El verdadero peronismo
Sin dudas el “peronismo revolucionario” o “tendencia revolucionaria del peronismo” como se lo llamaría hacia el 73, se consideraba a sí mismo el “verdadero peronismo”. Esta idea tenia origen en el proceso post 55 durante el cual las luchas obreras fueron dadas en soledad contra las clases propietarias en bloque. La idea de existencia de un peronismo obrero convergería con las nuevas interpretaciones del peronismo y de la sociedad argentina provenientes de la izquierda. En muchos casos terminaría en una asimilación de ambas visiones en una nueva ideología peronista que abarcaría a numerosas organizaciones políticas, sindicales, estudiantiles, religiosas, armadas, inclusive produciría desgajamientos del nacionalismo de derecha. Se denominó tendencia revolucionaria del peronismo. Allí operararon con fuerza las ideas de de la nueva izquierda (de la cual la izquierda peronista fue una vertiente). Puiggros y Hernández Arregui junto a Abelardo Ramos, e inclusive las tesis de Frondizi o de Milciades Peña por nombrar los más conocidos.
El peronismo verdadero fue un concepto que surgió en el periodo de la resistencia, que se relacionó con una serie de valores y reivindicaciones en torno a los que la clase trabajadora se unificó para enfrentar la ofensiva patronal y gubernamental. Valores que le dieron al movimiento de Perón un “sabor” específicamente proletario. Con el devenir de los años esos valores fueron cobrando sentido ideológico y programático para toda una corriente del peronismo que abarcó a sectores obreros (programas de La falda, Huerta Grande, CGT A) pero que hizo carne también en nuevas generaciones no obreras que releían la realidad nacional a la luz de los planteos de la intelectualidad crítica.
El verdadero peronismo era proletario y como tal debía avanzar hacia el socialismo. Pero también para los que se consideraban peronistas desde esa idea de verdadero peronismo, este no era una corriente del movimiento sino que era el único peronismo posible, el resto (los burócratas sindicales y políticos) eran traidores, corruptos, etc. El verdadero Peronismo tenía su par en el verdadero Perón en el cual los verdaderos peronistas depositaban sus esperanzas de que en última instancia su retorno demostrara cual era la naturaleza verdadera del movimiento depurando o pasando a un segundo plano a burócratas y peronistas conciliadores.
La idea de verdadero peronismo solo tenía que confortar en un tiempo de proscripciones y persecución contra “los malos peronistas”. Pero en el marco de una aguda lucha de clases en un periodo de proscripción, dictadura y finalmente puebladas y lucha armada, no implicaba un cuestionamiento a la legitimidad de la idea ya que Perón no aparecía en escena ni definía claramente su posición (más bien alentaba el conflicto). Los “malos peronistas” parecían ser una minoría de negociadores y oportunistas ajenos al proletariado o traidores al mismo. Pero el retorno de Perón, colocó a esta idea en un entredicho y dejó en manos de la principal organización que se reivindicaba heredera del verdadero peronismo, Montoneros, el problema de lidiar con Perón actuando en el terreno nacional y sin posibilidad de ambigüedades. También colocó a los intelectuales de la tendencia revolucionaria ante una encrucijada difícil que Puiggros resolvió, como veremos, en sintonía con el discurso montonero.
La ideología de la nueva izquierda, articulada con la de “verdadero peronismo”, sentó las bases de la interpretación de la historia, la utilización del marxismo y la identidad peronista de los importantes sectores de clase media y trabajadora que adscribieron a las corrientes revolucionarias en la década del 70. Para la izquierda revolucionaria no había verdadero peronismo, sino un peronismo hegemónico caracterizado por una dirección burguesa que conducía a la clase trabajadora y a los “verdaderos peronistas” a un callejón sin salida: el de un proyecto burgués y a la subordinación de la clase obrera.
Pero el “verdadero peronismo” si bien demostró no ser el único peronismo posible ni el dominante en las diferentes etapas de ese movimiento, era una idea legítimamente surgida de la situación política pos 1955. Era una idea de peronismo hija de la encrucijada histórica en que el país de debatió durante dos décadas: en que clases apoyarse y qué modelo social construir en la segunda mitad del siglo XX. Puiggros, Arregui, Ramos y muchos otros se encargarán da dotar de una teoría y una historia a la necesidad de ese verdadero peronismo.
