Voces de la resistencia frente al experimento reaccionario
erueda, 2026-03-07
En la Argentina de 2026, una paradoja atraviesa el debate público como un cuchillo caliente: ¿cómo es posible que un gobierno que impulsa una «reforma laboral esclavista», que descalifica a la oposición con epítetos como «Chilindrina trosca» y que es repudiado en las calles por multitudes, se mantenga en pie gracias a un caudal electoral silencioso que parece haberle otorgado un cheque en blanco? Lejos de ser una contradicción, esta tensión revela el corazón mismo de la crisis argentina: dos países que habitan el mismo territorio y que ya no se escuchan. Para comprender la dimensión de esta fractura, es imprescindible asomarse a las voces críticas que, desde la izquierda, los movimientos sociales, el nacionalismo popular y la intelectualidad comprometida, intentan ponerle nombre y apellido al presente.
La batalla cultural y la herencia maldita
La diputada Myriam Bregman, referente ineludible del Frente de Izquierda, no se anda con rodeos a la hora de desnudar el programa económico del presidente libertario. Para Bregman, no hay aquí ninguna novedad bajo el sol: «El programa de Milei es el mismo de Martínez de Hoz. No tiene ninguna originalidad. Es lo que empezó Martínez de Hoz, continuaron Menem y Cavallo y él lo lleva a un nivel extremo, una nueva ronda de privatizaciones». La dirigente del PTS desmonta así la narrativa del «outsider» que viene a romper con la casta, inscribiendo al gobierno actual en la tradición más larga y trágica del ajuste perpetuo.
Pero además, Bregman señala el dispositivo mediático y simbólico que permitió la emergencia de Milei. En sus palabras, el hoy presidente era «un triste panelista de televisión que hacía grititos detrás de un panel, le pusieron campera de cuero, lo despeinaron, una maquilladora que le pinta de blanco la cara y salió a decir que es un león». La operación, denuncia, tuvo un objetivo claro: canalizar el descontento social, especialmente el de los jóvenes varones, hacia un odio estéril contra «la política», desviando la atención de los verdaderos responsables, esos que la economista y activista social siempre señala: el Fondo Monetario, las grandes empresas, los grupos concentrados.
En la misma sintonía, el economista Claudio Katz, desde sus análisis sobre la dependencia latinoamericana, viene advirtiendo que no asistimos a un mero cambio de gobierno, sino a una reconfiguración profunda del rol del Estado en favor del capital financiero, un punto que el economista Julio César Gambina complementa al subrayar la ofensiva contra los derechos del trabajo y la soberanía nacional como parte de una nueva fase del imperialismo. La «libertad» que pregona el oficialismo, coinciden, es la libertad del capital para explotar sin ataduras.
Grabois y la denuncia del «industricidio»
Juan Grabois, diputado nacional y dirigente del Movimiento de Trabajadores Excluidos, aporta la voz del territorio, de la economía popular y de la resistencia barrial. Para Grabois, la fotografía del ajuste tiene nombre y apellido: Fate. El cierre de la histórica fábrica de neumáticos, con sus casi mil despidos, es el símbolo de lo que él denomina un «industricidio».
En cada intervención pública, Grabois insiste en señalar la naturaleza «deshumanizante» de la reforma laboral que impulsa el Ejecutivo. Pero su crítica va más allá de lo económico. Tras la última apertura de sesiones en el Congreso, donde Milei lo llamó «oligarca vestido de pordiosero», Grabois contraatacó con un diagnóstico político de enorme agudeza. Denunció que el Presidente «abusa de su autoridad» al hablar en un monólogo sin réplica posible, y definió al gobierno como una «cultura de la doma cobarde». «Un domador se la tiene que bancar en serio. Tiene rival con quien interactuar. Todo lo que él decía se escuchaba, todo lo que decíamos nosotros para contestar, para defendernos, no se escuchaba», afirmó, evidenciando la asimetría de poder en un sistema mediático y político que, según su visión, funciona como una «pistola económica» al servicio de los intereses externos.
