
Traducción: Natalia López
En pleno auge belicista tras el 11S, Immanuel Wallerstein anticipó que la hegemonía estadounidense había iniciado una caída irreversible. A más de dos décadas de la advertencia, la incapacidad de Washington para gestionar la decadencia aceleró el giro neofascista interno y empujó al mundo a una era de caos e inestabilidad.
En julio de 2002, Immanuel Wallerstein participó en el programa matutino de llamadas en vivo de C-SPAN. Acababa de escribir un ensayo para la revista Foreign Policy con un título provocativo: «El águila ha aterrizado de emergencia». Wallerstein argumentaba que la posición dominante de Estados Unidos en el escenario mundial estaba en declive. Había pasado menos de un año desde los atentados del 11S y la posterior invasión estadounidense de Afganistán. El gobierno de Bush estaba preparando a sus fuerzas armadas y a la opinión pública para la invasión de Irak, que comenzaría en marzo de 2003.
Conviene recordar que George W. Bush era una figura muy popular en ese entonces. La aprobación del presidente había alcanzado un récord del 90 % el septiembre anterior y se mantenía por encima del 70 % cuando Wallerstein hizo pública su advertencia sobre el declive. Sin embargo, a Wallerstein le pareció el momento exacto para intervenir. Llevaba escribiendo sobre la decadencia hegemónica de Estados Unidos desde principios de la década de 1980. Pese a ello, aún creía, en el intervalo entre las invasiones de Afganistán e Irak, que Estados Unidos tenía la oportunidad de gestionar eficazmente su declive.
Wallerstein no creía que fuera posible prolongar indefinidamente el dominio global de una gran potencia. Sostenía que las grandes potencias alcanzan la hegemonía —término que remite a un dominio global sin parangón— debido a factores económicos, políticos y militares que, en última instancia, también erosionan esa misma hegemonía. El declive hegemónico estadounidense comenzó mucho antes del 11S, con la crisis económica de la década de 1970 y la guerra de Vietnam.
Para Wallerstein, Estados Unidos enfrentaba la disyuntiva de toda potencia hegemónica en decadencia: un declive progresivo o una caída estrepitosa. George W. Bush eligió lo segundo. Hoy, Donald Trump ha acelerado aún más esa dinámica al desplegar agresivamente una de las pocas armas que le quedan a un hegemón en agonía: un aparato militar extremadamente poderoso.
Ciclos de hegemonía
¿Por qué estaba en declive la hegemonía de Estados Unidos? Para Wallerstein, la hegemonía estadounidense del siglo XX apenas se diferenciaba de la holandesa del siglo XVII o de la británica del siglo XIX. Estas tres potencias (y solo estas tres, según su planteo) alcanzaron la hegemonía al montarse sobre una ola de fuerzas económicas que no podían controlar del todo y al imponerse militarmente sobre un rival. Tras su triunfo, la potencia hegemónica pasaba a crear instituciones a su imagen y semejanza. Los británicos, por ejemplo, se impusieron sobre Francia y luego crearon el Concierto de Europa en 1815.
El ascenso de Estados Unidos a la hegemonía comenzó tras la recesión mundial de 1873. En el relato de Wallerstein, la pérdida de cuota de mercado de Gran Bretaña en el mundo se debió al despliegue de Estados Unidos y de su principal rival, Alemania. Estados Unidos se convirtió en un gigante de la producción de acero y, posteriormente, de automóviles, mientras que Alemania lo hizo en la industria química. El ascenso económico de cada uno de estos Estados fue precedido por una crisis política interna y una posterior estabilización (relativa): en el caso estadounidense, la victoria de la Unión en la Guerra de Secesión; en el alemán, la unificación bajo el liderazgo prusiano tras la guerra franco-prusiana.
Wallerstein concebía las dos guerras mundiales como una prolongada Guerra de los Treinta Años entre ambos rivales. Señalaba que tanto las Provincias Unidas de los Países Bajos como Gran Bretaña también habían alcanzado la hegemonía tras conflagraciones de tres décadas (en el caso neerlandés, esto ocurrió tras la Guerra de los Treinta Años original, entre 1618 y 1648).
Tras imponerse a Alemania y a las potencias del Eje en 1945, la dirigencia estadounidense consideró que necesitaba tres condiciones para sostener su prosperidad: 1) mercados internacionales para su producción industrial; 2) un orden mundial que garantizara el comercio a bajo costo; y 3) una suerte de pacto que asegurara que la producción no sufriera interrupciones. Washington logró estos objetivos mediante la reconstrucción de Europa Occidental y Japón, la creación de grandes instituciones multilaterales como las Naciones Unidas y el establecimiento de un acuerdo tácito con la Unión Soviética. Este último movimiento, simbolizado por la Conferencia de Yalta en febrero de 1945, fue para Wallerstein mucho más decisivo que la fundación de la ONU dos meses después.
