Cuba, en vilo y a la espera del próximo movimiento de Trump

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Antoni Kapcia

Traducción: Rolando Prats

Cuba ha vivido bajo la sombra de las amenazas y del chantaje por parte de Estados Unidos desde el triunfo de la Revolución en 1959. Pero el desfachatado acaparamiento imperialista de poder en Estados Unidos por Donald Trump constituye uno de los peligros más graves a que se haya enfrentado el pueblo cubano en todo ese tiempo.

Tras el sorprendente (e ilegal) secuestro por el gobierno de Donald Trump del Presidente venezolano Nicolás Maduro, la atención mundial se desplazó hacia las ulteriores amenazas lanzadas por la Casa Blanca de hacerse con el control de Groenlandia —sin que a Trump pareciera importarle las implicaciones que ello pudiera tener para la posible reacción y el futuro de la OTAN— y hacia la belicosidad contra Colombia en relación con el tráfico de drogas.

Sin embargo, Cuba es a todas luces el país más amenazado hoy por lo que Trump se ha vanagloriado en denominar «Doctrina Donroe» y «Corolario Trump», en orgullosa referencia a las declaraciones hechas por los presidentes estadounidenses James Monroe en 1823 y Teddy Roosevelt en 1904, que sirvieron de marco a la política estadounidense hacia el «patio trasero» latinoamericano hasta la década de los treinta del pasado siglo.

Desde los tiempos de Thomas Jefferson, Cuba ha ocupado un lugar destacado en la actitud (y la actuación) de Estados Unidos en relación con el Caribe y Centroamérica. Sin embargo, el episodio de Maduro aportó una nueva dimensión a la política estadounidense en la región: esta primera incursión militar abierta en el continente sudamericano podría ser señal de que ya no hay límites a la nueva ofensiva estadounidense en las Américas. Lo cual parece haber colocado a Cuba firmemente en la línea de fuego de una futura intervención estadounidense. ¿O no?

En pie de guerra

En cierto modo, todas las verdades anteriores parecen obvias, dado lo imprevisible de la manera de actuar de Trump. Tras sus amenazas a Groenlandia, Trump señaló que el Presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, haría bien en cambiar de política si quisiera evitar correr la misma suerte que Maduro.

Por otro lado, debemos recordar que el secretario de Estado, Marco Rubio, cubano-estadounidense de segunda generación, lleva mucho tiempo abogando por que se haga un empleo más agresivo de las sanciones contra Cuba —las cuales no sólo siguen en vigor sino que además se han endurecido repetidamente en las últimas décadas— e incluso por un enfoque más intervencionista para acabar definitivamente con el sistema político cubano. En efecto, la influencia de Rubio bien podría aparecer reflejada en la más reciente orden ejecutiva firmada por Trump el 29 de enero, a la que nos referiremos más adelante.

Entretanto, los cubanos de la isla han sacado sus propias conclusiones, temiendo cada vez más lo que Trump pueda hacer. Las fuerzas armadas cubanas, que han permanecido en estado de alerta desde 1960, se encuentran en pie de guerra, acelerando y ampliando sus maniobras militares anuales, conocidas como «Guerra de todo el pueblo», para el personal en servicio activo y los reservistas.

Sin embargo, vale la pena recordar que los planes del Pentágono con respecto a una acción militar contra Cuba han concluido una y otra vez que el costo en bajas estadounidenses sería políticamente inaceptable, habida cuenta del nivel de preparación y entrenamiento de las fuerzas a disposición del gobierno cubano. Ello podría explicar por qué Trump o Rubio han hecho relativamente pocas declaraciones sobre Cuba. Por consiguiente y en términos generales, los especialistas tienden a estimar que una invasión estadounidense a la isla sigue siendo poco probable.

El cerco se va estrechando

Mucho más probable es la amenaza bien real de medidas adicionales para estrechar el cerco del embargo a la economía cubana. Durante el primer mandato de Trump se adoptaron más de 240 medidas de esa índole, lo que limitó aún más la capacidad de Cuba para atraer inversiones, obtener divisas fuertes o importar el petróleo y los alimentos que tanto necesita.

