
Traducción: Pedro Perucca
Con frecuencia se caracteriza a la generación Z como apática. Sin embargo, entrevistas con destacados académicos muestran una realidad diferente. Una generación que llega a la mayoría de edad en medio de la crisis de la vivienda, la precariedad laboral y el descrédito de las instituciones políticas, y que ha perdido menos la fe en la política que en las promesas del capitalismo.
Ala generación Z se la suele describir como distraída, cínica, políticamente inconsistente o alérgica a las instituciones. Pero esta descripción pasa por alto la ruptura más profunda. Lo que distingue a esta generación no es una falta de política, sino el colapso de la fe en las instituciones y las reglas que alguna vez le dieron a la política, al trabajo y a la adultez una estructura reconocible.
Durante décadas, el capitalismo les prometió a los jóvenes una secuencia: la educación conduciría al trabajo; el trabajo conduciría a la estabilidad; la estabilidad conduciría a un hogar, una familia y una vida con cierta medida de dignidad. Esta promesa nunca se distribuyó de manera equitativa. Para muchos, siempre fue frágil. Pero para la generación Z, ahora se ha vuelto casi imposible de creer.
A lo largo de sociedades muy distintas, los jóvenes están entrando a la adultez por la misma puerta angosta. Detrás de esa puerta yacen empleos precarios, vivienda inestable, deuda estudiantil y de consumo, mercados laborales gestionados algorítmicamente, ansiedad climática e instituciones políticas que aparentan ser demasiado débiles o estar demasiado capturadas como para cambiar algo verdaderamente significativo.
Esta generación no confía en los partidos, los líderes ni las instituciones. Y sin embargo, también vota, boicotea, protesta, se organiza en línea, renuncia a sus empleos y canaliza su enojo a través de plataformas digitales. Más importante aún, puede convertir la vida cotidiana en un campo de batalla político. Su política es fragmentada, veloz, sin líderes y a menudo reabsorbida por los mismos mercados que rechaza. Pero es política de todos modos.
En entrevistas realizadas para este artículo, Guy Standing, Emre Erdoğan, Christian Fuchs y Anu Muhammad describieron distintas partes de una misma crisis: la formación de una generación sin un futuro laboral seguro, sin un contrato social estable y sin ninguna razón convincente para creer que el capitalismo todavía puede cumplir sus promesas.
Una estudiante universitaria de diecinueve años que vive en Estambul lo plantea de manera más directa: «No tengo una ideología. Simplemente tengo un orden mundial que odio».
Esa frase capta algo más grande que la ira juvenil. Lo que estamos presenciando es una ruptura generacional. La generación Z no se ha retirado de la política. Simplemente está desilusionada con el viejo lenguaje y el viejo modelo de la política. Y ha crecido en un mundo donde los viejos vocabularios políticos ya no logran dar sentido a la inseguridad que enfrenta.
La generación Z no existe por fuera de las relaciones de clase. Los cambios en el capitalismo han reconfigurado la estructura de clases y las condiciones de trabajo, y la generación Z alcanzó la mayoría de edad dentro de estas nuevas relaciones. Lo que describimos como «política de la generación Z» no debería entenderse como la política de una generación homogénea, sino como una expresión generacional de una transformación más amplia en las relaciones de clase.
Una generación sin futuro laboral
El economista y teórico laboral británico Guy Standing lleva años describiendo el ascenso de una nueva clase: el «precariado». No se trata simplemente de un grupo de personas con malos empleos. Es una clase moldeada por la inseguridad misma: empleo inestable, ingresos irregulares, deuda, la ausencia de una identidad ocupacional y la exigencia constante de reciclarse, reinventarse y permanecer disponible para un trabajo que quizás nunca llegue a ser seguro.
Standing entiende a la economía contemporánea como «una era rentista globalizada»: «Estamos viviendo en la era rentista globalizada del capitalismo; el ingreso, la riqueza y el poder fluyen cada vez más hacia quienes poseen riqueza y hacia las élites que poseen las principales formas de propiedad», dice. «La gran mayoría de los jóvenes adultos enfrentará empleos inestables e inseguros. Vivirán con salarios bajos e inciertos y estarán en un endeudamiento casi constante».