Según el relato convencional, la Guerra Fría —que se extendió aproximadamente desde 1945 hasta 1991 (si se toma el período más amplio)— fue una contienda entre dos adversarios irreconciliables: Estados Unidos y la Unión Soviética. Para Wallerstein, en cambio, este período se articuló en torno a un pacto implícito entre las dos grandes potencias. La esfera de influencia estadounidense abarcaba aproximadamente dos tercios del planeta, mientras que la soviética cubría el resto. Cada potencia dominaba su zona y utilizaba la amenaza de la otra para alinear a sus aliados díscolos. Yalta se sostenía en un «equilibrio del terror» entre ambas naciones.
El apogeo de la hegemonía estadounidense transcurrió aproximadamente entre 1945 y 1970. Como todo hegemón, Estados Unidos terminó siendo víctima de su propio éxito. Hacia 1970, Europa Occidental y Japón se habían convertido, a ojos de Wallerstein, en pares económicos de Washington. En el proceso de forjar socios comerciales —clave para el éxito de posguerra—, Estados Unidos también construyó a sus propios rivales. Como todo hegemón, Estados Unidos comenzó a perder su ventaja económica siguiendo la misma secuencia en la que la había construido. Primero, el hegemón pierde su ventaja en la agricultura y la industria; luego, en el comercio; finalmente, en el sector financiero.
También en la década de 1970, la derrota en Vietnam expuso la debilidad militar de Estados Unidos y su incapacidad para imponer su voluntad a escala global. Vietnam, escribió Wallerstein, simbolizó el rechazo al orden mundial estadounidense por parte de los pueblos postergados del mundo, conocidos a veces como Tercer Mundo o Sur Global. El movimiento de independencia vietnamita contra las potencias coloniales (Francia, Japón y Estados Unidos) fue una extensión de la ola de protesta global que eclosionó en 1968. Según Wallerstein, «la generación del 68 no se limitó a condenar la hegemonía estadounidense. Condenaron la complicidad soviética con Estados Unidos, condenaron Yalta» y solo veían «dos bandos: las dos superpotencias y el resto del mundo».
El colapso de la Unión Soviética en 1991, de nuevo a contracorriente del sentido común dominante, representó para Wallerstein un desastre para Estados Unidos, porque perdió a su gran Otro. En un ensayo de 1992, Wallerstein insistió en que la Guerra Fría «no era un juego que había que ganar, sino más bien un minué que había que bailar… El fin de la Guerra Fría eliminó, en efecto, el último gran sostén de la hegemonía y la prosperidad estadounidense: el escudo soviético».
La respuesta de Washington al declive hegemónico ha sido reafirmar su grandeza, tanto en los discursos como en los hechos, para intentar recuperar su posición global. Sin embargo, como explicó Wallerstein en C-SPAN: «Si eres el número uno, no tienes por qué andar gritándolo. La gente lo sabe. Si tienes que gritarlo, es porque algo anda mal. Algo está pasando».
Matar al mensajero
Muchos de los oyentes que llamaban a C-SPAN no recibieron con agrado el mensaje de Wallerstein sobre el declive. La audiencia expresó su malestar de diversas maneras: una persona preguntó si flameaban banderas en el campus de Yale, dado el aparente sesgo antiestadounidense del autor; otra lo acusó de haber esquivado el reclutamiento para la guerra de Vietnam, sin reparar en que había sido incorporado al servicio militar en una etapa anterior, durante la guerra de Corea. A una tercera le dio escalofríos la sola idea de Wallerstein en la presidencia: «Si un tipo como él estuviera al mando de Estados Unidos, el país terminaría como un armadillo, hecho una bola, esperando a que le den una patada».
Ese tipo de exabruptos resultaba habitual para Wallerstein, quien ya había escrito sobre el costo psicológico y nacional que el declive hegemónico impone a quienes lo experimentan. Se trataba de un período potencialmente peligroso para la política interna y para la clase dirigente a la que la ciudadanía pudiera recurrir. En el programa, Wallerstein aclaró que él solo era el mensajero y que Estados Unidos se estaba aislando del mundo: no solo de las naciones que necesitaba seducir, sino también de sus aliados más cercanos. «Si sobreestimas tu poder y andas por ahí actuando como un matón», afirmó, «pierdes mucho más que si entablas un diálogo elemental».