El alcance del embargo, aplicado principalmente por Estados Unidos e Israel, se extiende ahora por todo el mundo, ya que las complejas redes que respaldan a los bancos y empresas de seguros no estadounidenses suelen comprender entidades con sede en Estados Unidos que se adhieren a las leyes estadounidenses. Por tanto, aunque de jure la mayoría de los gobiernos rechazan el embargo, los bancos de esos países lo acatande facto.

Esos gobiernos toman, además, debida nota de la definición unilateral en virtud de la cual Estados Unidos cataloga a Cuba de Estado patrocinador del terrorismo. Todo ello ha añadido una nueva sensación de crisis a la «tormenta perfecta» que azotó a Cuba en 2018-2020, cuando confluyeron en un mismo haz la primera presidencia de Trump, la pandemia de COVID-19, el fin de la presidencia de Raúl Castro y la tan esperada fusión de las dos monedas cubanas.

Desde entonces, la intervención estadounidense en Venezuela ha entrañado amenazas de poner fin al suministro de petróleo a Cuba tanto por parte de Venezuela como de México. El 29 de enero, Trump firmó una orden ejecutiva para hacer cumplir —como medida de emergencia para proteger la seguridad de Estados Unidos— la prohibición de todo suministro de petrolero con destino a Cuba. Tomando en consideración todo esto, es probable que esas amenazas agraven la ya drástica escasez de combustible para el transporte y la energía en Cuba, escasez que ha significado para los cubanos años de cortes de electricidad diarios, desalentadores y cada vez más irritantes, especialmente en el campo y en las provincias del interior.

Sin embargo, la importancia estimada del petróleo venezolano puede que haya estado algo lejos de la realidad. Las exportaciones venezolanas a Cuba (que durante mucho tiempo se reciprocaron mediante el suministro de profesionales médicos y de otros ámbitos por parte de la isla) han disminuido de forma constante, ya que las sanciones de Estados Unidos a Venezuela han afectado las inversiones en infraestructura petrolera necesarias para mantener y modernizar la producción en ese sector.

Ante esa disminución, Cuba ha estado comprando recientemente más petróleo a Brasil, México, Colombia y España y ha adquirido energía de Turquía en forma de buques generadores. Por supuesto, esas medidas en ningún caso son suficientes, pero cubren hasta el 50 % de las necesidades de Cuba. En ese contexto, las más recientes declaraciones de Trump sobre el suministro de petróleo de México a Cuba y las amenazas que supone la orden ejecutiva son mucho más inquietantes para Cuba y los cubanos.

Patriotismo

Más allá de las amenazas de Rubio de destruir finalmente la economía cubana, la crisis adquirió una importante dimensión con el asesinato de treinta y dos militares cubanos que custodiaban a Maduro en el momento en que las fuerzas estadounidenses invadieron el recinto presidencial. El hecho de que los treinta y dos perdieran la vida apunta a la posibilidad de que —si bien los defensores habían jurado no rendirse— hayan sido ejecutados por los invasores.

Esa noticia ha tenido un impacto muy particular, pero quizás predecible, dentro de Cuba. Durante décadas, los cubanos han tenido una opinión mayoritariamente positiva de la estrategia de política exterior de su país de practicar un activo «internacionalismo» en todo el mundo mediante el envío sustancial a otros países del Sur Global de trabajadores voluntarios en los campos de la medicina, la ciencia, la educación, la agricultura y otros. Ello es así a pesar de que esa práctica haya entrañado la pérdida de vidas, sobre todo durante la liberación de Angola contra las invasiones de Sudáfrica respaldadas por Estados Unidos entre 1975 y 1989.

No es exagerado decir que para la mayoría de los cubanos esa estrategia es una fuente de orgullo nacional, especialmente a la hora de responder a la COVID-19 y otras epidemias, así como a desastres naturales. En el momento de la captura de Maduro, muchos observadores presentes en Cuba fueron testigos de pruebas claras de que la mayoría de los cubanos —sin excluir a quienes mantienen una actitud crítica hacia el gobierno o el sistema— reaccionaron con horror e indignación ante los disparos.

