LA REFORMA LABORAL ARGENTINA

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La reforma laboral argentina como dispositivo sacrificial: Alianzas políticas, complicidades parlamentarias y la irrupción de las exterioridades múltiples

Un análisis desde la crítica al modelo de acumulación vigente

Por Eduardo Rueda

Resumen

El presente ensayo analiza la reforma laboral sancionada por el Congreso argentino en febrero de 2026, conocida como «Ley de Modernización Laboral», a partir de una clave de lectura que trasciende el análisis jurídico o economicista. Se propone aquí comprender dicha reforma como un dispositivo sacrificial: un mecanismo que, en nombre del crecimiento económico y la competitividad, exige a los sectores populares la ofrenda de su tiempo, su estabilidad y sus derechos fundamentales. El texto examina no solo el contenido de la ley, sino la constelación política que la hizo posible, incluyendo el rol del oficialismo, sus aliados tradicionales y, centralmente, los sectores de la oposición peronista y radical que, mediante su silencio, abstención o negociación pragmática, actuaron como escribanos de esta operación. Finalmente, se aborda la emergencia de un sujeto de resistencia plural y diverso —trabajadores ocupados y desocupados, jubilados, personas con discapacidad, juventudes precarizadas y movimientos juveniles, comunidad educativa y universitaria, movimientos de derechos humanos, feminismos populares, activismos territoriales— que, desde sus respectivas posiciones de exterioridad respecto del sistema, interpelan la «totalidad» del poder constituido y anuncian la posibilidad de un orden otro.

Introducción: más allá de la «modernización»

Lo que la narrativa oficial denomina «modernización laboral» constituye, a poco que se rasque la superficie del discurso, una operación de signo opuesto. Lejos de actualizar las relaciones laborales para adecuarlas a las necesidades del siglo XXI, la ley sancionada en febrero de 2026 profundiza tendencias regresivas que habían sido resistidas por el movimiento obrero argentino a lo largo de décadas. No se trata, entonces, de un mero ajuste normativo, sino de una reconfiguración del vínculo entre capital y trabajo que coloca a la clase trabajadora en una posición de mayor vulnerabilidad.

Para abordar este fenómeno en toda su complejidad, resulta insuficiente el análisis que se limita a denunciar el contenido de la ley o a medir su impacto en términos de costos laborales. Se impone una lectura que dé cuenta de las dimensiones ética y política del proceso: ¿qué concepción del ser humano subyace a esta normativa? ¿Qué lugar ocupan, en el imaginario del poder, aquellos que no logran insertarse en el mercado formal de trabajo o que, por su edad, su condición de salud, su historia de militancia, su situación educativa o su posición social, quedan al margen de la producción? ¿Qué tipo de alianzas políticas hicieron posible su sanción? ¿Quiénes son, en concreto, los responsables? Y, fundamentalmente, ¿qué sujetos sociales emergen para disputar esta nueva configuración del poder?

La lógica sacrificial en el centro del modelo

Detrás de los artículos de la ley es posible identificar una matriz de pensamiento que, aunque rara vez se explicita en los discursos oficiales, opera como sustrato profundo de las decisiones políticas. Se trata de la idea de que el crecimiento económico, la atracción de inversiones y la estabilidad macroeconómica requieren de un sacrificio, y que ese sacrificio debe ser asumido por quienes ocupan los lugares subalternos en la estructura social.

Esta lógica no es nueva. Atraviesa la historia del capitalismo periférico bajo la forma de sucesivos «ajustes» que recaen sistemáticamente sobre los sectores populares. Pero en el caso de la reforma argentina adquiere contornos particularmente nítidos:

– El banco de horas no es sino la expropiación del tiempo de vida del trabajador, que deja de ser dueño de sus horas para ponerlas a disposición de las necesidades del capital. La «flexibilidad» opera aquí como coartada para una nueva forma de servidumbre temporal.

– La modificación del régimen indemnizatorio, al excluir el aguinaldo y otros ítems de la base de cálculo, produce un efecto simbólico tan relevante como el material: el trabajador, al ser despedido, vale menos. Su persona es cuantificada como un costo que debe minimizarse.

