Claudio Katz //
El viaje de Trump a China ilustró todas las adversidades que afronta Estados Unidos. El magnate fue a solicitar la apertura del mercado asiático para muchos productos norteamericanos y con ese objetivo subió al avión presidencial a la crema el capitalismo yanqui.
Los dueños de Tesla, Nvidia, Blackrock, Apple, Boeing, Cargill, Visa, Mastercard, Citi, Goldman Sachs, Meta y otras compañías, viajaron con la delegación oficial para concertar negocios. Esas empresas reúnen un capital bursátil superior al PBI de la gran mayoría países del mundo. Pero necesitan concertar con gran urgencia acuerdos de venta y provisión de insumos con sus pares asiáticos. La encarnizada competencia global ya no da respiro.
Los anfitriones de esa delegación volvieron a exhibir astucia en Beijing, con gran despliegue de gestos de buena voluntad. Sugirieron la compra de aviones Boeing y la adquisición de mayores volúmenes de soja, pero ratificaron las duras restricciones que rigen en todas las áreas estratégicas de la economía china. Confirmaron que negociarán punto por punto, en cada sector, contrapartidas equivalentes.
EL BOOMERGANG DE LAS SANCIONES
El magro resultado de la peregrinación a China, retrató cuán lejos se encuentra Trump de sus propósitos iniciales. Esperaba imponer aranceles a Beijing y ahora suplica la apertura de sus mercados. Todo el paquete de sanciones comerciales que concibió para debilitar a su rival ha fracasado en forma estrepitosa. Xi Jinping respondió con firmeza a esas penalidades y dispuso aranceles recíprocos que pulverizaron las bravuconadas del magnate. Las sanciones que burló Rusia fueron directamente fulminadas por China.
En los últimos meses Beijing erigió, además, una batería de respuestas jurídicas para neutralizar todos los castigos económicos anunciados por Trump. Determinó represalias chinas contra cualquier empresa que acate las exigencias estadounidenses. Definió restricciones en el comercio y la inversión para esas firmas y amenazó con juicios por incumplimiento de contratos, que las dejarían fuera del aprovisionamiento de insumos chinos (Pont, 2026a).
La experiencia del último año indica, además, que las compañías sancionadas por Estados Unidos, terminaron encontrando alternativas más rentables en otros mercados. La presión yanqui las indujo a buscar esas opciones y el hostigamiento derivó en un boomerang para su impulsor.
También falló el propósito norteamericano de incentivar por ese camino la relocalización de firmas en suelo estadounidense. Las empresas radicadas en la región asiática mantuvieron sus plantas en la cercanía del mercado chino y preservaron los lugares conseguidos en las cadenas de suministros que maneja Beijing (Pérez Llana, 2022).
La convocatoria inicial de Trump a desinvertir en China fue primero desoída y posteriormente rechazada por las compañías yanquis con negocios en Oriente. La voltereta final del magnate- viajando con cabeza gacha a solicitar negocios a Xi Jinping- sepultó definitivamente sus bravatas aduaneras. Tal como lo anticiparon muchos economistas, Estados Unidos terminó afectando con esas amenazas a su propia economía.
LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL EN DISPUTA
La plutocracia digital que acompañó a Trump está tironeada por dos objetivos contradictorios de rivalidad y asociación con China. Por un lado, Microsoft, Meta, Open AI y Google financiaron gran parte la campaña electoral del magnate, porque luego de encadenar al público a sus redes, necesitan el sostén del Estado para competir con sus concurrentes asiáticos.
Todas suponen que obstruyendo el acceso de China a ciertos eslabones claves del encadenamiento digital, podrían salir airosas de la batalla por la primacía informática. Pero, por otra parte, no logran prescindir del mercado, las tierras raras y los insumos que provee China.