Para Standing, el problema no es simplemente que los jóvenes tengan peores condiciones laborales que las generaciones anteriores. El problema es que cada nueva generación es arrastrada más profundamente al precariado que la anterior. Como él mismo lo plantea: «Cada nueva generación está más involucrada en esta clase que la anterior». Para Standing, las posibilidades laborales de los jóvenes son tan sombrías que no tienen «ningún futuro ocupacional».
«A los individuos del precariado también se los obliga a buscar trabajo constantemente, a reciclarse y a encontrar nuevas fuentes de ingresos», dice Standing. «La mayoría de estas actividades no son remuneradas y son invisibles. Por lo tanto, las personas no pueden desarrollar una identidad ocupacional ni pueden posicionarse dentro de una trayectoria de carrera estable».
Este es el colapso de una de las promesas clásicas del capitalismo. El viejo relato sobre el trabajo en las democracias liberales era que este les daría a los jóvenes no solo un salario, sino también dirección, pertenencia y un futuro. En el nuevo mercado laboral, el trabajo a menudo solo les da agotamiento, incertidumbre y deuda.
Standing también subraya que esta condición produce consecuencias corporales y psicológicas. La incertidumbre crónica no permanece fuera del cuerpo. Se transforma en estrés, enfermedad y miedo. «Esto afecta especialmente a los jóvenes, pero en general todos los que forman parte del precariado tienen que lidiar con la incertidumbre crónica», dice. Y añade: «Esto significa enfrentar “incógnitas desconocidas”; es decir, no hay ni robustez para resistir los shocks ni resiliencia para recuperarse. Las consecuencias individuales de esto son la deuda, el estrés y las enfermedades crecientes».
Este no es un problema pasajero del mercado laboral. Es una condición política. Cuando los jóvenes ya no pueden imaginar un futuro estable a través del trabajo, también comienzan a perder la fe en instituciones que siguen hablando como si ese futuro todavía existiera.
Las reglas ya no funcionan
La inseguridad económica por sí sola no explica la política de la generación Z. Lo que hace más profunda la ruptura actual es el colapso de la creencia de que la sociedad tiene reglas claras y legítimas.
El politólogo Emre Erdoğan, cuya investigación se centra en la confianza social, la juventud y el comportamiento político, describe esto como una crisis más amplia del orden social de posguerra. Erdoğan sostiene que la inseguridad de los jóvenes refleja el colapso de las instituciones que alguna vez le dieron legitimidad al capitalismo. «El consenso posterior a 1945 se terminó», dice Erdoğan. «El orden de las Naciones Unidas se terminó. El sistema establecido por el Banco Mundial, el FMI y la Organización Mundial del Comercio colapsó. El Estado de bienestar colapsó. Lo que llamamos la red de contención ya no existe. Cuando caes, ¿quién te sostiene? La respuesta es: la familia, los parientes, los compatriotas. No el Estado».
Los análisis de Standing explican la condición económica, y Erdoğan explica por qué esta se vuelve política. Los jóvenes no solo luchan por encontrar trabajo. También luchan por entender qué reglas se supone que deben seguir.
«Ya no se le puede decir a los jóvenes “Si trabajas duro, vas a triunfar”», dice Erdoğan. «No sabemos cómo triunfar. Cada vez más gente no cree en las reglas. No hay consenso sobre qué se requiere para tener éxito en esta sociedad. Los jóvenes luchan no solo por encontrar empleo, sino por entender qué reglas deben seguir. Esta incertidumbre, con el tiempo, se transforma en una percepción de injusticia estructural en lugar de un sentimiento de fracaso individual. Y esta percepción alimenta la ira».
Esta distinción importa. Si los jóvenes creyeran que sus problemas son meros fracasos personales, el resultado podría ser vergüenza, retraimiento o desesperación silenciosa. Pero cuando la inseguridad se entiende como injusticia estructural, la ira se vuelve política.
