¿AMÉRICA LATINA ES LA EXCEPCIÓN?

 

Claudio Katz1

Trump refuerza el control imperial de América Latina, en contraste con las adversidades, derrotas y fracasos que afronta en el resto del mundo y en su propio país. Trata a esa región como pertenencia propia y como reaseguro de todas sus incursiones.

Desde el comienzo de su segundo mandato explicitó su intención de imponer una dominación cuasi colonial del “Patio Trasero”. Pasó del trato despectivo a una política exterior pendenciera de tutelajes.

El magnate enuncia su intención de recuperar el Canal de Panamá, rebautizar el Golfo de México, hacer lo que quiera con Cuba y manejar a su gusto a Venezuela. Reformula la Doctrina Monroe con su propio nombre (Donroe), retomando el corolario que introdujo Teodoro Roosevelt para ejercer un poder de policía en la región.

El espíritu de esta nueva cruzada está a la vista en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), que orienta la gestión de Trump asignando a Latinoamérica un lugar más subordinado y dependiente que nunca. Ese documento sepulta los conceptos de “valores compartidos, cooperación y soberanía formal”, que utilizaba la diplomacia yanqui para encubrir su dominio. Ese lenguaje hipócrita y cordial ha quedado reemplazado por mensajes de explícito sometimiento (Malacalza, 2026).

El viraje actual puede ser interpretado como un retorno a la tradición imperial pura, que incluye el cobijo de Estados Unidos en el hemisferio, para reinventarse en los momentos de crisis (Wood, 2026). Muchas lecturas resaltan ese repliegue hacia el territorio próximo.

Pero una mirada más completa, permite notar que Trump no es aislacionista y no pretende encerrar a la primera potencia en su restringida área de influencia. Busca exhibir la dominación de América Latina como un trofeo y un trampolín para reconquistar supremacía mundial (Fazio, 2025). Como señaló uno de los principales consejeros del establishment yanqui (Mearsheimer), el Departamento de Estado necesita subrayar ese control para proyectar poder sobre el resto del mundo (Anzelini, 2026).

Esa preeminencia refuta definitivamente la creencia que Estados Unidos puede prescindir de América Latina. Lejos de ocupar un lugar marginal, esa zona es un laboratorio del proyecto mundial de Trump.

VERTIGINOSA MILITARIZACIÓN

La militarización es el principal instrumento de Estados Unidos para intentar su plena recaptura de la región. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, lo expuso en un detallado plan para forjar una “Gran Norteamérica”, creando un “perímetro de seguridad inmediata” con los países del Norte del hemisferio y otra zona de Sur de retaguardia (Marino, 2026). Este segundo sector debería compartir los gastos del vasallaje, con el mismo criterio que se le exige Europa el financiamiento de la OTAN, para acentuar su sumisión

El proyecto ha sido elaborado en espejo ideológico con el “Gran Israel”, recurriendo a las mismas justificaciones bíblicas, que asignan a los dos países un mandato divino de expansión. La misión que encarna el sionismo en Medio Oriente debería cumplirla Estados Unidos en su hemisferio, destruyendo la integración latinoamericana auspiciada por la CELAC y UNASUR.

Trump comenzó a implementar este programa de militarización con la creación del “Escudo de las Américas”, en una conferencia en Miami, que reunió a todos sus servidores. Especialmente Ecuador, Argentina, Perú, Paraguay y El Salvador aprobaron multiplicar las bases militares del Pentágono y los operativos conjuntos con los marines.

El pretexto del narcotráfico -utilizado para ampliar ese intervencionismo- ya no engaña a nadie. El consumo masivo de estupefacientes es una desventura que Estados Unidos traspasa al Sur, para rehuir soluciones internas a ese flagelo. La DEA, la CIA y el FBI confrontan o negocian en el exterior con las mafias, potenciando una incontenible espiral de violencia. Toleran especialmente el tráfico de armas, que fluye en forma impune desde Arizona, Texas y Florida multiplicando todas las sangrías.

En las últimas décadas de neoliberalismo, Washington incentivó la narco-criminalidad, sustrayendo los recursos que los Estados necesitan para combatir esa delincuencia. La plaga que exportó Estados Unidos ha pulverizado un país tras otro. Desgarró primero a Bolivia, Perú y Colombia, ensangrentó posteriormente a México y está demoliendo en los últimos años a Ecuador. Trump revive la retórica de los años 80 y 90 para actuar con impunidad, pero no puede explicar por qué indultó al ex presidente de Honduras condenado por narcotráfico.