– Las restricciones al derecho de huelga constituyen el punto más sensible del dispositivo. Al exigir servicios mínimos del 75% en actividades declaradas esenciales, se vacía de contenido la principal herramienta de presión con que cuentan los trabajadores cuando los canales institucionales se muestran clausurados. La huelga es la voz del que no tiene otra voz; silenciarla es amputar la posibilidad misma de la protesta.

Estos tres movimientos configuran lo que podemos denominar, siguiendo una tradición de pensamiento crítico latinoamericano, un dispositivo sacrificial: se le pide al trabajador que ofrende su tiempo, su estabilidad y su capacidad de protesta en el altar de la competitividad y el «orden macroeconómico». El sacrificio, lejos de ser un residuo arcaico, se revela como mecanismo central de la acumulación contemporánea.

Este dispositivo no afecta únicamente a quienes tienen un empleo registrado. Sus efectos se extienden, como un tendedero sobre el conjunto del campo popular, alcanzando también a aquellos que el sistema ya ha expulsado o nunca llegó a incorporar, incluyendo a las nuevas generaciones que intentan abrirse paso en un mercado laboral cada vez más hostil y a las instituciones educativas que deberían formar sujetos críticos y terminan siendo también víctimas del ajuste.

La constelación política del sacrificio: oficialismo, aliados y cómplices

Ninguna reforma de esta envergadura sería posible sin una correlación de fuerzas que la sustente. En este caso, el arco de actores que hicieron viable la sanción de la ley excede largamente los límites del oficialismo libertario.

El núcleo duro: oficialismo y aliados estratégicos

La Libertad Avanza, el PRO y sectores mayoritarios de la UCR conformaron el bloque principal que votó afirmativamente la reforma. Se trata de una coalición que, más allá de sus diferencias discursivas en otros terrenos, exhibe una notable cohesión a la hora de avanzar sobre los derechos laborales. La UCR, que en otras coyunturas históricas mostró matices en materia de política laboral, se sumó sin fisuras a esta operación, confirmando una deriva hacia posiciones que poco tienen que ver con el legado del reformismo universitario o las banderas del yrigoyenismo.

Los gobernadores peronistas y la política del silencio

Más complejo resulta el análisis del rol jugado por sectores del peronismo, particularmente aquellos que ocupan gobernaciones y dependen de la coparticipación federal para sostener sus administraciones. Urgidos por la falta de fondos y la necesidad de mantener relaciones fluidas con la Casa Rosada, varios mandatarios provinciales optaron por una estrategia de silencio cómplice que, en los hechos, allanó el camino para la sanción de la ley. Los que no votaron a favor, tampoco movilizaron sus estructuras políticas para impedirla. No confrontaron, pero tampoco ofrecieron resistencia.

Este fenómeno merece un análisis detenido. Históricamente el peronismo tuvo su anclaje en el mundo del trabajo y su capacidad de traducir las demandas de los sectores populares en políticas de Estado. El hecho de que, décadas después en distintas instancias, dirigentes que se reclaman herederos de esa tradición negocien el silencio a cambio de partidas presupuestarias no es un mero accidente de la coyuntura. Es el síntoma de una transformación más profunda: la conversión de amplios sectores de la dirigencia política en gestores administrativos que han perdido todo vínculo orgánico con las bases sociales que dicen representar.

El radicalismo territorial y la abstención como complicidad

Algo similar cabe señalar respecto de intendentes y legisladores radicales del interior, que enfrentaron la disyuntiva entre defender los derechos de sus representados o mantener buenas relaciones con un gobierno del que esperan recursos. En su mayoría, optaron por lo segundo. La abstención, el ausentismo deliberado o la simple omisión de pronunciamiento público constituyeron formas de colaboración pasiva con el proyecto oficial.

Las exterioridades múltiples: quiénes son los que quedan fuera de la totalidad

Frente a esta totalidad que se cierra —oficialismo que avanza, oposición que negocia, dirigencia que calla— emerge, una vez más, la exterioridad. Ese lugar de los que no fueron invitados a la mesa de negociación, de los que no tienen voz en los despachos donde se deciden las reglas del juego, pero que con su sola existencia interpelan el orden constituido.