Una estudiante griega de Erasmus en Estambul describe esta desconfianza de manera tajante: «Si alguna vez voto, probablemente sea en son de protesta o para destruir algo, no porque confíe en algún político».
Esto no es mero cinismo. Es una expresión de anomia: una condición en la que las reglas de la vida social pierden legitimidad. El joven puede seguir votando. Puede seguir participando. Pero el acto ya no está arraigado en la confianza. Se convierte en un acto de rechazo. Erdoğan tiene una sola palabra para esta condición: «resentimiento».
En Turquía, este resentimiento apareció con fuerza durante las protestas del Parque Gezi en 2013, cuando una protesta ambiental creció hasta convertirse en un movimiento masivo antigubernamental. Si bien Gezi es anterior al mundo político de la generación Z, los resentimientos que identifica Erdoğan han reaparecido desde entonces en formas de protesta más recientes: movimientos estudiantiles, protestas urbanas, campañas en línea, boicots de consumidores y actos de rechazo sin líderes.
En todo el mundo, la generación Z ha estado repetidamente a la vanguardia de las convulsiones políticas. Esto no se debe a una ideología generacional compartida; es el resultado de la experiencia compartida de precariedad y desconfianza institucional. Desde las huelgas climáticas hasta el levantamiento liderado por mujeres en Irán, pasando por las movilizaciones juveniles en Bangladesh y Nepal, hasta las recientes protestas de las «cucarachas» en India, la generación Z ha emergido reiteradamente como una fuerza disruptiva en momentos de crisis política.
La ira no es nueva. Lo nuevo es su velocidad, su movilidad y la manera en que viaja a través de las calles, las pantallas, los lugares de trabajo, los campus y los mercados.
Capitalismo digital y el nuevo terreno de la lucha
Resulta tentador decir que las redes sociales son el motor de la política de la generación Z. Pero eso sería demasiado simple. Las plataformas digitales no crearon la explotación, la deuda, la inseguridad ni la violencia policial. Pero sí cambiaron el terreno en el que estos conflictos se ven, se organizan, se aceleran y se monetizan.
El teórico de medios Christian Fuchs, cuyo trabajo se centra en el trabajo digital y el capitalismo, sostiene que las plataformas deben entenderse no como la causa de los levantamientos contemporáneos, sino como mediadoras de la lucha social bajo el capitalismo digital:
Las redes sociales no son la causa de las protestas, rebeliones y revoluciones contemporáneas. Dado que los jóvenes son sumamente hábiles con la tecnología, es natural que usen todo tipo de medios digitales en la comunicación, coordinación y organización de las protestas. El trabajo precario es sin duda un factor importante en algunas protestas de la generación Z. Sin embargo, no podemos decir que estas protestas sean «creadas» por las plataformas de redes sociales. En el capitalismo digital, estas plataformas no crean la explotación ni las luchas sociales, sino que las median.
La política que ha surgido entre gran parte de la generación Z no puede reducirse a TikTok, Instagram, X ni ninguna otra plataforma. Pero tampoco puede entenderse por fuera de ellas. Las cohortes generacionales no borran la clase. Más bien, la experiencia generacional moldea las condiciones bajo las cuales se experimentan las relaciones de clase. Los medios digitales se han convertido en uno de los principales espacios en los que circula la ira de la generación Z, donde se organiza la protesta, donde se forman las identidades y donde incluso la oposición puede transformarse en contenido, datos y ganancia.
La contradicción reside en las condiciones bajo las cuales trabajan hoy muchos jóvenes. Incluso quienes rechazan el sistema pueden verse arrastrados a mercados digitales especulativos, economías de influencers, trabajo de plataforma y competencia algorítmica. Pueden protestar contra el capitalismo por la mañana y verse obligados a actuar para sus plataformas por la noche.