Grandes multitudes desfilaron ante los ataúdes de los cubanos caídos en Venezuela, expuestos tras el regreso de sus restos a Cuba, y posteriormente se sumaron a las masivas marchas del día siguiente en La Habana y en los 169 municipios de Cuba. Esa participación pareció confirmar lo que los observadores veían en otros lugares; a saber, la determinación (quizás retórica) de los cubanos de resistir todo intento de Trump de hacer que Cuba sufra la misma suerte, en particular de remodelar el sistema político cubano mediante la coacción o las amenazas.

En otras palabras, las muertes parecen haber avivado rápidamente las llamas de la conocida y profunda propensión cubana al nacionalismo. A lo largo de los años, a menudo las acciones de los presidentes estadounidenses para acumular aún más miseria sobre la población cubana han avivado esas mismas llamas, en una muestra del patriotismo que durante mucho tiempo ha caracterizado la cultura política e ideológica de Cuba, tanto antes como después de 1959.

Lo cual se puso de manifiesto de manera particular durante la década de los noventa, en lo más profundo de la crisis y la austeridad del «Período Especial» que siguió al colapso de la Unión Soviética, cuando el patriotismo se convirtió en una de las claves de la notable capacidad del sistema para sobrevivir. De modo que la más reciente reacción popular ante la política de mano dura de Estados Unidos no debería sorprender a nadie y tal vez hasta deje entrever que existe un mayor apoyo (o tolerancia) con respecto al sistema de lo que muchos han supuesto.

Perspectivas parciales

Las noticias en las redes sociales sobre las protestas públicas en Cuba han fomentado la sensación de descontento popular. Si bien esas noticias suelen ser verídicas, también ha habido no pocos casos de exageración, por lo que tal vez deberíamos tomarlas con cautela.

En primer lugar, La Habana no es como el resto de Cuba. Si bien en la capital se observan más indicios de disidencia abierta y de relativa riqueza, también alberga un estrato pobre que, al carecer de acceso a divisas fuertes, sufre más que la mayoría por la inflación. Del mismo modo, mientras que en general el resto de Cuba sufre más por la falta de acceso a los bienes y la energía, fuera de la capital se observa un mayor apoyo al sistema.

En segundo lugar, aunque los cubanos se han mostrado desde hace mucho con la disposición y la capacidad de quejarse enérgicamente de la escasez de suministros, las colas y los cortes de electricidad, y sus más recientes expresiones de frustración y cola son reales, la mayoría sigue dispuesta a tolerar la escasez (si bien en actitud resignada). También parece que sigue habiendo suficientes cubanos decididos a proteger los beneficios que les ha proporcionado el sistema, especialmente ante la constante hostilidad del «viejo enemigo».

Todos los cubanos saben que Estados Unidos ha proporcionado refugio y oportunidades materiales a sus familiares durante décadas, oportunidad que se refleja en el significativo grado de dependencia que actualmente exhibe Cuba respecto de las remesas de los emigrantes. Al mismo tiempo, muchos siguen percibiendo instintivamente que los políticos de ese mismo país no renuncian a controlar el destino de Cuba mediante la coacción y el estrangulamiento económico.

Entre dos crisis

En 1994, expliqué la crisis postsoviética y las probabilidades de supervivencia de Cuba basándome en cifras cuidadosamente calculadas. En ese momento, sostuve que entre el 20 % y el 30 % de la población apoyaba activamente el sistema, mientras que aproximadamente la misma proporción se oponía firmemente a él (estimación entonces confirmada por un destacado disidente). Lo cual dejaba «en el medio y mezclados» entre el 40 % y el 60 %, que a la vez era crítico del sistema pero lo aceptaba o toleraba pasivamente a pesar de todos sus defectos.

Desde entonces, poco me ha llevado a alterar de manera considerable esa estimación. Considero que hoy esas cifras se acercan más al 20 % a favor y al 35 % en contra (aunque es probable que por momentos esta última cifra se acerque al 40 %), con alrededor del 45-60 % todavía pasivamente en el medio.