El trasfondo del problema radica en que Estados Unidos pierde terreno, concertado o disputando con un adversario digital que ha tomado la delantera. China se puso al frente de la 5ª y 6ª generación de comunicaciones móviles y encabeza las tecnologías verdes de las turbinas eólicas. Comanda los paneles solares, los coches eléctricos y los trenes de alta velocidad. También gana primacía en las ¨ciudades inteligentes¨, el reconocimiento facial, el universo del Big Data y ahora batalla palmo a palmo en la carrera de la Inteligencia Artificial.
En ese terreno, Trump apuesta todas sus cartas al megaproyecto auspiciado por Open AI, Oracle, MGX y el SoftBank, para erigir gigantescos servidores de datos. Contarán con 500.000 millones de dólares para un colosal emprendimiento, que el Estado auspicia declarando la “emergencia energética”, a fin de proveer la masa de combustible que exigen esos procesadores. Pero nada indica que por esa vía se podrá contrarrestar el sostenido avance de China, que ha optado por iniciativas menos costosas y más eficientes.
Lo ocurrido con DeepSeek ejemplifica ese patrón. Desarrolló una aplicación de IA que ofrece innumerables ventajas sobre el modelo rival de ChatGPT de Open AI, manejando erogaciones inferiores y procedimientos de código abierto. Los planificadores de ese ámbito han anunciado, que están embarcados en conseguir en los próximos cinco años, una sólida conexión del 70% de la economía del país con los nuevos mecanismos de la IA (Escobar, 2026).
CLASES, ELITES Y ESTADOS
Trump no logra revertir las ventajas que afianza China, al cabo de varios años de ruptura de la estrecha asociación económica que mantuvieron ambas potencias. Esa cooperación comenzó a disiparse con el agotamiento de la globalización neoliberal y se quebrantó en la última década.
El gigante asiático no cedió a la presión occidental cuando su economía despuntaba y rechazó la apertura comercial, las privatizaciones y las desregulaciones indiscriminadas que exigían sus socios. Esa resistencia le permitió consolidar primero la madurez productiva y pasar posteriormente a la ofensiva, para fijar las condiciones de cada negocio.
China mantiene una tasa de crecimiento que duplica el promedio estadounidense y consumó una impactante mejora de los ingresos y el consumo interno. La expectativa occidental en un próximo y largo estancamiento del país -semejante al que afecta a Japón- no se ha corroborado.
Este escenario ya es registrado y reconocido por la gran mayoría de los analistas, pero persiste una gran variedad de explicaciones del ascenso oriental y del retroceso americano. Algunos estudiosos remarcan la antinomia que contrapone a las elites de ambas potencias. Señalan el contrapunto que separa la ciega búsqueda de rentabilidad inmediata que impera entre los enriquecidos estadounidenses, con la paciente estrategia de acumulación que orienta a sus pares asiáticos. El horizonte de ganancia estrechas de los primeros, contrasta con la clarividente visión de largo plazo que prevalece entre los segundos (Pont, 2026b).
Ese contraste es muy visible en el área digital. La plutocracia que rodea a Trump impone sus exigencias al Estado, mediante el mismo despliegue poder que en otra época exhibían la industria pesada o los bancos. Conforma una oligarquía tecnológica que se sumó al líder Republicano, luego de archivar sus tradicionales preferencias por el globalismo de los Demócratas. Moldea a su servicio todas las medidas que dicta el Congreso, concreta el Ejecutivo y convalidan los jueces.
Por el contrario, en China, los barones del sector tecnológico privado (Alibaba, Tencent, Ant Group, Didi), siguen los lineamientos que impone la conducción del Partido Comunista, con la misma disciplina que anteriormente Huawei o SMIC aceptaron las normas de esa dirigencia.
El mismo contrapunto se verifica en todos los terrenos de ambas economías. Mientras que en Wall Street impera la desregulación y la financiarización que condujo al colapso bancario del 2008, los acaudalados de Shanghái continúan sometidos a la primacía del poder político, que con gran dureza ejerce Beijing desde que Xi Jinping revirtió la deriva neoliberal.