La excusa de los carteles no es nueva, pero ahora se generaliza el calificativo de terroristas para perpetrar asesinatos a mansalva en el Caribe. Trump ordena ultimar individuos acusados de narcotráfico, sin mostrar pruebas, ni atenerse a reglas mínimas del derecho internacional. Ha extendido al territorio venezolano esas ejecuciones extrajudiciales y pretende implementarlas en México, para generalizar el método israelí de asesinar personas en cualquier parte del mundo.

El magnate efectiviza esa militarización sin arriesgar tropas y eludiendo las clásicas invasiones del Pentágono. No quiere repetir las intervenciones de la era Reagan o Bush y hasta ahora actúa como un bravucón que amenaza y se retira. Pero es muy voluble las presiones de los halcones y su conducta es impredecible.

SERVIDORES DE LA DEPREDACIÓN

La andanada de Trump está muy atada a la red de servidores ultraderechistas, que capturaron muchos gobiernos de la región. Cada uno de esos súbditos le aporta al magnate la ofrenda que exige su mandante. Todos han asumido como propio el lema de “Estados Unidos primero”, como si formaran parte de esa Unión.

Las diferencias de estilo entre el conservadurismo tradicional de Kast, el libertarianismo escandaloso de Mieli o los exabruptos punitivistas de Bukele son datos anecdóticos. Todos operan como lacayos del Departamento de Estado y Washington se encarga de asegurar el liderazgo de esos mandatarios, mediante una inédita interferencia en los procesos electorales.

Esa injerencia se consuma a través del apoyo a los candidatos preferidos, enterrando cualquier resabio de diplomacia o soberanía. La preferencia declarativa es seguida por el chantaje económico y la instalación de un pánico financiero preelectoral (Argentina, Honduras), con amenazas de intervención (Colombia) o presiones arancelarias (Brasil) (Colussi, 2026). También se ha generalizado la financiación a sus criados desde Miami y la manipulación de los votos en el exterior en las elecciones reñidas (Perú).

En todos casos, las embajadas de Estados Unidos han establecidos sólidos vínculos con los jueces de cada país, para continuar el lawfare absolviendo a sus socios derechistas (Uribe, Fujimori) y penalizando a los políticos que no se disciplinan al Departamento de Estado (Arce, Castillo, Cristina Kirchner). Las causas de corrupción son manipuladas para eximir a los sirvientes de Washington y castigar a los rebeldes.

Todos los personajes del trumpismo latinoamericano convalidan las órdenes que emite su amo y están embarcados en demoler las conquistas democráticas conseguidas en las últimas décadas. Pretenden criminalizar las protestas populares y someter a los opositores para anular los logros del progresismo.

Están pulverizando un derecho tras otro, para que la fachada de los regímenes constitucionales subsista, sin ningún contenido democrático real. Algunos utilizan el término “pos democracia” para tipificar a este nuevo sistema de descarnada tiranía de los poderosos (Lantos, 2025).

La persecución de los inmigrantes es una prioridad fijada por Trump y acatada por sus subalternos. Bukele ofrece el espantoso sistema penitenciario de El Salvador, cómo depósito para los deportados desde Estados Unidos, que se han duplicado en el curso de este año. También Nasry Asfura de Honduras y Laura Fernández de Costa Rica han suscripto varios acuerdos para receptar ese aluvión.

Los indocumentados son maltratados como delincuentes, para encubrir su condición de víctimas de la depredación imperial. Conforman una masa de empobrecidos, que pierden sus fuentes de trabajo por los saqueos que perpetran los capitalistas del Norte. Esa confiscación masifica la emigración, como consecuencia de la desintegración padecida por muchas zonas de América Latina.

En ciertos lugares de Ecuador, Colombia o México, la presencia efectiva del Estado ha desparecido y Haití ofrece el ejemplo más desgarrador de un derrumbe total de la sociedad. Se ha convertido en el prototipo de un país pulverizado por ese latrocinio y genera la desesperada huida al exterior de los emigrados, que posteriormente penalizan Trump y sus criados de la ultraderecha.

