Vigencia de Ernesto Che Guevara

Vigencia de Ernesto Che Guevara
Ética, política y violencia

Nómada
Selección de notas y artículos.

Cuatro décadas después de su muerte, la imagen del Che Guevara persiste en el imaginario de generaciones enteras en todo el planeta. Más allá del uso y abuso de su figura a nivel comercial, también sus ideas y su práctica política cobran vigencia en un presente marcado por alternativas frustradas y un tejido social fragmentado. La ensayista argentina Pilar Calveiro indaga en las razones que permiten comprender cómo la coherencia y entrega del guerrillero renuevan todo el tiempo la discusión entre política, ética y violencia.

Cuenta Paco Ignacio Taibo II que Luis Figueroa, un dibujante que vende retratos del Che en Guayaquil, le comentó que la imagen de Guevara "es la que más se vende. Por cada retrato de Jesucristo vendo 30 del Che". ¿Por qué? ¿Quiénes compran su imagen 40 años después de su muerte y qué es lo que conocen, reconocen o asignan a ese rostro suyo, serio y emboinado?

Más allá de los usos mercadotécnicos a los que se somete todo dentro de nuestras sociedades, es necesario reconocer, en primer lugar, que hablar del Che Guevara es hablar de mucha pieza, no sólo en términos humanos –como se lo suele reivindicar– sino también políticos. Hay un tipo de pequeñez que tiende a reducir todo a su propia escala; tal el caso de ciertos políticos o intelectuales que, inmersos en formas irrelevantes de la política, sólo pueden reconocer su propio vacío en lo que miran. Hay quienes pretenden que el "éxito" de la imagen del Che es posible por un vaciamiento del sentido original, en una especie de iconografía del rebelde, así, sin referencia política alguna. Trataré de indagar, en cambio, en otra dirección: la posible vigencia de las ideas y la práctica política del Che como razón de la persistente popularidad de su imagen.

Creo que, mal que le pese a algunos supuestos demócratas, es por este tipo de razones que falta mucho aún para que "el Che se desvanezca envuelto en seis carteles y una camiseta" (Taibo II). Sin embargo, el hecho de aducir razones políticas en la supervivencia de su imagen, nada tiene que ver con "volverlo dogma, esquema o santo bobo" –bueno pero torpe.

En esta línea de reflexión, no trataré de hacer un balance de sus aciertos y desaciertos –tarea que me quedaría demasiado grande– sino que me limitaré a esbozar algunas de las razones de la vigencia del Che para, en otros términos, tratar de entender qué convoca su presencia en nosotros, hoy, ya bien entrada la primera década de este siglo XXI, que amenaza con ser más sangriento aún que el anterior.

Primer asunto: Ese rostro del Che que aparece en su fotografía más famosa, no en vano lo presenta con el pelo largo, la boina con estrella y el traje de guerrillero. No es el Che de civil, ni como ministro de la Revolución Cubana, ni como padre, sino en su condición de combatiente irregular. ¿Por qué se recupera precisamente esa imagen de guerrillero, cuando esta forma de lucha ha caído en un descrédito tan grande, y cuando resultan tan claras sus limitaciones? La imagen de guerrillero remite directamente a la condición política de Guevara y en particular a su carácter irregular, como otra forma de la política, no institucional, de lucha, de riesgo y de muerte, que hoy vuelve a cobrar fuerza.

Asimismo, hay una referencia constante a ciertos rasgos personales del Che. Uno de ellos, la honradez con la que se desempeñó como funcionario de la Revolución Cubana. Como ministro de Industria le dijo a sus colaboradores cuando asumió el cargo: "Nosotros podemos meter la pata, pero no la mano en la lata". El cumplimiento personal de este mandato se verificó en su carta de despedida: "No dejo a mis hijos y a mi mujer nada material y no me apena; me alegro que así sea… no pido nada para ellos pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse". Esto mismo remite a otro rasgo que ni sus detractores niegan: la enorme coherencia entre su palabra y su práctica, que consta en numerosas anécdotas de su vida y en su propia condición de guerrillero, en la que, como hijo de una familia acomodada primero y como funcionario de una revolución triunfante después, tenía todo para perder y nada para ganar, en términos personales. También se reconoce su autoexigencia, que lo llevó a no pedir de los demás lo que no estaba en condiciones de ofrecer él mismo, su disposición a "poner el cuerpo" y a ser capaz de una apuesta política tan alta que implicaba jugar la vida y la muerte.