Sin embargo, aunque desde el punto de vista material la crisis actual puede que no sea tan profunda como las de los primeros años postsoviéticos —cuando la mayoría de los cubanos albergaban un auténtico temor de que el sistema colapsara—, hoy en día se observan dos diferencias cruciales. La primera es la ausencia de Fidel o Raúl Castro, en quienes depositar la confianza, el respeto o la deferencia. Los miembros de la dirección posterior a 2018 se ven maniatados por su falta de legitimidad histórica o de autoridad y parecen incapaces de revertir lo que muchos perciben como una marea de declive material.

En un sentido muy claro, la verdadera crisis por la que atraviesa Cuba es política más que material. La sorprendente evidencia del enorme aumento del tráfico automotor en La Habana da a entender un nivel considerable de acumulación de riqueza al menos en esa ciudad, con muchos más bienes disponibles que en la década de los noventa. Para la mayoría de los cubanos, el principal reto material es ahora la relativa inaccesibilidad de esos bienes por el aumento vertiginoso de los precios.

La segunda diferencia también es política: la actitud distanciada que se observa en la juventud y la emigración de más de medio millón de jóvenes cubanos en tan sólo unos años. Las emigraciones masivas de la década de los sesenta tuvieron sus ventajas, como el aumento de la disponibilidad de viviendas para muchas familias pobres y la evacuación de toda oposición organizada. Los jóvenes cubanos de hoy, en cambio, no han conocido otra cosa que una Cuba tristemente austera desde 1991, al tiempo que su dependencia de las redes sociales exógenas es mayor que la de sus padres y abuelos.

Como resultado, son menos propensos a compartir la fe de sus mayores en el sistema y más propensos a culpar a su propio gobierno que a Estados Unidos, hasta el punto de no creer en las irrefutables pruebas del impacto del embargo. Parece que existe un problema real de posible alienación apolítica generacional. Dicho esto, el hecho de que un gran número de jóvenes cubanos hayan participado en todas las marchas y manifestaciones recientes para protestar por los asesinatos en Caracas deja entrever que no todo es necesariamente como oímos y que la veta de nacionalismo innato sigue siendo profunda, incluso entre los jóvenes.

El factor Trump

Desde 2012, los emigrantes disfrutan jurídicamente de la libertad de regresar a Cuba, a la vez que el entorno se ha vuelto menos acogedor para quienes emigran a Estados Unidos (que sigue siendo el principal destino) o a muchas otras zonas desarrolladas del mundo. De ahí que sea altamente posible que jóvenes que hayan abandonado el país recientemente regresen a la isla, por obligación o por decisión propia, pero trayendo consigo una visión diferente del sistema cubano y aún frustrados con la Cuba que dejaron atrás.

Por otra parte, el efecto persuasivo de vivir en la «burbuja» de Florida ha tendido a menudo a remodelar las actitudes de los emigrantes en relación con el hecho mismo de abandonar su patria o la justificación retórica de semejante decisión. Hasta quienes eran apolíticos antes de marcharse, parecen absorber rápidamente los valores y los juicios de la comunidad cubana en Estados Unidos.

Esas dimensiones de la crisis actual son difíciles de predecir, pero los asediados (y muy denostados) dirigentes cubanos saben que existen y que deben abordarlas con urgencia. Hay indicios de que la cultura de arraigado patriotismo de Cuba pueda a la larga llevar a que algunas de esas personas sean menos antisistema de lo que son hoy y menos antagónicas que las primeras oleadas de migrantes a Estados Unidos.

En última instancia, ello dependerá de cómo esas personas y sus familias (dentro y fuera de la isla) perciban las políticas estadounidenses y de la capacidad del gobierno cubano para encontrar alternativas al embargo. Los próximos meses y años serán sin duda duros y decisivos. Claro está que el elemento más impredecible de toda la ecuación cubana es lo que, de repente, Donald Trump decida hacer.