ARREMETIDA IRRESUELTA CONTRA CHINA

El Monroísmo que ensalza Trump fue históricamente concebido contra los rivales europeos y posteriormente aplicado contra la influencia de la URSS. Ahora resurge contra la avasalladora presencia económica de China. El magnate busca frenar la impetuosa expansión comercial, inversora y financiera de su gran rival, en países y que considera propios (Katz, 2024a: 59-80).

Las evidencias del desembarco asiático son impactantes. Despliega en la región la misma estrategia que implementa en otras zonas periféricas y contrapone a las tradicionales condicionalidades de Estados Unidos, una catarata de créditos e inversiones. En lugar de registrar ese contrapunto, Trump escala la conocida agresividad del imperialismo norteamericano.

El magnate pretende asegurar el control yanqui de una región, que alberga inconmensurables recursos naturales y una variedad de insumos indispensables para las cadenas de valor. Esos circuitos requieren suministros, que muy pocas zonas pueden facilitar en la cuantía y proximidad geográfica que ofrece América Latina. Con su descarada prepotencia, Trump exige el manejo imperial de las vías navegables del Paraná, las tierras raras de los Andes, el cobre de Panamá, el petróleo de Venezuela y el triángulo del litio de Argentina, Bolivia y Chile,

Cuenta con el visto bueno de sus subordinados de la región, que a diferencia de Trump no propician proyectos económicos propios y tan sólo apuntalan la continuación del neoliberalismo, abjurando del tradicional desarrollismo de la derecha. Por esa razón están intentado cumplir con la exigencia yanqui de alejar a China (Malamud; Núñez, 2026).

En Panamá, el presidente Mulino aceptó modificar la concesión de los puertos operados por empresas hongkonesas y anuló la renovación de los acuerdos de cooperación económica con Beijing. En Costa Rica, el Ejecutivo reconsidera las negociaciones con China para modernizar la infraestructura digital y las redes 5G. La misma reevaluación se verifica en Chile, en torno al cable submarino que debía conectar Valparaíso con Hong Kong. En ese país, sobrevuela un veto potencial a la participación china en la explotación de cobre, litio y tierras raras.

La presencia china en el puerto peruano de Chancay ya suscitó una crisis judicial y muchas versiones atribuyen al mismo origen, la caída en desgracia del presidente José Jerí, que duró apenas cuatro meses en ese cargo. Hay obras hidroeléctricas e inversiones en minería en eses país, que Estados Unidos exige anular o reducir en forma drástica. Es el principal mandato que Washington le asigna ahora a Keiko Fujimori

Pero la gran preocupación del Norte está situada en su propia frontera, en la renegociación del tratado T-MEC con México. Trump busca poner fin a la triangulación que consuma China, para penetrar el mercado yanqui desde su vecindario. La inversión de Beijing continúa ascendiendo en el territorio azteca especialmente en el sector automotor, donde sus ventas de vehículos saltaron del 0,5% al 11.2% en apenas tres años. Estados Unidos demanda mayores aranceles e incremento de los porcentajes de producción local en el T-MEC (reglas de origen), para bloquear el ingreso de productos chinos a su propia economía.

En este caso Trump debe lidiar con el gobierno autónomo de Sheinbaum, que negocia todos los temas, sin aceptar el típico acatamiento de la ultraderecha. Además, ninguna de las exigencias de Washington en torno al T-MEC, resuelve la continuada preeminencia china en el manejo general de las cadenas de valor (Pont, 2026).

El resultado final de la punga en curso en toda la región es un interrogante. Por un lado, la Casa Blanca ha logrado imponer un dique a la avalancha económica asiática entre los gobiernos más afines (Rodríguez Gelfenstein, 2026) pero, por otra parte, en la última cumbre de la CELAC con Xi Jinping se concertaron nuevos acuerdos de inversión. La preeminencia general de las importaciones baratas que ofrece Beijing tiende a persistir y las inversiones con los atractivos créditos que brinda China y Estados Unidos retacea, continúan dominando el escenario económico.

LOS EXPERIMENTOS DE ARGENTINA

El gobierno de Milei es el caso más extremo de sumisión a Trump. Ha viajado más veces a Estados Unidos que a cualquier localidad de su país y exhibido mayores muestras de fidelidad a la Casa Blanca, que a sus padrinos nacionales.