El peronismo frente a los intelectuales tradicionales
Si bien el peronismo trajo consigo una modernización social e institucional con la incorporación de los trabajadores a la vida política de pleno derecho, el sistema de partidos políticos y el aparato intelectual en su conjunto quedó anclado en las concepciones sociales y políticas de la argentina tradicional. Creemos que esta apreciación cabe tanto para las fuerzas conservadoras como las de izquierda. El rechazo al peronismo como herejía, sea burguesa o plebeya por todo el campo político tradicional y el ordenamiento de las antinomias en torno a ese eje, anquilosó al campo intelectual que entró en una dinámica de “desnacionalización”. La concepción planteada por Gramsci de “nacional” concibe la nacionalización como la situación en la que una clase logra desarrollar concepciones, práctica y organización que excedan lo corporativo y le permitan luchar por la hegemonía dentro del ámbito nacional. O sea, en nuestro caso, hablaríamos de la perdida por parte de la clase política tradicional y de importantes núcleos de la clase media y la intelectualidad de su capacidad de identificarse con el nuevo país surgido de las transformaciones de décadas recientes del cual el peronismo era expresión y consecuencia.
A partir de una lectura similar a esta, Jhon William Cooke definió al peronismo en los sesentas como “el hecho maldito del país burgués”, calificativo que discutiremos en otro trabajo. Pero podemos adelantar una duda: hasta qué punto el peronismo histórico fue el hecho maldito del país burgués o fue maldito, en realidad, para el país tradicional, sin duda burgués, pero una versión de “modo de acumulación” particular. También es cierto que el patrón de distribución definido por el peronismo establecía límites a la discrecionalidad patronal tanto en las políticas de estado como en las posibilidades de acumulación, lo que en este caso si lo hacía sentir como un “hecho maldito”.
Frente a la mayoría de intelectuales antiperonistas, solo aparecieron con intenciones de buscar una interpretación diferente algunos núcleos destacados del campo, pero minoritarios. Por un lado podemos identificar como nacionalistas populares cuya mirada positiva hacia el pueblo llano y sus virtudes innatas les permitieron ver en el peronismo y la movilización de masas que acompañó su ascenso posibilidades positivas como los forjistas. Por otro, desde un origen diferente los trosquistas que, desde un arsenal marxista más rico y tomando algunas reflexiones de Trosky durante su estadía en México ye impulsados por la tendencia obrerista de la corriente encontraron aspectos positivos o, al menos, comprensibles en el movimiento de Perón. También debemos incluir una serie de intelectuales y militantes radicales como los que relanzaron en 1947 la revista Hechos e ideas[15] o socialistas como Juan Unamuno o Joaquín Coca.
La presencia del peronismo, como fuerza “desacomodadora” del escenario conocido hasta el momento y como expresión emergente de la necesidad de los cambios estructurales, produjo fisuras entre los partidos de izquierda y sus bases populares. El Partido Socialista y el comunista no salieron indemnes de las transformaciones que habían comenzado. De sus viejas estructuras fueron desprendiéndose grupos de militantes en la búsqueda de una incidencia progresista en la lucha de clases. Los primeros aparecieron durante el mismo periodo peronista.
Tal es el caso de la escisión comunista encabezada por Rodolfo Puiggros separado del partido en 1947 y la de Juan José Real expulsado en 1952 por promover el acercamiento al peronismo. Puiggros seguiría luchando dentro del PC por la convocatoria a un nuevo congreso que le permitiera discutir sus posiciones acerca de la “Revolución nacional” que consideraba expresaba el peronismo, Puiggros funda en 1950 el Movimiento Obrero Comunista (MOC) organización independiente que subsistiría hasta 1955 en busca de aportar teoría marxista a la clase obrera y a la vez acompañar el proceso peronista. Posteriormente al golpe Puiggros paralelamente con otros intelectuales como Astrada, Abelardo Ramos, Nahuel Moreno, Cooke, Peña, Frondizi, etc. fueron la prehistoria de la nueva izquierda en el plano intelectual, que encontró un escenario propicio para su florecimiento en los sesentas. En general fueron de gran influencia en la conformación de universo ideológico de las organizaciones armadas de los setentas.