En síntesis, honradez, veracidad, coherencia, autoexigencia, valor, y sobre todo entrega en la búsqueda de un beneficio extrapersonal, no son aquí rasgos morales de una "buena persona" simplemente, sino que señalan una forma de entender y practicar la política con un alto contenido ético. Y hoy, en el marco de una degradación general de la vida pública, se nos presenta esto como una de las vigencias ejemplares del Che: la necesidad de resignificar éticamente a la política.

Segundo asunto : Se han escrito –y he escrito– muchas páginas sobre los numerosos errores implícitos en la teoría del foco, de la que el Che fue su máximo exponente. El solo hecho de observar el resultado de la mayor parte de las experiencias guerrilleras de América Latina permite reconocer las limitaciones políticas de esa perspectiva.

Sin embargo, es importante recordar que, para la época en la que se realizó la Revolución Cubana, existía en América Latina una izquierda "tradicional", nucleada principalmente en los partidos comunistas. Dicha izquierda suponía la existencia de una suerte de "leyes de la historia", según las cuales debían darse ciertas condiciones objetivas primero, para que existiera la posibilidad de un desarrollo posterior de las condiciones de conciencia que permitirían el avance de los procesos revolucionarios. Las llamadas condiciones objetivas se referían al necesario desarrollo del modo de producción capitalista para que, sólo una vez desplegadas y agotadas, pudieran "darse" las condiciones subjetivas o de conciencia, necesarias para un cambio revolucionario.

Como es evidente, esta postura propiciaba una actitud política básicamente pasiva, en la que todo avance de la modernización capitalista se consideraba positivo puesto que acercaba al desarrollo de las mentadas condiciones materiales, que darían lugar al desarrollo subsecuente de la conciencia revolucionaria.

Por oposición a esta visión determinista del cambio social, la teoría del foco consideraba que la acción revolucionaria era capaz de crear condiciones subjetivas, es decir, de conciencia. En otros términos, rehusaba continuar con la interminable discusión sobre las condiciones objetivas y subjetivas; rechazaba una visión fatal de la historia, mecanicista y economicista, para proponer la importancia de la acción política en la transformación social.

La centralidad de la voluntad, del querer como prerrequisito de la acción transformadora –que algunos críticos atribuyen al "voluntarismo" foquista– es sin embargo una idea previa, de filiación incluso arendtiana, que estaba presente en el debate y en el imaginario de los años 60 y 70, aun fuera del ámbito de reflexión marxista. Eso explica tal vez la fuerza de una afirmación tautológica de la época, pero que tuvo gran peso: "El deber de todo revolucionario es hacer la Revolución".

Frente a la pasividad que considera lo real como demasiado inmaduro o demasiado adverso y renuncia a la acción, el énfasis en el hacer, en la acción como motor de la política, la apuesta por la potencialidad de ésta para la transformación radical de la sociedad es probablemente otro de los aspectos más vigentes de la concepción política del Che. Hoy más que nunca se requiere rescatar a la política de la tristeza de la negociación y el acuerdo mezquinos, para reencontrar en ella la potencialidad, la acción capaz de abrir la posibilidad de otras formas de convivencia más justas, menos excluyentes, lo que entonces llamábamos socialismo, y que nunca fue.

Tercera cuestión: Uno de los aspectos más criticados de la figura del Che es, sin embargo, aquel que convalida la imagen popularizada: su condición de guerrillero que remite de manera directa al ejercicio de la política en su versión armada.