En dos años de gestión, Milei construye un degradado protectorado del imperio, en una nación mediana con gran historial de soberanía. Esa mutación cualitativa en el status de la dependencia salta a la vista, ante todo, en el plano económico. El embajador yanqui Lamelas fiscaliza las provincias e interviene en todas las licitaciones de cierta relevancia, para vetar la presencia de China. En la misma tónica, el Banco Central congeló los enormes créditos en yuanes, para ajustarse a las disposiciones de la Reserva Federal.

Las firmas estadounidenses han sido ubicadas en lugares de privilegio para capturar el uranio, el litio y las tierras raras y ya miran con interés el poderoso agronegocio local. Hay también sondeos de las compañías yanquis para apoderarse de firmas locales aprovechando su desvalorización bursátil, al cabo de un duro ciclo de recesión, apertura comercial y abrupta caída de ventas.

Los capitalistas estadounidenses están presionando, además, para imponer sus normas de patentes a los laboratorios locales, con el evidente propósito de capturar sus clientes. En los hechos, opera un fulminante plan para demoler la industria argentina y reemplazar su producción por bienes importados de Estados Unidos. Sectores estratégicos de gran desarrollo local -como el segmento nuclear- son desmantelados a pedido apropiador de Washington.

La promesa de Milei de encaminar a la Argentina por un sendero de desarrollo -semejante al seguido por Alemania- ha pasado al olvido. Contrasta con el reciente acuerdo comercial suscripto con Estados Unidos, que fue literalmente copiado de los tratados impuestos a El Salvador, Guatemala y Ecuador. Trump apuesta a la fractura y extinción del MERCOSUR, para facilitar una invasión de importaciones “made in USA”.

El servilismo económico de la Casa Rosada es inconmensurable. Argentina adquiere a precios siderales, la chatarra militar que le vende el Pentágono a través de terceros y Milei no solo idolatra a Netanyahu. Se muestra dispuesto a comprometer al país en alguna aventura bélica de Medio Oriente. Ya participó en operaciones de inteligencia contra Venezuela, en el envío de pertrechos a Bolivia para reprimir manifestaciones y se anotó para cualquier incursión yanqui contra Cuba. Ha intervenido el puerto de Ushuaia y concertado con la marina yanqui la custodia del Atlántico Sur, a partir de dos ejercicios conjuntos (Daga Atlántica y PASSEX), que violaron la exigencia constitucional de aprobación previa del Congreso.

El acto más reciente de la misma sumisión es la entrega de todos los datos de la ciudadanía argentina a los milmillonarios de la Inteligencia Artificial. Desembarcaron en Argentina para experimentar con ese acervo, utilizando los algoritmos y las manipulaciones que aún no pueden ensayar en las metrópolis. Para utilizar al país como conejillo de indias, se instaló en Buenos Aires el dueño de Palantir, Peter Theil, que ya impuso la aprobación de leyes con exenciones fiscales para sus inversiones (super RIGI) y compras de tierras (Tigani, 2026).

Seguramente, Theil comenzará la digitación de datos con algún manejo electoral de las redes, para favorecer a su anfitrión. Motoriza, además, la instalación en la Patagonia de los mega servidores que, dilapidan la energía, pulverizan el agua y destruyen el medio ambiente. Pero el mayor experimento de ingeniería social que propicia es la creación de empresas sin responsabilidad humana (DAO), que le permitirán atribuir a la IA cualquier desastre ambiental o productivo, derivado de los experimentos en curso con 46 millones de cobayos argentinos (Esteban, 2026).

Pero lo más paradójico del sometimiento económico a Estados Unidos es la continuada dependencia comercial de China. La dupla Trump-Milei forzó una apertura comercial, que acrecienta el déficit comercial de Argentina con el rival que Estados Unidos intenta desplazar. A la hora de importar lo que se deja de fabricar en el país, ningún exportador yanqui puede competir con sus pares asiáticos.

Milei obedece todas las órdenes que recibe del Norte. Impuso leyes que otorgan vía libre a las empresas extranjeras para apoderarse de los recursos naturales, prioriza los pagos de la deuda externa, paraliza la obra pública, recorta los presupuestos sociales y demuele el nivel de vida popular.

El mandatario anarco-capitalista desechó la integración del país a los BRICS, para que toda la renta agro-energética se filtre hacia el exterior. Pero con esa política ha extremado la vulnerabilidad de la economía, creando una gran incógnita sobre la viabilidad de su modelo de tierra arrasada.