Con esa preeminencia del control estatal fue gestionada, por ejemplo, la crisis inmobiliaria que sucedió a la quiebra del gigante Evergrande. A diferencia de lo ocurrido con los últimos temblores bancarios en Estados Unidos, ese desmoronamiento fue contenido por la gran capacidad de intervención que ostenta el alto funcionariado chino.
La diferencia sustancial entre ambas potencias no se ubica en la personalidad de Trump y Xi Jinping o en el perfil de los dos países, sino en la estructura social y el manejo del Estado. En China hay importantes clases capitalistas que especulan con sus fortunas y explotan a los trabajadores. Pero esos grupos no controlan el poder estatal y ese límite explica la capacidad y autonomía que detenta la dirigencia política, para orientar la economía (Katz, 2023: 139-166)
Trump carece de alguna fórmula para lidiar con esa desventaja que desborda todas sus intenciones y proyectos. Para colmo, motoriza medidas que agravan dos males del capitalismo contemporáneo -la desigualdad social y el cambio climático- que China atempera, contiene o gestiona.
LA CONFRONTACIÓN GEOPOLÍTICO-MILITAR
La derrota de Estados Unidos en Irán fue otro condicionante del cónclave de Trump con Xi Jinping. China apostó fuerte por la victoria de su socio persa y por la consiguiente continuidad de la estratégica relación que ambos países mantienen, especialmente en el terreno energético. El convenio comercial de 25 años y los 400.000 millones de dólares involucrados en ese acuerdo son vitales para el gran importador chino de combustible. Por eso Beijing le entregó a Teherán, a través del satélite Baidu, la información requerida para la dirección de los misiles, en la reciente guerra del Golfo. Esos datos fueron decisivos para el éxito de los lanzamientos.
Xi Jinping le marcó además a Trump una contundente línea roja en torno a Taiwán, que fue resaltada como una insoslayable condición de cualquier negociación económica. La reintegración de esa isla al territorio es la prioridad de China. Se fundamenta en una pertenencia que tiene abrumador reconocimiento internacional y plena consagración en las Naciones Unidas. Tal como ocurrió previamente con Hong Kong, la reunificación es considerada por Beijing como una condición sine qua non, para la reconstitución de una sola China (Klare, 2022).
Los gobiernos estadounidenses han mantenido una posición ambigua frente a esa exigencia. Formalmente aceptan que Taiwán es parte del territorio chino, pero al mismo tiempo alientan a los políticos separatistas del Partido Progresista Democrático (PPD), a confrontar con su rival partidario de la reunificación (Kwomintang, KMT). Mientras que en los últimos años se estrecharon las relaciones económicas y familiares entre continente y la isla, el reciente triunfo electoral del PPD reabrió el conflicto (Nimmegeers, 2023).
Los separatistas cuentan con una importante base de apoyo en distintos círculos de Washington. Durante la gestión de Biden, el globalismo demócrata fomentó incluso una visita oficial a Taiwán, que fue interpretada por Beijing como una provocación. El Pentágono ha multiplicado, además, la fortificación de la isla, ampliando las bases militares y el aprovisionamiento bélico.
Los halcones de Washington exigen evitar con Taiwán lo ocurrido con Hong Kong. Por eso fomentan la creciente presencia de la flota yanqui y los acuerdos AUKUS con Japón y Australia para patrullar la zona, mientras las aeronaves estadounidenses redoblan sus amenazantes inspecciones del lugar.
Trump intentó otra apuesta de confrontación centrada en la economía. Por eso buscó cortar los lazos de las estratégicas firmas de semiconductores de Taiwán con sus socios del continente. Aspiraba incluso a lograr el traslado de esas compañías al territorio estadounidense. Pero no consiguió ese objetivo y tampoco pudo aflojar las estrechas relaciones comerciales de Corea del Sur y Filipinas con China.
También su fallida intención de capturar Groenlandia tenía en la mira al adversario oriental. China construye en sociedad con Rusia, la Ruta de la Seda en el Hielo, lucrando con un derretimiento del Polo Norte que abre itinerarios de navegación abaratadores del transporte.