Sin duda, el recurso de las armas como instrumento de transformación política ha quedado fuertemente desacreditado en las últimas décadas. Ese desprestigio se debe, en primer lugar, a la derrota terriblemente costosa en términos humanos y políticos, que sufrieron los proyectos armados –guerrilleros o de cualquier otra variante– durante los años 60, 70 y 80.

El análisis de esas experiencias muestra que se deslizaron paulatinamente hacia una visión guerrera de la política, que la simplificó, anulando las dimensiones del acuerdo, la concertación y el consenso, al tiempo que la reducía a la dialéctica amigo-enemigo, es decir, a las relaciones coercitivas de poder. Puesto el juego en tal terreno, la vocación represiva del Estado se desencadenó con toda su potencia en políticas brutalmente represivas, cuyo denominador común fue la desaparición de personas como doctrina represiva del Estado. Desde México hasta Argentina se detuvo, torturó, asesinó y desapareció a miles y miles de personas para cortar el paso de cualquier proyecto alternativo pero, principalmente, de aquellos que pusieron en entredicho el monopolio estatal de la violencia legítima. De esta manera se dominó a sociedades en franca desobediencia mediante el asesinato directo de los activistas, la destrucción de sus formas organizativas y la diseminación del terror como mecanismo de control e inmovilización

Nuestras sociedades quedaron fuertemente marcadas por estas experiencias, que dejaron la impronta propia de las derrotas: fragmentación, desorganización y miedo.

Fue en ese contexto que nos acontecieron las democracias. Las buscamos como oxígeno necesario, para volver a respirar y salir de regímenes opresivos; pero también nos acontecieron puesto que, en un contexto de derrota, no fueron las organizaciones sociales y políticas populares las que definieron sus modos y sus contenidos sino que el mismo Estado nos "regaló" democracias a su medida. Aperturas desde los propios regímenes militares o bien retiradas "voluntarias" de los dictadores, que dejaban tras de sí legislaciones pero, sobre todo, estructuras de poder que les cubrieran las espaldas. Los militares se iban lenta o abruptamente pero de manera bastante acordada; los partidos únicos se volvían condescendientes y aceptaban compartir el poder y las ganancias; donde subsistían guerrillas poderosas se llamaba a procesos de diálogo; en todas partes se convocaba a elecciones mientras se convivía con los perpetradores de los crímenes de Estado. Pero tal vez lo más interesante fue el descubrimiento de las virtudes de la democracia por parte del poder norteamericano, y su receta general y obligatoria para todas las naciones del continente entre los años 80 y 90.

¿Qué pasaba? La democracia que, como principio de mayoría, es peligrosa en los momentos de organización y construcción de modelos alternativos, se convierte en inocua en los momentos de desconcierto, falta de alternativas y debilitamiento de los vínculos sociales. Así, las democracias que se constituyeron en los 80 y 90 fueron producto de la represión y las derrotas previas que desorganizaron y "estallaron" la sociedad civil, haciéndola añicos.

En ese contexto se desplegó un discurso democrático pretencioso e hipócrita que intentó convencernos de las bondades de ESA democracia, que debía ser como nos la proponían: incluyente, transparente, pacífica. La condición de incluyente equivalía al reconocimiento formal de todos, pero no contemplaba su participación efectiva, económica, social y política; por el contrario, incrementó y profundizó la exclusión, año tras año. La condición de transparente reclamaba la visibilidad de los sectores a controlar, mientras el Estado se hacia cada vez más y más opaco, en franca colusión con toda clase de poderes corporativos, bien llamados fácticos. La condición de pacífica demandaba la renuncia a toda forma de violencia –rápidamente asociada con la descalificación de terrorista– por parte de la sociedad, mientras reafirmaba la violencia estatal, que se mantuvo y fue aumentando, aunque bajo otras formas. El discurso de esas democracias encubre el componente violento de su poder, de un poder que es estatal pero también empresarial, comunicacional, cultural, jurídico y, en todas sus manifestaciones, profundamente violento.