Ahora bien, esa exterioridad no es homogénea. Está compuesta por una multiplicidad de sujetos que, desde diferentes experiencias de opresión y marginación, confluyen en el rechazo a un modelo que los niega, los invisibiliza o los condena a la mera supervivencia.

Los trabajadores desocupados

Constituyen quizás la figura más visible de la exterioridad en el capitalismo contemporáneo. Al no tener lugar en el circuito de la producción formal, son doblemente negados: ni siquiera alcanzan el estatus de explotados, sino que permanecen en ese limbo de la «población sobrante» que el sistema no sabe cómo gestionar. Las organizaciones de desocupados, que en Argentina tienen una larga historia de lucha que se remonta a los piquetes de los años ’90, se hicieron presentes en las movilizaciones contra la reforma. Su consigna es clara: no luchan solo por un trabajo, sino por el reconocimiento de su dignidad como personas en un orden que los trata como desechos.

Los jubilados

Figura central de la exterioridad en una sociedad que idolatra la productividad. Los jubilados son aquellos que ya dieron su tiempo, su fuerza, su vida, al servicio de la producción. Y la respuesta del sistema es, sistemáticamente, el ajuste: las jubilaciones como variable de ajuste, los medicamentos fuera del alcance, la exclusión del acceso a bienes y servicios básicos.

En las marchas contra la reforma laboral, las columnas de jubilados se hicieron notar, recordando que la precarización de los que trabajan hoy es la condena a la indigencia de los que dejarán de trabajar mañana. Su presencia interpela: no se trata solo de defender derechos laborales, sino de sostener un pacto intergeneracional de solidaridad que el capital pretende romper.

Las personas con discapacidad

Constituyen quizás la exterioridad más radical: aquellos que el sistema productivo directamente no sabe cómo nombrar, porque no encajan en la categoría de «trabajador productivo» ni en la de «consumidor». La reforma laboral, al profundizar la lógica de la competitividad y la rentabilidad, expulsa aún más a quienes requieren condiciones especiales, tiempos diferentes, apoyos específicos. Las organizaciones de personas con discapacidad y sus familias levantaron su voz en esta lucha, señalando que un modelo que sacrifica a los trabajadores «normales» termina por hacer imposible la vida de quienes ya parten de una situación de mayor vulnerabilidad.

Los marginados del sistema: villeros, cartoneros, trabajadores de la economía popular

Son los que habitan los bordes, los que viven en las villas, los que cartonean, los que sostienen la economía del rebusque. Para el discurso oficial, son «invisibles» o, en el mejor de los casos, «problemas de seguridad». Sin embargo, fueron protagonistas centrales de las resistencias. Las organizaciones sociales, los movimientos de trabajadores populares, las cooperativas de cartoneros, se sumaron a las marchas y los acampes. Ellos saben, por experiencia propia, que la «flexibilización» que hoy afecta a los trabajadores formales es la condición permanente de su existencia. Y saben también que la única respuesta posible es la organización colectiva.

La juventud: precarización, espera y protagonismo

La juventud argentina constituye una de las exterioridades más complejas y dinámicas. Por un lado, es el sector que más directamente padece las consecuencias de la precarización laboral: tasas de desempleo que duplican el promedio general, contratos temporales, pasantías encubiertas, trabajo no registrado, ausencia de aportes jubilatorios que hipoteca su futuro. La reforma laboral, al profundizar la flexibilización y abaratar el despido, cierra aún más las puertas a quienes intentan dar sus primeros pasos en el mundo del trabajo.

Pero la juventud no es solo víctima pasiva. Es, también, protagonista de las resistencias. Los movimientos juveniles, desde las organizaciones secundarias hasta las agrupaciones universitarias, pasando por los colectivos culturales y territoriales, se hicieron presentes en las movilizaciones contra la reforma. Los centros de estudiantes, las federaciones universitarias como la FUBA y la FUA, los movimientos juveniles de los barrios populares, aportaron su energía, su creatividad y su capacidad de convocatoria.