LA INICERTA CAPTURA DE VENEZUELA

El secuestro de Maduro marcó un hito central en la campaña de reapropiación de América Latina que impulsa Trump. Sin lugar a dudas envalentonó al magnate para subir la apuesta de su escalada. Consumó un acto terrorista con absurdas acusaciones de narcotráfico, cuando Venezuela no figura como productora, vía de tránsito o partícipe de la provisión de drogas. Por esa razón el juicio en Nueva York al mandatario raptado es un disparate procesal.

Trump recurrió a la captura de un presidente, dejando en pie el sistema político vigente y evitó la invasión externa o la colocación en Miraflores de algún servidor directo de la derecha venezolana. No ungió a Guaidó, Corina Machado o Leopoldo López. Optó por un camino intermedio, tomando en cuenta el largo historial fracasos de sus ahijados.

En Venezuela falló la guerra encubierta al estilo de Ucrania, que se intentó entre 2017 y 2020 y tampoco funcionó el alzamiento militar del 2019. La asfixia económica demolió la estructura productiva y forzó la emigración de siete millones de personas, pero no logró tumbar al chavismo. El Pentágono también desechó la ocupación de la zona petrolera del Orinoco -siguiendo el modelo de Libia o Siria- por temor a un inmanejable caos regional. Frente a los peligros de estas riesgosas opciones, Trump optó por un secuestro espectacular sin grandes cambios políticos. El resultado de este rumbo aún se está procesando.

Colocó una pistola en la cabeza de Delcy Rodríguez para imponer un fulminante paquete de exigencias. Forzó la reorganización de los mandos del ejército, el viraje pro occidental de la política exterior y la excarcelación de los conspiradores derechistas. Difunde la humillante imagen de Venezuela como el “Estado 51 de la Unión Americana” y perpetra un simulacro de evacuación de la embajada estadounidense, con aviones del Pentágono en los cielos de Caracas.

Trump ostenta todo el operativo como un proyecto personal para robar el petróleo. Lo que comenzó con sanciones, bloqueos y confiscaciones de la filial externa Citgo, despunta ahora como un intento de apoderamiento total del combustible. El magnate alude a una deuda ficticia como justificación de esa expropiación, pero no abunda en detalles y simplemente proclama que se adueñará del petróleo.

Hasta ahora logró la sanción de leyes que otorgan ventajas a las compañías yanquis en la apropiación de ese combustible. Ya circulan denuncias de un gran desvío de beneficios del crudo hacia el Tesoro estadounidense, en un contexto de reinicio de las inspecciones del FMI y doblegada reestructuración de la deuda externa. Pero la viabilidad efectiva de su plan es una incógnita.

Por un lado, existen indicios de recuperación de la producción y las exportaciones de crudo, junto al retorno de grandes compañías, que imponen los términos de resolución de las disputas arbitrales pendientes. Por otra parte, persisten las dudas sobre la monumental inversión externa que se requiere para reconstruir la infraestructura petrolera, erosionada por una década de sanciones Hay reticencia de las mega firmas a comprometer ese dinero, por el alto riesgo de esa operación en un tipo de crudo pesado que demanda elevados gastos de refinación (Krugman, 2026).

El trasfondo de esas reservas es político. Las empresas no observan garantías políticas suficientes por parte de Trump, que suele romper las reglas de juego con anuncios cambiantes. Todas registran, además, que el gobierno dista mucho del ponderado y confiable personal que encabezaría Corina Machado.

El curso actual genera también críticas del propio riñón chavista, con demandas de explicaciones por la contemporización oficial con Trump. Algunos exigen aclarar lo ocurrido durante el secuestro de Maduro (Britto, 2026) y otros estiman que en los hechos el país ha sido degradado a un status de protectorado (Jaua, 2026). También objetan la entrega del financista Saab a los tribunales estadounidense, señalando que ese individuo mantuvo en pie los circuitos del comercio exterior para lidiar con las sanciones del imperio. Es evidente que si hubiera cometido delitos correspondería juzgarlos en Caracas y no en una prisión del imperio.