Para entender la ubicación de Puiggros y de la fracción de intelectuales que se acercó al peronismo desde el marxismo con posterioridad al 1955, hay que entender las características de la política cultural del peronismo, especialmente en relación con la intelectualidad tradicional. El peronismo devaluó el rol de los intelectuales tradicionales, los consideró sus enemigos y enemigos del pueblo. La intelectualidad y el estudiantado a su vez vieron al peronismo como un hecho bárbaro, un fascismo periférico[16].
Pero el peronismo frente a esto tampoco se preocupó por generar su propia corriente de intelectuales. Si bien hubo intelectuales peronistas o cercanos al movimiento, estos nunca contaron con espacios importantes de decisión dentro del mismo ni en el Estado. Entregó la educación y la cultura a grupos católicos tradicionales o filofacistas como Ivanisevich o Apold cuya influencia solo fue contrapesada por la política de apertura democrática realizada desde la cabeza del Estado y por políticas de difusión cultural específicas. La corriente nacionalista popular que rápidamente se identificó con el proceso y que contaba en sus filas con hombres de la talla de Leopoldo Marechal, Raúl Scalabrini Ortiz o Arturo Jauretche y algunos emprendimientos culturales de importancia como la revista Hechos e ideas desde el radicalismo nacional progresista fue siempre marginal al movimiento[17] y su participación en las decisiones culturales del mismo puede deducirse de la siguiente apreciación de Marechal: “En los movimientos revolucionarios que, como el nuestro, sacuden todas las fibras del país, es frecuente y hasta inevitable que algunos estratos inferiores de la cultura salgan a la superficie y se abroguen derechos que, en esa materia, sólo confieren la capacidad y el talento creador. Si el nuevo Estado trabaja con esos elementos, los mejores, al quedar desplazados de la vía estatal, realizan por la vía privada hechos de cultura muy superiores en calidad a los que cumple el Estado”.[18]
O sea, la mayoría de los intelectuales fueron externos al peronismo, y los que acompañaron el proceso debieron hacerlo desde lugares marginales. Una vez desplazado el peronismo del poder y desaparecido el peronismo Estado, desaparecieron con el los funcionarios culturales del peronismo (algunos reaparecerían en el 74 a reprimir las manifestaciones culturales de la izquierda peronista). Pasaron a primer plano nuevamente los viejos forjistas y los intelectuales que desde la, izquierda habían acompañado al movimiento, pero que durante la administración peronista no habían ocupado espacios destacados.
Durante el tiempo del peronismo en el Estado Puiggros apoyó el gobierno desde una formación marxista independiente el MOC cuyo objetivo declarado era formar una vanguardia capaz de dotar al peronismo de una conducción proletaria más allá de Perón. Podemos debatir cuales eran las posibilidades reales de ser “parte del movimiento” para un marxista que pretendiera construir políticamente influencia. Vemos que para el caso individualidades integrantes del político y sindical se dieron situaciones “complicadas”. La relevancia de John W. Cooke durante la proscripción del peronismo, se contradice con el espacio otorgado al mismo antes de 1955. Pero, volviendo al plano de la cultura, el mismo Hugo del Carril (un indudable peronista y destacado cantor de tangos y director de cine) tuvo problemas con el aparato estatal de cultura peronista. Su excelente película “Las aguas bajan turbias” fue sistemáticamente obstaculizada por Apold (secretario de prensa y difusión de clara ideología neonazi); que llegó a intentar prohibir a Del Carril acusándolo de comunista, solo la intervención personal de Perón a favor del popular artista destrabó la situación. Es de suponer lo que podía esperar un intelectual marxista que quisiera colaborar con el movimiento.
La existencia de una intelectualidad orgánica al movimiento peronista, incapaz de llevar adelante las nuevas tareas que imponía la proscripción y la hegemonía obrera, (a su vez la existencia de una revolución en el plano de las ideas a nivel internacional) dejó un terreno vacío. Este vació favoreció el surgimiento de nuevas corrientes de intelectuales que adscribieran al peronismo sin tener que confrontar con el aparato cultural del peronismo estado. Puiggros sería uno de ellos. Al calor de la radicalización de la lucha obrera y el pertinaz antiperonismo de la izquierda clásica, fue licuando su independencia y terminó como intelectual del “peronismo revolucionario”. Proceso lógico para un intelectual que provenía de un partido estalinista: el “peronismo revolucionario” etapa superior del peronismo (más clasista y socialista), encuadraba perfectamente en las ideas comunistas de Puiggros de cómo se desarrollaba el proceso histórico.