La juventud aporta también una perspectiva generacional que interpela al conjunto de la resistencia. Su grito no es solo por trabajo digno, sino por un futuro posible. En un contexto donde el discurso dominante les dice que «no hay futuro», que deben conformarse con la precariedad, que emigrar es la única opción, los jóvenes que se movilizan están diciendo: «Acá estamos, acá nos quedamos, y acá vamos a pelear por una vida digna». Su presencia en las calles, junto a los trabajadores, los jubilados, los desocupados, es la afirmación de que la lucha por el presente es también lucha por el porvenir.

La educación y la universidad pública: territorios de exterioridad y formación crítica

El sistema educativo, y particularmente la universidad pública, constituye un espacio de exterioridad de características especiales. Por un lado, es uno de los blancos privilegiados del ajuste: recortes presupuestarios, despidos de docentes y no docentes, becas estudiantiles que no alcanzan, infraestructura que se degrada. La reforma laboral, al precarizar las condiciones de los trabajadores, afecta también a los docentes y no docentes universitarios, y cierra las puertas a los jóvenes que ven en la educación superior la única vía de movilidad social.

Pero la universidad pública es también, y fundamentalmente, un territorio de resistencia y formación de conciencia crítica. Las aulas, los pasillos, los centros de estudiantes, las asambleas, son espacios donde se gesta el pensamiento que interpela al poder. Allí se discute, se analiza, se debate. Allí se forman los cuadros que luego engrosarán las filas de los movimientos sociales, los sindicatos, las organizaciones políticas populares.

La universidad pública argentina tiene una historia de lucha que la hermana con los trabajadores y los sectores populares. Desde la Reforma Universitaria de 1918, pasando por la resistencia a las dictaduras, el «No al arancel» en los ’90, las tomas contra el ajuste en los 2000, hasta las movilizaciones actuales contra la reforma laboral, la universidad ha sido un actor central en la defensa de los derechos y la construcción de alternativas.

En las marchas contra la reforma, las presencia universitarias se hicieron notar. Los estudiantes, los docentes, los no docentes, los graduados, salieron a la calle a defender no solo sus condiciones de trabajo y estudio, sino el derecho de las mayorías populares a acceder al conocimiento. Porque la universidad pública no es un privilegio, sino un derecho. Y ese derecho, hoy, también está en riesgo.

Los movimientos de derechos humanos y la memoria de los 30.000 desaparecidos

Constituyen una exterioridad de orden particular, porque su lucha no se agota en demandas materiales inmediatas, sino que interpela al poder desde el lugar de la memoria y la verdad. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, los organismos de derechos humanos, los militantes que sostienen la bandera de «Nunca Más», recuerdan que la lógica sacrificial tuvo en Argentina una expresión extrema: los 30.000 desaparecidos fueron la ofrenda máxima exigida por el capital en su alianza con el terrorismo de Estado.

Su presencia en las movilizaciones contra la reforma laboral no es un gesto simbólico, sino una advertencia: el desprecio por la vida, la dignidad y los derechos que hoy se expresa en la flexibilización laboral es la misma matriz que, llevada al extremo, produjo el horror. La memoria de los desaparecidos es, así, un recordatorio de lo que puede ocurrir cuando la razón sacrificial se vuelve hegemónica. Y es también una fuente de legitimidad y fortaleza para quienes hoy resisten: si ellos pudieron sostener la lucha en las condiciones más adversas, nosotros también podemos.

El movimiento de mujeres y disidencias

El feminismo popular, que en la última década ha protagonizado algunas de las movilizaciones más multitudinarias de la historia argentina, encontró en esta lucha un punto de articulación con las demandas laborales. No se trata de una novedad: el feminismo popular viene señalando desde hace años la especificidad de la explotación que recae sobre las trabajadoras, precarizadas en mayor medida y sometidas a formas particulares de violencia en el ámbito laboral. El «Ni Una Menos» no es solo un grito contra el femicidio; es también una denuncia de las condiciones materiales que hacen posible la violencia patriarcal, entre las cuales la precariedad laboral ocupa un lugar central. Las trabajadoras de casas particulares, las trabajadoras de la economía popular, las que sostienen las ollas populares en los barrios, las estudiantes, las docentes, las investigadoras, fueron protagonistas de esta lucha.

