
Traducción: Pedro Perucca
La elección presidencial de Brasil está al filo de la navaja. El derechista Flávio Bolsonaro tiene a su favor poderosos intereses, pero también cuenta con la ayuda de la administración Trump para cruzar la línea de llegada.
Mientras Brasil se encamina hacia la primera vuelta de la elección presidencial del domingo, la contienda está al filo de la navaja. Las encuestas muestran al presidente de izquierda Luiz Inácio Lula da Silva codo a codo con el ultraconservador Flávio Bolsonaro, el mayor de la camada de su encarcelado padre.
Jair Bolsonaro fue derrotado en 2022, al igual que el intento de golpe posterior que derivó en su condena penal (actualmente cumple arresto domiciliario). Aun así, el bolsonarismo siguió siendo una fuerza poderosa. En comparación con el alto dramatismo de hace cuatro años, esta campaña por momentos ha parecido más apagada, en parte porque la mayoría de los demás candidatos ofrece, en esencia, versiones más aburridas y debilitadas del bolsonarismo.
Y, sin embargo, lo que está en juego no podría ser más importante. No solo que la democracia brasileña vuelve a estar en la cuerda floja, sino que la región en su conjunto está cada vez más sometida a líderes autoritarios de derecha subyugados por Donald Trump y Marco Rubio. Brasil es por ahora una excepción, junto con México; es decir, las dos mayores economías y los dos países más poblados de América Latina.
Si Brasil sigue la reciente tendencia de derecha, el futuro de la región es sombrío. La intervención de EE. UU. a favor de Flávio Bolsonaro ha sido descarada; la agencia nacional de inteligencia de Brasil, la ABIN, ha presentado pruebas de una intervención que va «desde el lawfare hasta una injerencia abiertamente reconocida». No es el único factor, pero se está haciendo sentir.
Lula 3.0
Si bien el tercer paso de Lula por el gobierno ha ofrecido una sensación de normalidad y ganancias económicas para la clase trabajadora de Brasil, su agenda ha quedado maniatada por el Congreso más derechista de la historia brasileña. Lo han frenado tres fuerzas principales: los llamados lobbies de la Biblia (evangélico), el Buey (agronegocio) y la Bala (militar/policial).
El tercer mandato de Lula ha tenido sus logros, incluyendo aumentos del salario mínimo por encima de la inflación, un crecimiento saludable y una seguridad social en expansión, además de niveles de desempleo históricamente bajos. Pero no ha tenido una única gran victoria política del tipo que lo llevó a dejar el cargo en 2010 con una aprobación superior al 80 por ciento. Aunque, técnicamente, la mayoría de los brasileños está mejor que hace cuatro años, el costo de vida es más alto, al igual que los niveles de endeudamiento; cuatro quintos de las familias brasileñas están endeudadas, en parte impulsadas por el cáncer social de las apuestas en línea. Los empleos son cada vez más precarios y la seguridad pública sigue siendo un drama clave; aunque el delito violento ha disminuido, el robo desenfrenado de teléfonos y los niveles extraordinariamente altos de estafas en línea hacen del delito una preocupación cotidiana para millones de personas.
Después de que Jair Bolsonaro fuera condenado y sentenciado a veintisiete años de prisión, junto con varios aliados importantes, parecía que el liderazgo de la derecha brasileña estaba abierto a quien quisiera tomarlo. Sin embargo, el poder del bolsonarismo quedó claro apenas Flávio anunció que se presentaba. Todos los demás contendientes importantes, como el gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, quedaron fuera de la ecuación. Flávio también bloqueó la posible candidatura de su madrastra Michelle, que ha construido una amplia base evangélica, especialmente femenina; ella ofreció un respaldo tibio solo después de disputas públicas con su hijastro.
Incluso para los observadores experimentados de Brasil, ha sido difícil asimilar la posibilidad de que este país elija pronto a su versión de Jackie Aprile Junior (de Los Soprano), cuyo principal objetivo es liberar a su padre. Aun así, Flávio, apodado «01» por Jair, un típico político carioca vinculado a la mafia, se ha presentado como más moderado que su padre y es además el relativamente normal del clan Bolsonaro. Es más normal, al menos, en comparación con su desquiciado hermano troll Carlos («02»), candidato al Senado que casualmente lleva tatuado en el brazo el rostro de su padre; o con el excongresista autoexiliado Eduardo («03») quien, tras perder su banca por ausencias prolongadas, ha estado haciendo lobby desde Texas para que Trump le imponga sanciones a Brasil.
