A tres meses de la captura del presidente Nicolás Maduro por fuerzas especiales del imprerialismo yanqui, Venezuela transita una fase inédita en su historia reciente. La intervención militar yanqui no solo logró remover a un gobierno incómodo para los intereses de Washington, sino que impuso una tutela de facto sobre el Estado venezolano que reconfigura radicalmente su soberanía. Al mismo tiempo, la resistencia popular ha logrado mantenerse, aunque de manera fragmentada y defensiva, en un escenario marcado por contradicciones profundas.
La nueva etapa de dominación imperial directa
El ataque estadounidense no fue un acto aislado, sino el punto culminante de una escalada que se venía gestando desde fines de 2025: bloqueo naval, cierre del espacio aéreo y bombardeos selectivos. Pero la captura de Maduro —en lo que la Casa Blanca justificó bajo la «guerra contra las drogas»— representa un salto cualitativo en la intervención imperial en América Latina.
La respuesta del chavismo fue, en términos militares, prácticamente nula. El propio ministro de Defensa Vladimir Padrino López reconoció semanas después que, frente a la superioridad aérea de Estados Unidos —con 150 aeronaves—, resultaba inviable siquiera despegar un avión de combate. La decisión de no responder militarmente a la agresión ha sido uno de los hechos más controvertidos, especialmente porque al menos 32 efectivos de la seguridad presidencial de origen cubano combatieron y murieron mientras que el resto de la Fuerza Armada no se movilizó.
Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina con el respaldo del Tribunal Supremo y la Asamblea Nacional, logrando mantener cierta continuidad institucional. Sin embargo, el precio fue la subordinación estratégica: el 15 de enero, apenas 12 días después de la captura, el director de la CIA John Ratcliffe se reunió en Caracas con Rodríguez, y poco después se reformó la Ley Orgánica de Hidrocarburos para abrir el sector petrolero al capital estadounidense. La reanudación de relaciones diplomáticas entre ambos países —rotas desde 2019— y la reapertura de la embajada estadounidense en Caracas el pasado 30 de marzo sellaron esta nueva relación de dependencia.
Resistencia popular: persistencia defensiva y fisuras
La capacidad de movilización popular chavista se mantuvo activa en los días posteriores a la captura. Multitudinarias marchas recorrieron Caracas el 10 y 11 de enero, con consignas contra el imperialismo y exigiendo la liberación de Maduro. En febrero y marzo se realizaron nuevas Tribunas Antiimperialistas, convocadas desde el propio gobierno, que buscaron reforzar el relato de la resistencia.
Pero esta movilización tiene un límite evidente: no se está construyendo una oposición activa a la dominación yanqui, sino más bien un acompañamiento institucional a la gestión de Rodríguez. La clase trabajadora, que en marzo volvió a movilizarse por primera vez en años para exigir aumentos salariales, expresó demandas concretas que el gobierno interino aún no ha podido canalizar. La tensión entre la retórica antiimperialista y las concesiones reales al capital extranjero es cada vez más difícil de sostener.
En la vereda opuesta, la oposición tradicional, liderada por María Corina Machado, ha aprovechado la nueva situación para reorganizarse. La sede de Vente Venezuela fue reabierta el 28 de marzo, tras más de un año de clausura. Machado se reunió en Washington con Marco Rubio el 31 de marzo y ya tuvo un encuentro previo con Trump, a quien obsequió su medalla del Nobel. Aunque aún no ha regresado al país, su partido anuncia su retorno «en los próximos días». Esta oposición, que históricamente defendió las sanciones contra Venezuela y ahora respalda la intervención, representa la continuidad del proyecto de recolonización.
Fortalezas y debilidades en la coyuntura actual
Fortalezas
Recursos estratégicos como palanca negociadora. El petróleo sigue siendo el principal activo de Venezuela. Con los acuerdos con Estados Unidos, se proyecta un crecimiento de la producción petrolera del 30% durante 2026, alcanzando 1,22 millones de barriles diarios, y las exportaciones hacia EE.UU. podrían pasar del 22% al 70% del total. Este flujo de divisas —estimado en 21.200 millones de dólares para 2026— podría reactivar parcialmente la economía. Algunos economistas proyectan incluso un crecimiento del PIB del 10,4% para este año, con una inflación que bajaría del 565% en 2025 al 174% en 2026.