Vemos entonces que las nuevas corrientes que revalorizaran o reinterpretaran la situación política argentina de pos guerra, eran ajenas a la experiencia del peronismo en el poder. En el mismo sentido, de aquella experiencia poco quedaba con el peronismo proscrito. El machacón recuerdo de la izquierda clásica y el campo de la intelectualidad liberal, sobre la mediocre gestión cultural y educativa del peronismo de la que habían sido marginados por una fuerte presencia de católicos y “neofascistas”, quedo eclipsada por los logros de maximización del acceso y por la hipotética potencialidad socialista del movimiento de Perón. De esta forma la importante corriente de intelectuales adscribieron al peronismo durante los sesentas y primeros setentas no encontrarían interlocutores provenientes del peronismo Estado con los cuales confrontar su análisis y propuestas. Al menos no los encontraron en el campo del peronismo que ellos se ubicaron: el de la resistencia obrera y popular, ya que Perón nunca rompió lazos con las que concebía como otras alas de su movimiento[19]. Pero para la nueva intelectualidad solo existía el líder exiliado de discurso “talmúdico”, el peronismo combativo, obrero y popular, considerado el “verdadero peronismo” y algunos intelectuales nacionalistas populares o marxistas que no representaban el tronco principal de la experiencia estatal peronista. Y frente a ellos solo parecía haber peronistas traidores o burócratas que usufructuaban el prestigio del general.
Jauretche, Scalabrini o Cooke habían acompañado o sido parte de la experiencia del peronismo en el Estado, pero en roles secundarios como Jauretche (presidente del banco Provincia), Cooke diputado que no fue reelecto o Scalabrini que directamente paso a un segundo plano sin ninguna función en el Estado ni en el movimiento salvo el apoyo externo. Leopoldo Marechal podría refutar esta afirmación ya que fue un figura destacada de la cultura en esos años, pero como vimos el también reconocía el problema del peronismo para con los intelectuales y en los sesentas acompañó el proceso de radicalización. Por otra parte las corrientes que adscribieron al peronismo desde la izquierda, lo hicieron aceptando que este era un “movimiento nacional” y como tal convivían corrientes que propugnaban la liberación pero no eran socialistas.
Este pensamiento surge con claridad en el grupo de Hechos e ideas (también apoyado desde el Estado). Allí se propagandizaba la política del gobierno peronista pero desde una publicación que se pretende peronista independiente y con artículos de análisis y referencias al pensamiento moderno. Era motorizada por un núcleo de radicales que ya en los treintas impulsaban políticas modernizadoras (reforma agraria, distribución de la riqueza, industrialización, antiimperialismo) desde el interior del Parido radical de Alvear. Fueron llamados a escribir en ella toda la intelectualidad nacionalista, socialista o progresista que adscribe al peronismo. Se buscaba en la revista dotar de una ideología y un programa a la “revolución peronista”. El núcleo dirigente no era ni pretendía ser marxista o socialista sino democrático popular y nacional, pero igualmente el emprendimiento permanecerá periférico al tronco de la política del peronismo Estado[20]. Es en este sentido que vemos como el grueso de la intelectualidad se enajena al peronismo y se “desnacionaliza”, no solo porque el peronismo no haya intentado captar a sus miembros o hubiera preferido a católicos ultramontanos. Sino porque, justamente, a pesar de intentar conciliar el grueso de la intelectualidad permaneció férreamente antiperonista, produciendo en las políticas culturales del peronismo el efecto contrario: una suerte de abandono de la cultura a funcionarios de ideologías reaccionarias, los que si vieron en el movimiento de Perón una oportunidad.