Pero estas evaluaciones han pasado a un segundo plano ante la urgencia que ha creado el devastador terremoto. El auxilio es la prioridad absoluta frente a una tragedia mayúscula. La derecha acusa al gobierno de imprevisión y carencia de resguardos, para atender adecuadamente a las víctimas y los sobrevivientes, omitiendo la responsabilidad imperial por esas carencias. Al cabo de muchos años de bloqueo criminal, los hospitales no tienen medicamentos y el Estado ha quedado estructuralmente vaciado para auxiliar a sus ciudadanos (Aharonian, 2026).

El propósito de Trump es aprovechar el cataclismo para reforzar la custodia o la presencia directa de los marines, como ocurrió con el terremoto de Haití en el 2010. Por eso ofrece una ayuda insignificante, en comparación a los lucros que nuevamente obtiene con apropiación de gran parte de la renta petrolera (Kersffeld, 2026).

Pero en medio del inconmensurable dolor, emerge la solidaridad a pleno entre familiares, vecinos y pobladores que improvisan rescates y comparten víveres. Y esta labor es factible para la enorme red de comunas y organizaciones populares forjadas al calor del proceso bolivariano (Gilbert; Pascual Marquina, 2026).

LA SUPERVIVENCIA DE CUBA

En su campaña contra Cuba Trump ha proclamado que puede “tomar la isla, para hacer con ella lo que quiera”. Envió una flota para rodear el país y sus jueces inventaron una imputación contra Raúl Castro, para tentar secuestros o asesinatos selectivos. Está empeñado en provocaciones mayúsculas y ensayó un primer desembarco de mercenarios que fueron abatidos.

La mafia anticubana incentiva, a su vez, desde la Florida el descontento interno, mientras el Pentágono mantiene en carpeta una amplia gama de agresiones. En 60 años de bloqueo, nunca se atrevieron a imponer el actual cerrojo de abastecimiento petrolero. Con esa asfixia energética, pretenden forzar una crisis humanitaria semejante a la padecida por Haití. Intentan generalizar la oscuridad nocturna, la paralización de los hospitales, el colapso del agua y la falta de alimentos.

Como no pudieron destruir la revolución desde adentro han recurrido al asedio total, con voceros cómplices que acusan a Cuba de no haber sabido construir una defensa contra el cerco estadounidense. Le exigen a una pequeña isla, la autosuficiencia que no detenta ninguna potencia del mundo (Veloz Serrade, 2026).

Trump no solo logró que Venezuela cortara la provisión de combustible que sostenía la economía cubana, sino que también consiguió el acatamiento del bloqueo por parte del gobierno de Lula. Brasil produce entre 4 y 4,3 millones de barriles de crudo diarios (con frecuentes exportaciones), mientras que la isla solo requiere importar entre 80 000 y 100 000 barriles. Ese abastecimiento no tendría ningún efecto económico para Brasilia y su negativa a suministrarlo, tan solo obedece al temor a suscitar el enojo de Washington.

Claudia Sheinbaum asumió una actitud más autónoma. Suspendió los envíos de combustible frente a las amenazas de Trump, pero reorientó la ayuda hacia los suministros humanitarios y negocia con Washington algún tipo de compromiso, para reiniciar la provisión de petróleo.

El gobierno cubano raciona el combustible para garantizar los servicios y las actividades esenciales, mientras busca alternativas en los parques solares y el suministro extracontinental. Logró que buques de Rusia y Turquía se aproximaran a la isla, pero sin conseguir la continuidad de ese abastecimiento. Todo el espectro de gobiernos verbalmente críticos del vandalismo imperial estadounidense, abandona en los hechos a Cuba cuando la isla más los necesita (Toussaint, 2026).

La ingratitud de países como Angola -que contó con el apoyo militar cubano en su lucha por su independencia y ahora ignora a su auxiliador- es muy chocante. Otras naciones que tienen petróleo y recibieron la asistencia desinteresada de los médicos o rescatistas cubanos, miran para otro lado en lugar de retribuir esa solidaridad.

La isla enfrenta el abandono silencioso de aquellos que convocan a sustituir el orden unipolar imperante. Por esa razón, urge demostrar en los hechos que “Cuba no está sola”, amplificando la campaña internacional para romper el bloqueo y forzar a los gobiernos enemistados con Trump a suministrar petróleo.

En Cuba se prepara la resistencia con dos lemas de las marchas multitudinarias que hablan por sí solos: “hasta la victoria siempre” y ¨que nadie espere la rendición”. La dignidad que tantas veces demostraron sus habitantes vuelve a emerger nuevamente, pero esa batalla exige un insoslayable sostén externo de provisión del combustible.