Los activismos socioambientales

Los movimientos que en Argentina han dado batallas emblemáticas contra la megaminería a cielo abierto, el fracking, el agronegocio y el desmonte, también se hicieron presentes en las calles. No es casual: la misma lógica que sacrifica a los trabajadores en el altar de la competitividad es la que sacrifica territorios, comunidades y bienes comunes en el altar de la renta extractiva. La defensa del trabajo digno y la defensa de la tierra no son luchas separadas, sino expresiones de un mismo conflicto entre la vida y el capital. Las asambleas socioambientales, las uniones de asambleas ciudadanas, los movimientos de campesinos e indígenas, aportaron su experiencia de resistencia a esta batalla. Y junto a ellos, las juventudes que se forman en estas luchas, que aprenden en los territorios la importancia de defender lo común.

La unidad en la diversidad: hacia un sujeto popular plural

Lo notable del proceso de resistencia a la reforma laboral fue la capacidad de estos diversos sujetos de reconocerse mutuamente como parte de una misma lucha. No se trató de una movilización puramente sindical, ni de una marcha exclusivamente feminista, ni de una protesta sectorial de desocupados. Fue, en cambio, un encuentro de exterioridades, una confluencia de aquellos a quienes el sistema niega, explota o invisibiliza.

Este encuentro no borra las diferencias. Las trabajadoras feministas no dejaron de señalar el patriarcado que también atraviesa a las estructuras sindicales. Los activismos territoriales no dejaron de denunciar el extractivismo que también practican ciertas empresas «amigas» de los sindicatos. Las personas con discapacidad no dejaron de reclamar accesibilidad en las propias marchas. Los jóvenes señalaron la necesidad de que las organizaciones tradicionales escuchen sus demandas específicas y renueven sus prácticas. Los universitarios aportaron su capacidad de análisis y su formación crítica, pero también aprendieron de la experiencia de los trabajadores y los movimientos territoriales. Los organismos de derechos humanos recordaron que la lucha por la memoria es también lucha contra el olvido de las víctimas del ajuste.

Pero todas estas diferencias, lejos de debilitar la lucha, la enriquecieron. Porque lo que se fue configurando es la imagen de un sujeto popular plural, capaz de articular demandas diversas sin reducirlas a una única fórmula. Un sujeto que reconoce que la opresión tiene múltiples rostros y que, por lo tanto, la liberación debe ser también múltiple.

Desde la perspectiva del pensamiento crítico latinoamericano, esta pluralidad no es un defecto sino una virtud. La exterioridad no es un lugar homogéneo, sino un espacio de múltiples entradas, habitado por sujetos que tienen en común su negación por parte de la totalidad dominante, pero que afirman, cada uno a su manera, su derecho a existir, a ser reconocidos, a vivir con dignidad.

A modo de conclusión: pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad

La reforma laboral está sancionada. Vendrán ahora los amparos judiciales, las presentaciones ante organismos internacionales, la larga batalla por su aplicación o su impugnación. El análisis de la correlación de fuerzas, la constatación de las alianzas que hicieron posible esta ley, la identificación de los cómplices que negociaron su silencio, todo ello invita al pesimismo de la razón. Porque la razón, cuando mira sin concesiones la realidad, no puede sino constatar la magnitud de la derrota parcial que implica esta reforma, la profundidad del dispositivo sacrificial que se instala, la solidez de la totalidad que se cierra sobre los sectores populares.

Pero el pensamiento crítico no se detiene en el diagnóstico. Porque junto al pesimismo de la razón, emerge necesario el optimismo de la voluntad. Ese optimismo no es una ilusión ingenua, ni una confianza mecánica en que «todo va a salir bien». Es, por el contrario, la afirmación de que la voluntad colectiva, la organización, la resistencia, pueden torcer el rumbo de la historia. Es la certeza de que los sujetos populares, en su diversidad y su pluralidad, tienen la capacidad de construir nuevas correlaciones de fuerza, de disputar la hegemonía, de abrir brechas en la totalidad que hoy parece invencible.

