ahí vamos bien.

Pero ahora imaginemos que el segundo trabajador es, en cambio, un colectivo de personas, y que la producción del primero depende de lo que ellos hacen únicamente en conjunto: sin el esfuerzo del grupo, el trabajo del primero no aportaría nada, pero ningún miembro del colectivo marca una gran diferencia por sí solo.

La retribución según el producto marginal dicta que los demás trabajadores reciban solo las migajas que corresponden a su impacto individual; casi todo se lo lleva el primer trabajador, a pesar de que su labor depende enteramente del resto. Esto no tiene sentido.

No es simplemente que el principio de contribución ignore el logro colectivo de los demás trabajadores. Es peor: ese logro colectivo sigue apareciendo, pero se computa principalmente como el aporte «individual» —y por ende en el salario— del primer trabajador. (Para los economistas que pretendan despachar esto como una consecuencia lógica e irrelevante de que los salarios se fijan por productos marginales y no totales o medios, el punto es que la productividad marginal de ese único trabajador está determinada, en parte, por el producto total de los demás).

Lo mismo ocurre en las economías reales. Pensemos en un empleado de Apple que desarrolla software para el iPhone. Podemos dar por sentado que su trabajo individual es muy valioso. Sin embargo, nótese el dato crucial: el valor de su tarea depende por completo de las contribuciones colectivas de otras partes de la economía, desde los mineros de litio hasta los montadores de Foxconn, y la lista sigue. Incluso si estos otros trabajadores vivieran en un país con salarios tan altos como los de Estados Unidos, cobrarían de forma individual según sus productos marginales individuales, que bien podrían ser bajos. Pero lo que logran en conjunto es obviamente determinante: sin ese trabajo, no hay iPhones.

Mediante el mecanismo, aparentemente inofensivo, de pagarle a los trabajadores uno por uno, el mercado laboral realiza un truco extraordinario: traslada el valor de este trabajo colectivo hasta el eslabón final de la «cadena de valor», enriqueciendo no a quienes realizan el esfuerzo, sino a quienes dependen de él.

Contribución obrera y desigualdad de ingresos

¿Qué consecuencias tiene todo esto para la desigualdad extrema? Imaginemos a un profesional de ingresos altos que se queja de pagar más impuestos: «¿Por qué el gobierno tendría que sacarme tanto de mi sueldo si me pagan el valor de mi trabajo?». Nuestro reflejo inmediato suele ser negar que su labor sea realmente tan valiosa. Pero ¿cómo saberlo? Quizás lo sea. Nadie cree realmente que todo empleo que requiera una computadora portátil sea una farsa. (Yo mismo escribí este artículo en una computadora de escritorio, valga la aclaración).

Existe una respuesta superadora. La magnitud del aporte de ese profesional depende de lo que otros trabajadores hacen únicamente en forma colectiva. En un mercado laboral que paga de manera individual, esto significa que el aporte de dicho profesional se ve inflado por un trabajo que, en la práctica, no se está pagando en otra parte de la economía. El dinero que debería ir a otros lados termina en los bolsillos de un solo trabajador.

El punto no es que su trabajo valga menos de lo que el mercado calcula. Es que el valor de su trabajo le pertenece mucho menos de lo que el mercado supone. Muchos trabajadores intervienen para determinar ese valor, pero no todos reciben la recompensa correspondiente.

Una objeción

Ante esto, surge una objeción natural: los grupos de trabajadores a los que me refiero, como los mineros de litio, no aportan tanto ni siquiera en conjunto. Si ellos no extrajeran el litio, otros trabajadores los reemplazarían, lo que demostraría que, incluso unidos, no marcan una gran diferencia.

Esta crítica se basa en una confusión entre contribución y causalidad. Pensemos en un experimento mental sencillo: tú y yo estamos tirando piedras contra una botella. Al final, yo le pego a la botella y se rompe. Pero si yo no le hubiera pegado, le habrías pegado tú. Por lo tanto, yo no marqué ninguna diferencia: si no hubiera lanzado mi piedra, la botella se habría roto igual. A pesar de no haber marcado una diferencia en el resultado final, ¿fui yo quien causó que la botella se rompiera? Sí, por supuesto.