Grabois también ha sido punzante al señalar la incongruencia del discurso represivo del gobierno: «¿por qué los gendarmes y los policías cobran salarios de pobreza?», se pregunta, exponiendo la hipocresía de un Estado que se presenta como garante del orden mientras precariza a sus propias fuerzas. En un gesto que muchos interpretaron como una búsqueda de puntos de encuentro más allá de las grietas, incluso elogió al embajador designado por Milei en Francia por reclamar que tapen un mapa que mostraba a las Malvinas como británicas, marcando que la defensa de la soberanía no debe tener colores partidarios.
El barrio que duda: crisis de representación y autocrítica en los movimientos sociales
Quizás uno de los debates más honestos y crudos de los últimos tiempos proviene de los propios movimientos sociales y piqueteros. Frente a la evidencia de que «la calle ya no responde como antes», dirigentes populares consultados por diversos medios han abierto una discusión incómoda pero necesaria sobre la «pérdida de legitimidad» y el «desgaste» de las organizaciones territoriales.
En voz baja, pero también a los gritos, se reconocen los errores. «Seguramente si algunos cometieron errores tienen que asumir la responsabilidad», admiten, en referencia a los escándalos de corrupción y las denuncias contra dirigentes como Eduardo Belliboni, que han sido utilizados por el oficialismo para una «campaña de desgaste» sistemática. Pero más allá de lo judicial, el debate es estratégico. ¿Cómo enfrentar a un gobierno que ganó la pulseada en el plano simbólico? ¿Cómo representar a esos trabajadores precarizados que ya no se sienten interpelados por las estructuras sindicales tradicionales?
«Evidentemente la acción de lucha callejera tiene que tener otros mecanismos, otros métodos, que está claro que no lo tenemos claro», reconocen las fuentes consultadas. Hay «miedo», hay «resignación» y también hay «bronca, pero no una bronca disruptiva». Este diagnóstico, lejos de ser paralizante, podría ser el primer paso para una reconstrucción. Algunos dirigentes ya hablan de una necesaria «reconversión» hacia nuevas formas de organización del trabajo vinculadas a la economía del cuidado o a alianzas con sectores empresariales nacionales, intentando superar «la lógica de los planes» que durante años estructuró la relación entre el Estado y los sectores populares.
La cultura en la trinchera
Mientras tanto, desde el frente cultural, la resistencia se expresa en cada gesto. La imagen de la diputada Florencia Carignano escuchando el discurso presidencial de espaldas al atril, en señal de protesta, dio la vuelta al mundo como metáfora de una oposición que no avala pero que debe estar presente. Los artistas, escritores y músicos que llenan plazas y teatros con beneficios para los despedidos de Fate, o que desde sus redes desmontan día a día los discursos de odio, construyen una trinchera simbólica que impide que el relato oficialista sea el único.
La crítica de Bregman al discurso de Milei en Davos, al que calificó de «previsible, básico, arrastrado al imperialismo yanqui y muy aburrido», no es solo una chicana política. Es la constatación de que, para las mayorías populares y sus intelectuales orgánicos, el proyecto de la derecha recalcitrante es intelectualmente pobre, históricamente fracasado y moralmente repudiable.
La encrucijada de la unidad: hacia un frente político de las mayorías populares
La experiencia argentina de estos años ha dejado una enseñanza amarga pero necesaria: la fragmentación de las fuerzas populares no es un mero problema de coordinación táctica, sino una herida profunda que la derecha explota con habilidad quirúrgica. Asistimos a un gobierno que, en nombre de la «libertad», profundiza la subordinación de los recursos estratégicos, la industria y la política exterior a los designios de Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional. Frente a esta ofensiva, la pregunta sobre la unidad deja de ser una preocupación de círculos militantes para convertirse en una cuestión de supervivencia colectiva.