Las actuales democracias tienen un núcleo perverso: despliegan violencias extraordinarias pero arguyen que cualquier uso de la fuerza es un out side, una especie de fuera de lugar del juego democrático. De esta manera no desautorizan cualquier recurso a la violencia externo al Estado –como ocurría en su forma clásica–; por el contrario, privatizan cada vez más las funciones de seguridad, negocian y acuerdan con las grandes redes delictivas generadoras de las mayores violencias, y en algunos casos incluso promueven la creación de grupos paramilitares y parapoliciales que desatan muerte y terror. Al mismo tiempo que permiten y alientan estas violencias brutales, consideran inaceptables las forma mínimas de la violencia social, como la protesta con ocupación de calles o vías de comunicación, la autodefensa de grupos o localidades y, ni se diga, cualquier tipo de agresión abierta contra la red del gran poder corporativo económico, político y comunicacional.

Este discurso y esta forma de oponerse teóricamente a "toda" violencia no es más que una manera de deslegitimar la violencia social y política de unos, para convalidar la de otros, legitimando el uso de la fuerza no sólo estatal sino también de las redes no institucionales que funcionan y se cobijan a través de la institucionalidad supuestamente democrática.

En otros términos, buena parte del discurso pacificador, que por rechazar toda forma de violencia deslegitima la figura del Che como militante armado, pasa por alto, al mismo tiempo, la consustancialidad de política y violencia que existe en nuestras sociedades. En lugar de este horror hipócrita por la violencia (y digo hipócrita por el pretendido desconocimiento de que la tenemos actuando ahí, frente a nuestras narices, de manera permanente, sólo que, naturalmente, sobre otros), en lugar de este falso horror, el momento actual reclama una reconsideración detenida de las relaciones entre política y violencia.

La política armada de los años 70 dejó algunas enseñanzas que no apuntan precisamente a la idea de independencia de la política con respecto a la violencia. Tampoco apuntan a la comprensión de la política como un asunto bélico o como puro acto de fuerza. Más bien señalan en la dirección del delicado entrecruce entre política y violencia. Parecen indicar que las políticas de resistencia deben recurrir a formas de lo impositivo, sin las cuales el poder se vuelve ciego y sordo, pero también apuntan en el sentido de que entrar de lleno en el espacio de la confrontación termina siendo un camino de derrota para los débiles. Los nuevos movimientos sociales parecen haber aprendido esta lección que está en diálogo y en contraposición con las propuestas del Che después de la Revolución Cubana.

La relación entre política y violencia se planteó entonces bajo presupuestos que resultaron inadecuados, pero la preocupación por esta relación y la búsqueda de respuestas era y es de primera importancia para la construcción de otra política.

Concluyendo entonces, la profusión de las imágenes del Che a cuarenta años de su muerte, no parece explicarse por su siempre hermosa cara, por la eterna juventud de su rostro, ni por la referencia a una rebeldía genérica, sin más.

Antes bien, creo que el Che es uno de esos muertos que nos convocan a recodar ciertas promesas incumplidas del pasado que se actualizan, llenas de sentido, en el momento presente. La relación entre ética, política y violencia, como tríada inseparable pero de difícil articulación y la importancia de la acción en la transformación del mundo son asuntos centrales del pensamiento y la práctica del Che que conservan hoy una vigencia innegable.

Tal vez es cierta hambre de lo ético en la política, cierta necesidad de acción y la sospecha de algo vacío y mentiroso en la pacificación de las democracias actuales lo que sostiene, después de cuarenta años, aquella antigua imagen del Che, con su boina y su uniforme de guerrillero.

 


Este artículo apareció publicado en el número 10, del Año 2, de la revista cultural Nómada, de la UNSAM (Universidad Nacional de General San Martín), Buenos Aires, Argentina.