Puiggros y el peronismo
Rodolfo Puiggros sin dudas fue un precursor de este proceso de revalorización de la experiencia peronista por parte de la intelectualidad de izquierda, y merece una mención especial por la importancia que la dirigencia montonera le dio desde su imposición como rector de la Universidad de Buenos Aires y, hasta su muerte en 1980, como figura pública del Movimiento Montonero. Aunque también Hernández Arregui (de origen radical) que trabajó junto a Jauretche en la provincia de Buenos Aires en los 50 y Carlos Astrada un marxista “puro” que fue el filósofo peronista más destacado en condiciones de debate académico, pueden considerarse precursores de esta interpretación positiva del peronismo desde el marxismo[21].
A Puiggros se lo puede encuadrar dentro de la línea de investigadores, ensayistas y polemistas que ven en el peronismo un momento de ruptura en lo que hace a la formación de la clase obrera nacional. Pero para él es un momento fundacional y cualitativamente superior, en un sentido inverso a la visión de Gino Germani o José Luis Romero[22], para quienes la llegada del peronismo era producto de una articulación histórica negativa entre un líder demagogo y masas rurales procedentes de regiones de tradición patriarcal, recientemente urbanizadas y sin experiencia sindical por lo tanto fáciles de manipular. Para Puiggros, lo mismo que para Hernández Arregui o Abelardo Ramos, la presencia de las masas del interior aportaba la nacionalización de la clase y, en este camino, su entroncamiento con las luchas históricas de las masas populares de épocas anteriores[23].
También, en su distanciamiento político con el PC buscó diferenciarse del fatalismo determinista de la izquierda clásica. Para ello insistió con la vinculación entre las políticas de la izquierda y la derecha que, según su interpretación, ocurría frente a la aparición de movimientos populares. Para él compartían la admiración por lo extranjero y cosmopolita y no miraban hacia el interior de su sociedad para encontrar respuestas. En este sentido enfrentaba la visión de que los movimientos populares eran solamente rémoras del pasado o expresaban fuerzas conservadoras. Posición sostenida en general por la izquierda y los liberales respecto a los caudillos y el irigoyenismo. Esta posición era también a la que adscribía Milciades Peña (al que catalogamos como miembro de la nueva izquierda y de gran influencia en los sectores de esta que permanecieron ajenos al peronismo), Puiggros polemizó con el en su revista Fichas. Además para Puiggros los nacionalistas e izquierdistas erraban en su caracterización de la Argentina como una mera colonia británica, como si la penetración capitalista hubiera operado sin resistencias. Justamente estas resistencias eran las expresadas por los movimientos nacionales del cual el peronismo era el último y, potencialmente, mas importante por incluir en su interior a la clase obrera.
Desde el inicio de su carrera como historiador del Partido Comunista y miembro del comité central Puiggros desarrolló tesis historiográficas que irían evolucionando desde sus comienzos, en De la colonia a la revolución, hasta la reescritura final de Historia crítica de los partidos políticos argentinos. En sus primeras obras mantiene una idea positivista de progreso “América hispana se gesto con el estigma de la explotación servil del trabajo humano. Si la leyenda negra-cubre bajo un manto de ignominia lo que la conquista española significo como progreso, la leyenda opuesta le responde con igual parcialidad al pintar de color de rosa la sociedad que se levanto tras la hazaña genial del descubrimiento” afirma en De la colonia… América poblada de cazadores recolectores e imperios de tipo “asiático” salto etapas en su evolución al ser conquistada por una sociedad superior y la América del norte (conquistada por Inglaterra un siglo después) saltaría mayores distancias al recibir a colonizadores que llevaban consigo el germen del capitalismo.
También las elites ilustradas de nuestra independencia (Moreno, Rivadavia, Sarmiento, Alberdi; en consonancia con la historiografía liberal en donde encontraba sus fuentes) encuadraban en su idea de evolución y en tal sentido eran reivindicadas. En Historia crítica… sin embargo, rompe lanzas con esta visión y busca un ajuste de cuentas con la izquierda comunista y socialista. Plantea lo sustantivo de la articulación entre masas e intelectuales como clave para identificar ideas progresistas y eso le permite diferenciar a Moreno de Rivadavia[24].