El diagnóstico que emerge de las voces más lúcidas del campo popular —desde Claudio Katz hasta Myriam Bregman, pasando por Julio César Gambina y Juan Grabois— coincide en un punto central: la derecha gobernante no actúa sola. Detrás del espectáculo mediático y las ocurrencias del presidente, se despliega un programa orgánico de entrega de la soberanía económica. Las reformas laborales, la apertura indiscriminada de importaciones, el desmantelamiento del tejido industrial que Grabois denuncia como «industricidio» y la sumisión a los organismos de crédito internacionales no son ocurrencias aisladas. Son la hoja de ruta del imperialismo para la región, ejecutada por una élite local que encontró en el discurso anti-política el vehículo perfecto para consumar viejos sueños de dominación.
Sin embargo, la fragmentación de quienes resisten no es un accidente. Es el resultado de décadas de derrotas, desencantos y también de errores propios. Los movimientos sociales, los sectores del trabajo formal e informal, la intelectualidad crítica y las expresiones políticas de izquierda y nacional-popular han transitado senderos paralelos que pocas veces convergen. La consecuencia es evidente: mientras el poder concentrado avanza, el campo popular se dispersa en siglas, personalismos y estrategias que, por separado, resultan insuficientes para disputar el sentido común de una sociedad cansada y herida.
La construcción de un frente político de las fuerzas populares no puede ser, entonces, un mero ejercicio de suma aritmética de partidos. Debe ser un espacio capaz de articular las demandas inmediatas —el salario, el trabajo, la comida en la mesa, la educacion, los derechos sociales— con una perspectiva estratégica de soberanía nacional. Esto implica superar la falsa dicotomía entre lo social y lo político, entre la lucha en el barrio y la disputa institucional. Como advierten los propios dirigentes sociales en sus análisis más autocríticos, la organización territorial por sí sola ha mostrado límites para contener el avance de una derecha que también supo conquizar territorios simbólicos y afectivos.
El frente que se necesita debería poder expresar, al mismo tiempo, el rechazo a la reforma laboral regresiva que denuncian los sindicatos combativos, la defensa de la industria nacional que clama Grabois, la lucha antimperialista que señala Katz y la batalla cultural que Bregman impulsa en cada debate. Pero para que eso sea posible, es condición necesaria abandonar la lógica del «sálvese quien pueda» electoral y del sectarismo que durante años condenó a las izquierdas a ser testimoniales.
La unidad no es garantía de triunfo, pero la fragmentación sí es garantía de derrota. Mientras las derechas entregan el país en bloque, las fuerzas populares discuten sobre matices que, a los ojos de una sociedad sufriente, resultan indescifrables. El desafío mayúsculo consiste en construir un programa común que pueda interpelar a esa «mayoría silenciosa» que hoy desconfía de todo, ofreciéndole no consignas, sino un horizonte creíble de dignidad y pertenencia.
En definitiva, la defensa de los intereses económicos, sociales, culturales y de la soberanía nacional frente al avance del imperialismo requiere algo más que voluntad de resistencia. Requiere la audacia de construir una herramienta política capaz de unir lo que la derrota dispersó. La historia argentina tiene ejemplos luminosos de que cuando el pueblo se une, el poder de unos pocos tiembla. La pregunta que flota en el aire es si esta generación estará a la altura de ese legado.
La batalla por el sentido común
La vigencia de un gobierno reaccionario no es, como podría pensarse, el triunfo de una idea superadora. Es, como lo definen Katz, Gambina y los dirigentes populares, el síntoma de un agotamiento del viejo orden y de la capacidad de las clases dominantes para imponer una salida regresiva a la crisis. La «mayoría silenciosa» que vota o tolera a Milei no es un monolito ideológico, sino un conjunto de individuos atravesados por el cansancio, el miedo a la hiperinflación y la desesperanza.
Frente a eso, la tarea de la izquierda, los movimientos sociales y la cultura crítica no es solo denunciar, sino volver a entusiasmar, volver a construir organización allí donde el desierto avanza. La calle sigue siendo un termómetro, pero como advierten los propios dirigentes sociales, quizás haya que inventar otros termómetros. La resistencia al «industricidio», a la reforma laboral «esclavista» y a la entrega de la soberanía no se librará solo en el asfalto, sino en la batalla cotidiana por recuperar el sentido común de un pueblo que supo ser orgullosamente trabajador y digno.