Parte de la audiencia veía en Wallerstein un intento de reformar la política exterior estadounidense. Un espectador preguntó cómo responder a las acusaciones de antiamericanismo, a lo que Wallerstein respondió que procuraba apelar a la razón. Sostuvo que la política exterior de Estados Unidos atentaba contra los propios intereses de sus ciudadanos: No apelo a su altruismo, apelo a su egoísmo. Están provocando un impacto negativo mucho más veloz sobre Estados Unidos y sobre sus propias vidas. En cuanto a su nivel de vida, su riesgo de morir y todo lo que defienden, estarán peor si insisten con estas políticas que si cambian de rumbo.
El declive no equivalía a una catástrofe. Históricamente, las potencias hegemónicas no caen demasiado bajo: terminan reacomodándose entre las demás grandes potencias, aunque con un nivel de confort material superior al de la mayoría (basta observar hoy a los Países Bajos o al Reino Unido). Es más: como escribió Wallerstein en aquel ensayo de 1992, el declive podía ser «la mayor bendición de todas». Estados Unidos tenía la oportunidad de abrazar un sentido moral. Fue «Abraham Lincoln quien dio la nota moral: “Así como no querría ser un esclavo, tampoco querría ser un amo”».
A comienzos de la década de 1990, Wallerstein vislumbró dos futuros posibles para Estados Unidos. El primero derivaría en el neofascismo, caracterizado por el conflicto social y por el sometimiento de los sectores populares a la brutalidad y el prejuicio. El segundo escenario, más esperanzador, asumía la forma de una solidaridad nacional canalizada mediante la socialdemocracia y el avance hacia el igualitarismo.
Aunque Wallerstein no solía inclinarse por pronósticos desmedidamente optimistas, consideraba que la vía igualitaria era más probable que la neofascista. Preveía una catarsis nacida de «un estrés social compartido» que, articulada con la prosperidad económica estadounidense y la noción popular de libertad, engendraría un movimiento contra las principales dimensiones de la «asignación desigual»: género, raza y etnia, edad y clase. Calculaba que el impulso del 68, al haber resquebrajado la hegemonía estadounidense y destronado la ideología del liberalismo centrista, conduciría a un movimiento de masas en favor del progreso.
Wallerstein contaba además con la historia como guía. En los dos primeros antecedentes de hegemonía en la economía-mundo capitalista —el holandés y el británico—, el declive hegemónico fue seguido, a la larga, por una marcha hacia el bienestar y la igualdad. ¿Por qué tendría que ser Estados Unidos la excepción?
Sin embargo, Wallerstein también dejaba abierta la rendija del neofascismo. Si el fin de la Guerra Fría significaba el fin del dominio estadounidense sobre dos tercios del globo, también implicaba el fin del liberalismo centrista como garante cultural de la economía-mundo capitalista. Desde las revoluciones de 1848, al menos, el liberalismo centrista había sido la fuerza de gravedad que mantenía a raya tanto a la izquierda radical como a la derecha conservadora.
El liberalismo centrista prometía la efectivización de los derechos democráticos y el bienestar económico, no de manera inmediata para todos los pueblos, sino mediante un proceso gradual y ordenado administrado por el Estado a lo largo de generaciones. El liberalismo centrista, como señaló Wallerstein en su libro El moderno sistema mundial IV, fue utilizado por «los fuertes [para] atenuar el descontento de los débiles». Las figuras e instituciones poderosas atenuaban el descontento de las masas desposeídas, así como los Estados fuertes atenuaban el descontento de los Estados débiles.
Sin embargo, la ventaja económica de Estados Unidos trastabilló a medida que el Sur Global comenzó a impugnar la estructura de poder de Yalta. Tras el colapso de uno de sus actores principales, la Unión Soviética, las masas y los Estados débiles demostraron no ser tan débiles después de todo. Ante ese escenario, para Wallerstein, «los conservadores volverían a ser conservadores, y los radicales, radicales. Los liberales centristas no desaparecieron, pero vieron recortado su peso». Las posibilidades ideológicas quedaban de pronto abiertas.
Tras la Guerra Fría, Wallerstein percibió un gran potencial para que el declive de la hegemonía estadounidense estuviera acompañado de una redistribución económica interna. Diez años más tarde, aquel movimiento radical no se había materializado, mientras que los halcones conservadores se hallaban firmemente entronizados en el poder. Buscaban hacer alarde de su músculo militar porque, según su lógica, «si Washington no ejerce la fuerza, Estados Unidos quedará cada vez más marginado». Wallerstein, no obstante, advirtió que sus acciones provocaban el efecto contrario. Inevitable como era el declive, la agresiva política exterior del gobierno de Bush «solo contribuirá a la decadencia de Estados Unidos, transformando un descenso gradual en una caída mucho más rápida y turbulenta».