Durante los dos gobiernos peronistas (1946-1955) Puiggros, y el grupo de militantes expulsados del PC junto a él, mantuvieron una independencia organizativa, con la esperanza de desplazar a la dirección partidaria. Un grupo de ferroviarios del barrio porteño de Constitución ofreció lucha en el seno del PC para modificar la política hacia Perón, pero no fueron escuchados. Luego de la victoria electoral de Perón en 1946, las contradicciones internas al PC se agudizaron y en el XI Congreso ocurrido en agosto de ese año, la expulsión de los ferroviarios estaba decidida. Puiggrós también fue exonerado, pues compartía las posiciones disidentes. Entre 1947 y 1949 este sector de comunistas intentó forzar la realización de un Congreso Extraordinario para discutir la línea política de la cúpula del Partido. Al mismo tiempo, a través de su periódico Clase Obrera, comenzaron a desarrollar sus posiciones respecto a la “revolución nacional” peronista. Pero fracasaron en desplazar a la dirección del PC y nunca fueron realmente aceptados como izquierdistas críticos pero no hostiles al gobierno “popular”.
Una de las experiencias más significativas de la década peronista para Puiggrós fue la participación en el Instituto de Estudios Económicos y Sociales que dirigía el socialista simpatizante del peronismo Juan Unamuno. El IEES fue el antecedente del Partido Socialista de la Revolución Nacional, en el que el Movimiento Obrero Comunista no creyó oportuno participar. La ideología del MOC, hasta su desgranamiento en 1955, fue el marxismo-leninismo bajo el canon estalinista. El golpe de Estado de 1955 terminó con la disidencia comunista encabezada por Puiggrós, quien a pesar de algunos intentos de reorganización, se resignó gradual y lentamente a ser un intelectual adscrito al amplio campo del movimiento peronista especialmente a los intelectuales que abonarían la ideología de su izquierda o que, más bien, apostaban al surgimiento de un ala izquierda orgánica. En este sentido vemos excesiva y deshistorizada la hipótesis de Omar Acha sobre el desbarranque nacionalista de Puiggros[25]
Igualmente, y fiel a su matriz ideológica marxista clásica (que nunca abandonó por completo) se mantuvo intransigente en incorporar a Rosas al panteón popular "Este prólogo quedaría incompleto si no puntualizáramos dos críticas a los rosistas militantes. Son: 1ro. – Su creencia de que los gérmenes de un capitalismo nacional en la esfera rural —la expansión y organización de las estancias junto con el desarrollo de la economía mercantil en la época de Rosas— pudieran ser los orígenes de un desarrollo autónomo del capitalismo argentino, prescindiendo del mercado mundial, de la existencia del imperialismo y del progreso alcanzado por las naciones más adelantadas de la época”. Esto es, para Puiggros, pura utopía, “es no tener en cuenta que nuestro país no está hoy a la altura que está sí se hubiese encerrado escasamente dentro de sus fronteras, esperando de sus acumulaciones internas de capital, de su educación técnica, de su capacidad creadora, lo que le vino del exterior en pocos años”. Sin embargo, a pesar de mantener su determinismo dialéctico, aceptará la discusión de estos sensibles puntos identitarios de la izquierda peronista. Por ejemplo, relata Roberto Perdía[26] que cuando ya Puiggros estaba incorporado al Movimiento Peronista Montonero discutían sobre las características del rosismo y la viabilidad histórica de las montoneras federales. Transigiendo, entre sonrisas, que podría tratarse de un “modo de producción gauchesco” para ejemplificar su resistencia a apartarse de los cánones tradicionales del marxismo pero reconociendo el planteo de especificidades nacionales en el que insistían sus interlocutores revisionistas.
“2do – Su desconocimiento del doble papel que el imperialismo cumple a pesar de sí mismo: si por una parte oprime, deforma y exprime a los países poco desarrollados, como era el nuestro a mediados del siglo pasado; por la otra, se ve en la necesidad de trasplantar su técnica, incorporar sus capitales, crear clase obrera, estimular el capitalismo nacional, gestar los elementos opositores que conducen a la liberación económica de los pueblos explotados por los monopolios. Estas fuerzas o elementos se desenvolvieron progresivamente desde la caída de Rosas hasta nuestra época de revolución nacional emancipadora y son los pilares de esta revolución"[27]. Toda una definición de ortodoxia que no necesita explicación. Si bien esta definición es de 1953 cuando aún mantenía su intento de independencia frente al peronismo y que con el paso de los años puso mucho mas esfuerzo en el desarrollo de sus críticas a la izquierda clásica, nunca se desdijo de estas posturas. Tal es así que José María Rosa (autor al que podemos pensar que estaba dirigida la crítica de los párrafos anteriores ya que el Rosas de J. M. Rosa era el mas moderno que encontramos en la historiografía revisionistas, frente a los Rosas autoritarios y feudales del revisionismo de derechas) le sugirió, como respuesta, que el pueblo argentino necesitaba grandes héroes que hubieran enfrentado al imperialismo con éxito y que ahí estaba Rosas, para que quitárselo por pruritos ideológicos.