Las reformas de la economía que a toda velocidad sancionó y promueve el gobierno se inscriben en esta emergencia. No presentan la novedad que destacan tantos analistas, puesto que han sido discutidas en las últimas dos décadas para seguir el modelo que implementaron China y Vietnam. Pero en la desesperante coyuntura actual tienen otro propósito inmediato: quebrar el cerco de Trump, generando convenios con empresas cuya labor exija contar con petróleo. La batalla por ese objetivo domina cualquier otro tema.

POLARIZACION EN LAS URNAS, DESPUNTE EN LAS CALLES.

En muy poco tiempo Trump ha logrado multiplicar su base política de sustentación en América Latina. La ciega fidelidad inicial de Milei y Bukele se ha extendió en forma significativa a Peña, Novoa, Paz, Asufra, Kast y está por conseguir otros dos pilares muy relevantes con Keiko Fujimori y Abelardo De la Espriella.

Es evidente que la oleada ultraderechista persiste y quizás no alcanzo aún su punto máximo. El retorno del uribismo en Colombia con un programa ultra reaccionario de atropellos antidemocráticos, populismo punitivo, control de las redes digitales y alianza con Israel es un evidente indicio de este contexto.

Existen múltiples causas de este prolongado proceso de auge derechista, que tiene alcance internacional y numerosas especificidades latinoamericanas (Katz, 2024a: 119-130, 2024b, 2025). Pero lo que llama la atención es el continuado avance del trumpismo en la región, cuando su mentor acumula derrotas y fracasos al por mayor en el resto del mundo. ¿Será América Latina la excepción a esa adversidad?

Algunas miradas estiman que el movimiento popular de la región ya afronta una monumental derrota por esa contundente primacía de mandatarios de ultraderecha (Martínez, 2026). Esa posibilidad es una indiscutible posibilidad, pero conviene recordar que el primer Trump promovió una restauración conservadora, que fue doblegada en las calles y en las urnas. De esa derrota emergió la segunda oleada progresista del 2019-2023.

Hasta el momento, ninguno de los gobiernos serviles que el magnate tiene en la región ha logrado estabilizar sus atropellos. El dato dominante es la polarización que irrumpe en la mayor parte de los comicios. En los hechos, muy pocos mandatos logran afianzarse y opera un persistente cuestionamiento en dos direcciones.

Por un lado, los gobiernos progresistas (o de centroizquierda) afrontan el invariable desafío de sus rivales ultraderechistas, incluso cuándo sus gestiones son valoradas por la población. Pero ese mismo vaivén afecta al polo opuesto, que debe lidiar con inesperados rechazos a la hora de votar. El primer caso se verificó recientemente en Colombia y el segundo en Perú. En ambos casos el carácter extremo de la polarización condujo a empates técnicos en los comicios, que se dirimieron por mandatos del poder real y no por verificables conteos de las urnas.

En realidad, la balanza de América Latina quedará dirimida muy pronto por el resultado de las elecciones de Brasil. Por la envergadura de ese país, allí se juega la madre de todas las batallas a escala regional. Trump apuesta fuerte contra Lula con sus ahijados de la familia Bolsonaro y conspira desde hace meses, con el mismo descaro intervencionista que despliega en los países de menor porte.

Intentó penalizar con aranceles, las sanciones del poder judicial brasileño contra los delitos golpistas de Bolsonaro y catalogó de grupos terroristas a dos organizaciones criminales, para otorgarse permisos de asesinato o secuestro en territorio sudamericano. Además, motoriza la interferencia en la campaña electoral -especialmente en el terreno digital- con mentiras que estigmatizan al gobierno de Lula (La Jornada, 2026).

Brasil es una pieza económica clave para Trump, no solo para contener el avance de China sobre el mercado más importante de la región, sino para asegurar también el reinado del dólar, neutralizando la inclinación de Lula a distanciarse (junto a los BRICS) de ese imperialismo monetario. Un triunfo de Bolsonaro le aportaría además al magnate, el soporte final para embestir contra Scheinman y conseguir el ansiado control total de América Latina.

Pero el destino de la región se dirime en forma más significativa por acontecimientos exteriores al ámbito electoral. La derecha altera esos escenarios con golpes militares, conspiraciones de jueces o conmociones de mercado. La izquierda y el movimiento popular trastoca los mismos contextos en las calles, con masivas rebeliones que modifican las relaciones sociales de fuerza a favor de los trabajadores. El levantamiento que se registró en Bolivia podría operar como el primer episodio de respuestas de ese tipo.