El capitalismo digital no está por fuera de la vida de los jóvenes. Estructura su trabajo, su comunicación, su atención y, cada vez más, su sentido de sí mismos. Fuchs describe al capital digital como global, mientras que los trabajadores digitales son locales, aislados y fragmentados.
El problema no es solo que el trabajo de plataforma esté mal remunerado. También radica en que está organizado de maneras que dificultan la construcción de poder colectivo. «El trabajo digital suele estar individualizado y fragmentado», dice Fuchs. «Los trabajadores operan desconectados entre sí, y las posibilidades de organización colectiva son débiles. Esto los vuelve, al mismo tiempo, más frágiles y más fácilmente explotables».
En otras palabras, la economía digital crea una fuerza de trabajo que está permanentemente conectada pero políticamente separada. Millones están en línea; todos son visibles; todos están produciendo algo. Y sin embargo, los trabajadores a menudo enfrentan el mercado solos. Fuchs sostiene que si el capital se globalizó, el trabajo también debe organizarse globalmente: «Necesitamos un sindicato de trabajadores digitales transnacional y global, en el que los trabajadores digitales de todo el mundo se unan contra el capital digital».
Aquí es donde la discusión trasciende la cultura juvenil. La pregunta no es si los jóvenes son más irónicos, ansiosos, conectados o impacientes que las generaciones anteriores. La pregunta es esta: ¿están las nuevas formas de trabajo y comunicación reconfigurando las formaciones de clase? Y, de ser así, ¿pueden estas nuevas formas de política de clase escapar a la absorción por las plataformas a través de las cuales circulan?
La juventud como víctima y como fuerza política
Anu Muhammad, un economista bangladesí conocido por sus críticas al capitalismo, considera que el desempleo y el trabajo precario son inseparables de la economía de mercado capitalista. Pero también subraya que estas condiciones no producen un único desenlace político.
«Las clases dominantes ven esta situación como una oportunidad para utilizar a los jóvenes», dice Muhammad. «Los jóvenes enfrentan la incertidumbre, la precariedad y la desesperanza desde una edad temprana. Mientras que estas condiciones convierten a algunos en parte del sistema, empujan a otros a cuestionar y oponerse a este orden».
Esta es una de las contradicciones centrales de la política de la generación Z, que refleja la crisis más amplia del propio capitalismo. Las condiciones de inseguridad no producen una única política. Pueden producir resignación, nihilismo o adaptación, o bien oposición y rebelión. Una parte de la juventud puede convertirse en un aparato del sistema, mientras que otra pasa a formar parte de la resistencia contra este.
El levantamiento de 2024 en Bangladés mostró la volatilidad del descontento juvenil. Pueden observarse patrones similares en otros lugares. Los jóvenes no siempre se organizan a través de partidos. No siempre se guían por ideologías coherentes. Sus movimientos suelen ser inestables e internamente contradictorios. Y sin embargo, aparecen una y otra vez en el centro de las rupturas políticas.
Estas dinámicas resultan desconcertantes para las instituciones políticas más antiguas. Los partidos suelen esperar que los jóvenes ingresen a la política a través de canales conocidos: la afiliación, las campañas, las elecciones, la lealtad ideológica. Pero la generación Z suele ingresar a la política a través de la crisis: una lucha por la vivienda, un desastre climático, un escándalo de corrupción, una protesta en un campus o un video viral que cristaliza una injusticia más amplia.
El resultado es una política difícil de contener. Puede ser veloz y moralmente intensa. Puede ser amorfa. Puede desaparecer y reaparecer. Puede rechazar a los líderes. Puede desconfiar de la negociación. Pero no puede simplemente descartarse como apolítica.
Sin confianza, pero sin retraimiento
Una de las paradojas de la generación Z es esta: la desconfianza no siempre conduce al retraimiento. Los jóvenes pueden desconfiar de las instituciones y aun así votar. Pueden odiar el sistema político y aun así salir a la calle. Pueden burlarse de la política tradicional y aun así desarrollar fuertes juicios morales sobre el trabajo, el consumo, la identidad, el clima, la guerra y la desigualdad.