En retrospectiva, el ensayo de 2002 y la aparición televisiva de Wallerstein constituyeron un intento por desviar a Estados Unidos de esa trayectoria. Evidentemente, había abandonado la esperanza de un movimiento socialdemócrata y reorientaba su atención hacia el propio poder hegemónico en descomposición. En el verano de 2002, más de seis de cada diez estadounidenses respaldaban la apertura de un segundo frente bélico en Irak. La posición de Wallerstein era la de un sector crítico, impopular pero persistente. Ante semejantes cuestionamientos, el presidente Bush se limitaba a señalar que la historia juzgaría sus actos.
Hoy resulta evidente que los halcones no lograron preservar la hegemonía estadounidense ni remodelar el mundo a la medida de los intereses de Washington. ¿Qué ha ocurrido entre aquel momento y el presente?
Declive y negación
El siglo XXI no ha empezado bien para Estados Unidos. La dirigencia estadounidense se ha empecinado en recuperar la hegemonía perdida. A medida que el poder económico de Estados Unidos disminuye en comparación con el resto del mundo, Washington ha utilizado su ejército para hacer gala de fuerza e imponer sus objetivos políticos. De hecho, Estados Unidos ha emprendido más intervenciones militares desde 1991 que entre 1798 y 1990. Esta opción constituye la estrategia clásica de un hegemón en decadencia sumido en la negación: consciente de su caída, pero incapaz de ver que su mejor opción viable era la gestión adecuada del descenso.
Estados Unidos no ha logrado un mundo más pacífico ni más próspero, ni ha mejorado la situación de las naciones que invadió. En Universalismo europeo: la retórica del poder (2006), Wallerstein cuestionó la lógica del intervencionismo. La potencia invasora rara vez mejora la situación del lugar invadido en comparación con lo que habría sido de no haber intervenido, conclusión confirmada por las aventuras militares de Estados Unidos a lo largo y ancho del Medio Oriente.
El veredicto de Wallerstein de 2002 podría haber sido escrito este mismo año (o esta misma semana). Escribió que Estados Unidos se encuentra como «una superpotencia solitaria que carece de poder verdadero, un líder mundial al que nadie sigue y al que pocos respetan, y una nación que va a la deriva peligrosamente en medio de un caos global que no puede controlar». La reacción de la generación del 68 que él describió provino tanto del Sur Global no alineado como de las masas descontentas en su propio país. En el siglo XXI, la concatenación que comenzó a nivel del sistema-mundo se trasladó rápidamente a la política interna estadounidense y luego volvió a extenderse hacia afuera.
El fin de la Guerra Fría desligó al radicalismo y al conservadurismo del liberalismo centrista. Los efectos fueron drásticos. Décadas de consenso neoliberal fueron desafiadas por figuras como Donald Trump y Bernie Sanders. Cuando Trump asumió la presidencia —primero en 2017 y nuevamente en 2025— lo hizo como crítico del orden liberal de Estados Unidos.
Sin embargo, el lema «Estados Unidos primero» no ha dado lugar a la reactivación de la producción nacional, a la mejora del bienestar social ni a la protección de la clase trabajadora. Por el contrario, el trumpismo se caracteriza por una corrupción masiva y descarada (tanto en el país como en el extranjero), el militarismo en el exterior y políticas internas de deportación masiva. Estados Unidos ha seguido ampliando sus compromisos militares y su gasto militar, pero sin un compromiso con el bienestar social interno. Mientras tanto, el optimismo de la población estadounidense respecto al futuro ha disminuido en general desde 2013.
En resumen, Estados Unidos ha elegido el camino neofascista que Wallerstein consideró inicialmente como el menos probable: conflicto social, brutalidad y prejuicios. Los miembros de los estratos superiores han buscado aferrarse a sus notables privilegios y beneficios. En consecuencia, la población estadounidense lleva vidas más precarias, viviendo al día, con menos protecciones contra los riesgos de la enfermedad, la vejez y la inestabilidad laboral.
En 2026, la guerra de Estados Unidos en Irán resume dos tendencias del declive hegemónico estadounidense. Una es la incapacidad de Estados Unidos para imponer su voluntad a pesar de contar con un ejército extremadamente poderoso. La otra es el descontento de la población estadounidense ante un nivel de vida reducido y una clase dirigente en la que ya no confía. Esos sentimientos de descontento, como señaló Wallerstein, pueden ser poderosos catalizadores de la acción política. Washington podría verse sorprendido una vez más por acontecimientos caóticos, tanto a nivel global como interno, que no puede controlar.