El optimismo de la voluntad se alimenta de la memoria. De la memoria de los 30.000 desaparecidos, que nos recuerda que hubo quienes dieron su vida por un mundo más justo y que su lucha no fue en vano. De la memoria de las Madres, que convirtieron el dolor en organización y la organización en victoria. De la memoria de los piqueteros, que en los ’90 resistieron el ajuste y mantuvieron viva la dignidad de los excluidos. De la memoria de las feministas, que con su grito «Ni Una Menos» sacudieron los cimientos de la sociedad patriarcal. De la memoria de las asambleas socioambientales, que dijeron «No a la Mina» y defendieron el territorio como casa común. De la memoria de los estudiantes y docentes que a lo largo de la historia defendieron la universidad pública y el derecho al conocimiento. De la memoria de los jóvenes que, una y otra vez, se paran frente al poder y dicen «presente».

El optimismo de la voluntad se sostiene en las calles, en las marchas, en los acampes, en las ollas populares, en las asambleas barriales, en los sindicatos que no se rinden, en las organizaciones de desocupados que no se resignan, en los jubilados que siguen luchando, en las personas con discapacidad que reclaman su lugar, en los movimientos de derechos humanos que mantienen viva la memoria, en las universidades que forman conciencia crítica, en los jóvenes que sueñan y pelean por un futuro digno.

Por eso, compañeros, compañeras, no se trata de elegir entre el pesimismo y el optimismo. Se trata de sostener ambos simultáneamente: la lucidez para analizar la realidad sin concesiones, y la voluntad para transformarla sin claudicar. La razón nos muestra la dureza del camino. La voluntad nos impulsa a recorrerlo.

La reforma laboral está sancionada. Pero la lucha, esa que comenzó mucho antes de esta ley y que continuará mucho después, recién empieza. Porque los de abajo, los de la exterioridad, los que el sistema niega y explota, tienen una verdad que el poder no puede callar: sin ellos, sin su trabajo, sin su memoria, sin su resistencia, sin su conocimiento, sin su juventud, no hay país posible.

Como enseña la sabiduría popular, que tanto sabe de luchas y de esperas: «Pesimismo por la inteligencia, optimismo por la voluntad». Y en esa tensión, en ese equilibrio inestable, se juega la posibilidad de un futuro distinto.

Nunca Más!

Ni Una Menos!

Por una educación pública y gratuita!

Por un futuro para la juventud!

Hasta la victoria siempre!

Nota metodológica

El presente ensayo se inscribe en una tradición de pensamiento crítico latinoamericano que, desde Enrique Dussel hasta los desarrollos más recientes de la filosofía intercultural y los estudios decoloniales, ha puesto el acento en la categoría de «víctima» como lugar epistemológico privilegiado para el análisis social. No se trata, por supuesto, de postular una mirada compasiva o paternalista sobre los sectores populares, sino de reconocer que es desde la experiencia del sufrimiento evitable —la explotación, la precarización, la exclusión, la violencia patriarcal, el despojo territorial, la discapacitación socialmente producida, la marginación generacional, el ataque a la educación pública, el terrorismo de Estado y su memoria— desde donde emerge la posibilidad de una crítica radical al orden establecido.

Las categorías de totalidad y exterioridad, utilizadas a lo largo del texto, remiten a esta tradición y buscan aportar a la comprensión de un fenómeno que excede largamente los límites de la coyuntura argentina. La noción de exterioridades múltiples pretende dar cuenta de la diversidad de posiciones desde las cuales se experimenta la negación sistémica, sin por ello renunciar a la búsqueda de articulaciones y encuentros entre ellas. El cierre con la dialéctica gramsciana entre pesimismo de la razón y optimismo de la voluntad busca tender un puente entre la tradición crítica europea y las luchas populares latinoamericanas, recordando que el pensamiento no es un fin en sí mismo, sino una herramienta al servicio de la transformación.

2026-02-20