Un joven con quien hablé describió el colapso de la vieja promesa laboral con brutal claridad: «¿Escalar en la carrera profesional? Yo apenas intento no quedar debajo de la escalera. La casa y el auto que las generaciones anteriores tenían a los veinticinco años están incluso más allá de un sueño para mí».
Esto no es meramente una queja sobre el dinero. Expresa el colapso de toda una economía moral. La vieja promesa decía que el esfuerzo sería recompensado, que la adultez se volvería más estable con el tiempo y que el futuro sería algo que uno podría planificar razonablemente. Para muchos jóvenes, esa promesa hoy parece una reliquia histórica.
Sin embargo, esta pérdida de fe no significa que los jóvenes hayan dejado de actuar. Por el contrario, su política a menudo aparece en lugares que las generaciones anteriores no reconocen como políticos.
Los miembros políticamente activos de la generación Z boicotean a las marcas. Renuncian a sus empleos. Construyen redes de ayuda mutua. Amplifican hashtags. Exponen a sus empleadores. Se suman a protestas callejeras sin sumarse a partidos. Usan la ironía como arma. Convierten el consumo en juicio y la visibilidad digital en presión.
Parte de esto se mercantiliza fácilmente. Parte de esto es superficial. Parte de esto desaparece tan rápido como aparece. Pero el hecho de que sea contradictorio no significa que carezca de sentido.
Standing ve en este proceso la posibilidad de que el precariado —del cual la generación Z constituye una porción desproporcionada— esté comenzando lentamente a reconocerse a sí mismo como una clase. «Vemos que el precariado se está convirtiendo lentamente en “una clase para sí” en todo el mundo», dice. «En otras palabras, estar en el precariado ya no se ve como una señal de vergüenza o fracaso, sino que cada vez más se reconoce como un resultado del capitalismo global actual».
Este reconocimiento es políticamente explosivo. Una vez que la inseguridad deja de vivirse como un fracaso privado, puede galvanizar la acción colectiva.
Una nueva imaginación política
La generación Z es más que una cohorte demográfica. También es un resultado de décadas de reestructuración neoliberal, de la caída de las protecciones laborales, del aumento de la deuda, de la vivienda inaccesible, del debilitamiento de los Estados de bienestar, de la explotación digital y de sistemas políticos que cada vez fallan más a la hora de representar la realidad social.
Su ira es contradictoria, fragmentada y a menudo cooptada por el mercado que rechaza. Puede convertirse en protesta, pero también puede convertirse en contenido. Los jóvenes que quieren rechazar el sistema, sin embargo, a menudo terminan integrados a la economía de plataformas. Pero esto no vuelve apolítica a la generación Z. Muestra que la expresión política está surgiendo en formas que a las instituciones más antiguas les cuesta leer.
Esta generación no está por fuera de la política. Pero cada vez más se siente por fuera de las viejas instituciones de la política. Su política no necesariamente comienza con partidos, programas o tradiciones ideológicas. Comienza con la inseguridad, la humillación, los futuros bloqueados y la sensación de que las reglas están amañadas (o de que directamente ya no funcionan).
El viejo lenguaje de la política pregunta si estos jóvenes son de izquierda, liberales, conservadores, populistas, radicales o apáticos. Pero la pregunta más profunda podría ser otra: ¿qué sucede cuando una generación ya no cree que el sistema pueda ofrecerle un futuro?
La crisis del capitalismo hoy no radica solamente en que produce desigualdad. Radica en que su promesa central ha perdido credibilidad. El viejo relato —trabaja duro y podrás triunfar— ya no convence a la generación que se supone debe heredar el mundo.
Queda por verse si la rabia y la desilusión de la generación Z producirán resignación, reacción o solidaridad. Lo que está claro es que cada vez más jóvenes ya no ven la inseguridad como un fracaso privado, sino como una condición compartida. Reconocer lo que parece ser una desgracia privada como una condición pública compartida es donde comienza la política. Es lo que impulsa la acción colectiva y las demandas de cambio estructural.