En la filosofía esto se conoce como «anticipación» (preemption): yo me anticipo a ti, mi posible reemplazo. La lección de estos casos es que los efectos no tienen por qué depender («contrafácticamente») de sus causas. (Podrían depender de sus causas si se mantienen fijas otras variables. Si esto recuerda a los métodos de inferencia causal de las ciencias sociales, no es una coincidencia).

La idea de «contribución» en el principio homónimo debe ser de carácter causal. Si yo cocino una torta para tu fiesta de cumpleaños, he contribuido con una torta; sería absurdo afirmar que no aporté nada porque otro habría cocinado una si yo no lo hubiera hecho.

Los obreros que extraen litio son los responsables causales de esa extracción; por ende, su contribución causal a la producción de iPhones es total. Del mismo modo que lo es la de los montadores de Foxconn, la de los gerentes de producto en Cupertino, etcétera. Cualquier cadena de suministro con múltiples procesos necesarios presenta esta misma igualdad de contribución causal (compárese esto con el enfoque de «valor agregado» de los economistas, donde el valor de un proceso necesario es simplemente la diferencia entre el precio de mercado de lo que sale de él y lo que entró).

¿Qué camino tomar?

El principio de contribución, bien entendido, no justifica las desigualdades salariales extremas, menos aún en economías tan complejas como las actuales. En un trabajo posterior, sostengo que retribuir a los trabajadores en consonancia con sus aportes productivos implica, en realidad, equiparar mucho más sus ingresos.

Las herramientas para lograrlo son conocidas. Deberíamos aplicar impuestos más altos a los sectores de mayores ingresos para elevar el salario real de los precarizados mediante la expansión del Estado de bienestar; y, por supuesto, la socialización de los medios de producción —el objetivo final del socialismo— liberaría para la redistribución un dinero que hoy se convierte en ganancia privada. Sin embargo, las medidas que igualan los salarios antes de impuestos («predistribución») también son fundamentales, sobre todo por la persistencia de la creencia que vengo combatiendo: que los trabajadores merecen lo que el mercado les paga y, por lo tanto, no se les debería cobrar (muchos) impuestos.

La negociación colectiva es uno de estos mecanismos, y es el que salta a la vista cuando se pone el eje en las contribuciones esencialmente colectivas. Dado que el principio de contribución apunta a la nivelación salarial, fundamenta una negociación colectiva similar a la política del «salario solidario» que la socialdemocracia sueca implementó en su apogeo. Ese modelo consistía en acuerdos nacionales entre federaciones patronales y sindicales que acercaban notablemente los salarios más altos y los más bajos. Quienes impulsaron esta política argumentaban que también volvía a las empresas más competitivas a nivel internacional. Pero incluso si esto no fuera así —es decir, si reducir las brechas salariales tuviera costos económicos—, la pregunta de fondo debe ser si evitar esos costos justifica hacer que los trabajadores precarizados sufran una flagrante injusticia (el dilema entre equidad y eficiencia).

Todo esto se aplica a la economía de un país. Pero, lógicamente, muchos de los trabajadores mejor pagados del Norte Global dependen causalmente del trabajo colectivo de obreros del Sur Global que ganan muchísimo menos. El mercado le paga a los primeros una parte de lo que, en un mundo justo, debería ir a los segundos.

Las barreras políticas y técnicas para resolver la desigualdad mundial son formidables, a pesar de las recientes reducciones de la pobreza extrema. Existe la tentación de decir, junto a John Rawls: «Nuestro mundo social podría haber sido diferente y queda la esperanza para aquellos en otro tiempo y lugar».

Sin embargo, las transferencias directas recomendadas por el altruismo eficaz y los defensores de los deberes individuales de asistencia quizás empiecen a resultar más atractivas para quienes formamos parte de la izquierda si las pensamos no como un sustituto de las soluciones estructurales a la desigualdad global sino como algo —lo que sea— que hacer mientras tanto.