Capacidad de movilización popular residual. Aunque atenuada, la base social chavista ha demostrado que puede llenar las calles en momentos clave. La Consulta Popular Nacional del 8 de marzo fue presentada por el gobierno como una muestra de participación y legitimidad. Esta capacidad, si se articula políticamente, podría ser un factor de peso en la correlación de fuerzas.
Apalancamiento internacional limitado pero existente. Sectores del movimiento antiimperialista mundial —movimientos sociales, partidos de izquierda— mantienen la solidaridad con Venezuela, denunciando la intervención como violación del derecho internacional. Aunque este respaldo no modifica el equilibrio geopolítico, ofrece un paraguas simbólico y diplomático.
Debilidades
Pérdida de soberanía económica. La principal fortaleza del país —el petróleo— se ha convertido en su principal vulnerabilidad. Estados Unidos controla de facto los ingresos petroleros: las exportaciones se canalizan mayoritariamente hacia el mercado estadounidense, los pagos se realizan bajo condiciones impuestas por Washington y las subastas de dólares han sido calificadas como lentas y opacas. La dependencia estructural de la renta petrolera, lejos de disminuir, se ha profundizado bajo tutela extranjera.
Crisis humanitaria y económica irresuelta. Pese a las proyecciones optimistas, los datos reales son alarmantes. La producción petrolera cayó un 21% en enero, situándose en 780.000 barriles diarios. Y, más grave aún, la inflación alcanzó el 600% en marzo, desmintiendo las promesas de recuperación de Trump. La vida cotidiana de los venezolanos no ha mejorado: los salarios siguen devastados, los servicios públicos colapsados y la emigración forzada continúa. El gobierno interino no ha logrado traducir la apertura económica en mejoras tangibles para la mayoría.
Ilegitimidad política y fragmentación del campo popular. El gobierno de Delcy Rodríguez, designado por Maduro antes de su captura, carece de legitimidad democrática propia y gobierna bajo la sombra de Washington. Esto genera un descontento creciente entre las bases chavistas, que ven cómo las concesiones al imperio contradicen el discurso antiimperialista. La oposición de Machado, aunque minoritaria en términos de arraigo social, logra capitalizar el descontento presentándose como la «alternativa democrática». El campo popular aparece así fragmentado entre quienes defienden al gobierno a ultranza, quienes critican sus concesiones pero se mantienen dentro, y quienes se alejan hacia la abstención o la oposición.
Ausencia de proyecto estratégico alternativo. Más allá de la coyuntura, la debilidad más profunda es la falta de un horizonte político propio. El gobierno interino no está construyendo un modelo económico soberano ni una salida popular a la crisis. Se limita a gestionar la transición hacia una economía abierta al capital extranjero bajo supervisión estadounidense. Y la izquierda crítica venezolana, débil y fragmentada, no ha logrado articular una propuesta que supere tanto la sumisión al imperio como el oportunismo de quienes se alinean con la intervención.
La resistencia en tiempos de tutela
Tres meses después de la captura de Maduro, Venezuela se encuentra en una situación paradójica: el gobierno que se presenta como continuador de la Revolución Bolivariana está implementando las políticas económicas que siempre defendió la derecha —apertura al capital extranjero, desregulación, primarización productiva— bajo la supervisión directa de Washington. La resistencia popular se ha mantenido, pero más como una fuerza defensiva y de contención que como un actor con iniciativa estratégica.
El desafío para la izquierda antiimperialista no es menor: cómo construir una alternativa que, sin caer en la apologética del gobierno interino ni en el alineamiento con la oposición prointervención, logre articular a los sectores populares en torno a un programa de soberanía real, reconstrucción económica desde abajo y democracia participativa. La historia no termina con una intervención, pero para que el pueblo vuelva a ser protagonista, será necesario un debate profundo y autocrítico sobre las causas de esta derrota y los caminos para superarla.