La impotencia de Trump frente a ese emprendimiento es proporcional al desplome estadounidense, en la construcción de los buques necesarios para transitar por ese sendero. Un sólo astillero chino (Jiangnan) tiene más capacidad de producción que todos sus equivalentes combinados de Norteamérica. Beijing encabeza esa industria, a gran distancia de sus dos seguidores (Corea del Sur y Japón), frente a la marginalidad del decaído fabricante yanqui. Ese dato ilustra el abismo de productividad que separa a la economía asiática de su relegado par americano, en cualquier esfera de la actividad industrial.
Ante tantos fracasos, el voluble Trump reconsidera las opciones de presión militar contra China, que fomentan sus adversarios globalistas y neoconservadores. Como Xi Jinping conoce esos virajes (que ya se efectivizaron en la guerra contra Irán), advirtió a su interlocutor de un inmediato corte de las negociaciones económicas, si reaparece el acoso militar. Resaltó, además, que la mayor afrenta agresiva es el acelerado rearme de Japón. Como en todos los terrenos, Trump no brindó ninguna respuesta, porque se ha quedado huérfano de estrategias propias.
Ese bache ya es cubierto por sus críticos del establishment (Levin, Boot, Kagan), que preparan nuevos rumbos, partiendo de una explícita irritación con los éxitos logrados por China (Lantos, 2026). Los halcones exigen confrontar con el dragón, pero sin ofrecer respuestas al fracaso económicos que agobia a Trump. En el próximo texto analizaremos las consecuencias de ese fallido.
24-6-2026
RESUMEN
Trump esperaba imponer aranceles a China y ahora suplica la apertura de los mercados de su rival. Las sanciones fracasaron y afectaron a la economía norteamericana. Estados Unidos pierde concertado o disputando con su adversario también en el terreno digital. China no cedió a la presión occidental cuando su economía despuntaba y ahora fija las condiciones de cualquier tratativa. Su ventaja proviene de la estructura social y del manejo del Estado, que no controlan los sectores enriquecidos. El imperialismo sostiene el rearme de Japón y no descarta una opción belicista con Taiwán.
REFERENCIAS
-Pont, Marcó del, Alejandro (2026a). Trump sin un «as en la manga» en el encuentro con China https://rebelion.org/trump-sin-un-as-en-la-manga-en-el-encuentro-con-china/
-Pérez Llana, Carlos (2022). Ucrania: guerra y conflictos en cadena, hhttps://www.clarin.com/opinion/ucrania-guerra-conflictos-cadena_0_7c7eer99jd.html
-Escobar, Pepe (2026). El fracaso de Trump en Pekín https: //observatoriocrisis.com/2026/05/16/pepe-escobar-el-fracaso-de-trump-en-pekin/
-Pont, Marcó del, Alejandro (2026b). La gran división del siglo XXI: la estructura de las élites y el colapso de la interdependencia china-estadounidense https://rebelion.org/la-gran-division-del-siglo-xxi-la-estructura-de-las-elites-y-el-colapso-de-la-interdependencia-china-estadounidense/
-Katz, Claudio (2023). La crisis del sistema imperial, Edición virtual, Jacobin, Buenos Aires, https://jacobinlat.com/2023/09/29/la-crisis-del-sistema-imperial-2
-Klare, Michael (2022). Washington y Beijing juegan con fuego en Taiwán, 15/09/2022
https://www.sinpermiso.info/textos/washington-y-beijing-juegan-con-fuego-en-taiwan
-Nimmegeers, Dirk (2023). Fiebre de guerra: ¿Taiwán después de Ucrania? https://rebelion.org/fiebre-de-guerra-taiwan-despues-de-ucrania/
-Lantos, Nicolás (2026) Cumbre Xi-Trump: el día que China dictó las condiciones https://www.eldestapeweb.com/politica/cumbre-xi-trump-dia-china-dicto-condiciones-202651485742