A pesar de su sostenimiento en el rechazo a Rosas como ícono popular, Puiggros no dudará en el mismo libro de afirmar que “estas diferencias (…) no impiden que afirmemos nuestra solidaridad con los admiradores –así como con los detractores- de Juan Manuel de Rosas que asumen hoy una actitud clara y consecuentemente antiimperialista. Somos sus amigos y sus aliados en la revolución nacional emancipadora. De la misma forma que nos sentimos totalmente en contra de aquellos anti-rosistas que (…) forman en las filas de la contrarrevolución….”[28]. De esta forma el frente que aspira a construir Puiggros se manifiesta en el aspecto historiográfico. La solidaridad en la interpretación del pasado que sostuvieron tanto liberales como marxistas y que se tradujo el 19 de setiembre de 1945 en los iconos que encabezaban las marchas por la libertad y al constitución (Rivadavia, Sarmiento, Mitre, San Martín) y que unificaban desde comunistas hasta conservadores en oposición a Perón rompen su homogeneidad. Lo interesante es que el peronismo Estado no dio la misma importancia al significado simbólico y a la relectura del pasado en términos revisionistas, sino que (salvo por el realce de San Martín sobre el resto) mantuvo el panteón mitrista.
En esta evolución Puiggros avanzará en la reivindicación de las montoneras federales y en la ubicación de la contradicción principal a resolver la antinomia liberación o dependencia, que delimita los campos políticos enfrentados a lo largo de la historia. Construirá una interpretación de la historia en la que una corriente nacional de movimientos de masas que representan el autodesarrollo y la independencia se enfrenta a fuerzas cuyo anclaje principal es externo y someten al país a la dependencia política, económica e ideológica. En ese trayecto rompió con el comunismo y se fue acercando al peronismo (en su relato histórico el último y más importante de los movimientos nacionales) al que calificaba de revolución nacional. Esta idea para Puiggros implicaba reconocer que el peronismo había culminado a partir de su triunfo las tareas democrático-burguesas de independencia nacional y de desarrollo económico y que había ido más allá otorgando a los trabajadores una presencia en la vida nacional muy grande y al Estado una participación significativa en el manejo de la economía. Es entonces que consideraba la necesidad de que el peronismo avanzara en una siguiente etapa de profundización de su potencial obrero.
Igualmente es importante matizar su ruptura con el PC. Fue mucho más política e identitaria que ideológica. La idea de liberación nacional ya venía teniendo una fuerte difusión en el Partido Comunista. Por ejemplo, si vemos el trabajo de Ernesto Giudici Imperialismo inglés y liberación nacional de 1940[29] allí el autor plantea una serie de tesis en torno a la guerra mundial y el desarrollo de las contradicciones en Argentina muy cercanas a los planteos de Puiggros: hipótesis del surgimiento de un movimiento populista de masas que impulse la independencia nacional y la industrialización, la contradicción principal liberación o dependencia, el apoyo a la URSS en la guerra pero sin conciliar con el imperialismo inglés, etc. Si bien estas tesis no fueron adoptada por el partido, eran parte del clima de ideas del mismo y solo fueron subordinadas por firme y lineal alineamiento del mismo con Moscú. Vemos entonces que las posiciones de Puiggros no fueron una novedad ni una ruptura absoluta con lo que el PC discutía las décadas anteriores. Tampoco el PC sostuvo, en los cuarentas, más allá de los cambios de la línea “clase contra clase” por la línea del “frente popular”[30], un programa que impulsara la revolución socialista sino que sostenía la idea de que la revolución en Argentina debía pasar por una etapa de revolución democrático burguesa[31] y que por lo tanto la burguesía tendría un rol importante que cumplir en el desarrollo nacional.