Fue una sublevación impactante, a tan solo seis meses de asunción del gobierno derechista. Los manifestantes cercaron la sede de gobierno, bloquearon las rutas e impusieron una llamativa radicalidad en los métodos de lucha. Exigieron la renuncia de un presidente que incumplió su mandato y reprimió brutalmente las protestas.

Trump explicitó su apoyo a esa reacción, pero fue muy visible la fragilidad de un gobierno que intentó anular las conquistas ciudadanas y los derechos conseguidos por la población indígena a la cabeza de la revuelta. La rebelión no logró la insurrección urbana que requería para triunfar (García Linera, 2026), pero demostró la abrumadora superioridad de las fuerzas populares frente a un aparato gubernamental inoperante. Concluyó finalmente con un repliegue táctico ante un mandatario debilitado (Alessandri, 2026).

En las últimas décadas Bolivia anticipó el sendero combativo de la región. Encabezó a principio del nuevo siglo la oleada de rebeliones que acompañaron Ecuador, Venezuela y Argentina y comandó posteriormente la segunda marea que siguieron Ecuador, Chile, Colombia y Perú. Nuevamente el altiplano tomó la delantera desafiando un proyecto regional de Trump con resultado aún abierto. 1-7-2026

RESUMEN

Trump refuerza el control imperial de América Latina, en contraste con las adversidades que afronta en el mundo y en su propio país. Militariza la región con el pretexto del narcotráfico sin arriesgar el envío de tropas. Interfiere los procesos electorales a favor de servidores ultraderechistas, que cumplen con su exigencia de perseguir a los emigrantes. Busca frenar a China en la captura de los recursos naturales, pero no contiene a su rival en las cadenas de valor. Argentina es el caso más extremo de sumisión y vulnerabilidad, la tutela de Venezuela es incierta, Cuba batalla por la supervivencia y en Brasil se dirime el escenario regional. La polarización domina en los comicios y Bolivia inaugura la resistencia en las calles.

REFERENCIAS

-Malacalza, Bernabé (2026) Un nuevo mapa para el patio trasero https://www.revistaanfibia.com/un-nuevo-mapa-para-el-patio-trasero-esferas-de-influencia/

-Wood, Tony (2026) América Latina es el principal objetivo de Trump

https://jacobinlat.com/2026/01/america-latina-es-el-principal-objetivo-de-trump/

-Fazio, Carlo (2025) La ofensiva de Estados Unidos en el «hemisferio occidental» https://rebelion.org/estados-unidos-y-su-ofensiva-en-el-hemisferio-occidental/

-Anzelini, Luciano (2026). La importancia de América Latina para Estados Unidos

https://rebelion.org/la-importancia-de-america-latina-para-estados-unidos/44

-Marino, Juan (2026) La “Gran Norteamérica” contra la Patria Grande, https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/la-gran-norteamerica-contra-la-patria-grande/

-Colussi, Marcelo (2026). Latinoamérica: ¿patio trasero? ¿Hasta cuándo?

https://prensacomunitaria.org/2026/05/latinoamerica-patio-trasero-hasta-cuando/

-Lantos, Nicolas (2025) Posdemocracia: terminando el contrato social con un click

https://www.eldestapeweb.com/politica/javier-milei-presidente/posdemocracia-terminando-el-contrato-social-con-un-click-20251227214951

-Katz, Claudio (2024a) América Latina en la encrucijada global, Buenos Aires Batalla de Ideas; La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

-Malamud, Carlos Núñez, Castellano (2026). América Latina y el Corolario Trump-Monroe https://www.realinstitutoelcano.org/analisis/america-latina-y-el-corolario-trump-monroe/

-Pont, Alejandro Marcó del (2026). Entre Estados Unidos, México y Canadá (T-MEC)

https://rebelion.org/883522-2/

-Rodríguez Gelfenstein, Sergio (2026) Comenzó la guerra de Estados Unidos contra China en América Latina y el Caribe. https://rebelion.org/comenzo-la-guerra-de-estados-unidos-contra-china-en-america-latina-y-el-caribe/

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1Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA. Su página web es: www.lahaine.org/katz