Esta es una elección que quizá se defina mejor por la «polarización apática», para usar la expresión de Brian Winter, en la que las políticas o la visión de futuro son secundarias frente a un rechazo pasivo hacia los candidatos. En el campo de la derecha, esto significa especialmente un extendido sentimiento anti Partido de los Trabajadores (PT), conocido como antipetismo, en el que se culpa al partido de Lula de todos los males de Brasil e incluso de los problemas personales de los votantes de derecha.
Parafraseando a Celso Rocha de Barros, uno de los principales intelectuales públicos de Brasil: Flávio es un testaferro de diversos intereses siniestros: el lobby del juego, los estafadores bancarios, la Miami imperial, el crimen organizado y los estafadores de la seguridad social. Su programa consiste sobre todo en lugares comunes de mano dura, como la castración química para violadores —algo levemente complicado por el hecho de que su compañero de fórmula ha sido acusado de violar a una menor— y la construcción de cinco megacárceles. Sin embargo, su programa real consiste básicamente en entregarle a Trump y a Rubio los minerales críticos y la soberanía de Brasil para liberar a su padre.
La campaña de Lula ha ganado algo de impulso en las etapas finales. Una jugada inteligente fue prohibir las aplicaciones de apuestas deportivas y casinos en línea, en gran medida desreguladas y altamente explotadoras, inspiradas en los juegos de celular llamados tigrinho y conocidas coloquialmente como «bets». El juego fue legalizado bajo Bolsonaro y ha tenido un efecto devastador en la vida de la clase trabajadora; su ministro de Economía, ex Chicago Boy, Paulo Guedes, dijo célebremente en una reunión de gabinete donde se decidía la medida: «Que todos se jodan». Lula también busca cambiar el régimen laboral del país de «6 x 1» (seis días de trabajo, uno de descanso) a un fin de semana de dos días.
El hecho de que esta elección siga siendo una moneda al aire se debe en parte a un patrón conocido de frustración con el oficialismo. Aun así, eso no explica cómo Flávio tiene una posibilidad real de victoria, dada su propia falta de atractivo personal, su conexión con casi todos los escándalos de corrupción y grupos del crimen organizado de Brasil, así como el hecho de que su padre está preso por un intento de golpe, sin mencionar la desastrosa respuesta del gobierno bolsonarista anterior frente al COVID, que contribuyó activamente a una cifra de muertos que superó los setecientos mil. Algo más profundo y más paradigmático está ocurriendo, que refleja la fragmentación de la sociedad brasileña bajo el neoliberalismo tardío y los efectos destructivos de la economía de la atención.
Como lo plantea Rodrigo Nunes, autor de un nuevo tour de force sobre la derecha global, en una reciente entrevista con la revista Equator, en Brasil vemos tanto una «hiperindividualización de la política como el privilegio de la participación en línea sobre la organización fuera de línea. Esto moldea profundamente la forma en que se organiza la mayor parte de la extrema derecha contemporánea: como una suerte de esquema piramidal cuyos bloques de construcción son los “emprendedores políticos”: personas que, desde una posición de prominencia en los medios sociales o tradicionales, producen contenido que acumula a la vez capital atencional, social y político».
Aun así, si bien esto refleja cambios profundos en la sociedad brasileña, también hay una fuerza más tosca en acción: la interferencia de EE. UU.
El papel de Trump
Como escribe Piero Locatelli, este es un país donde los empresarios «admiten en podcasts que forman parte de redes estadounidenses que trabajan con campañas brasileñas», también porque «empresas vinculadas a Donald Trump Jr. (así como a J. D. Vance) invierten aquí en la extracción de minerales de tierras raras».
Naturalmente, para los analistas —en Brasil y a nivel internacional— condicionados a considerar las denuncias de intervención estadounidense como vulgares o conspirativas, ha sido difícil procesar la realidad y la significación de la injerencia y las operaciones oscuras en esta elección. Incluso la mayoría de los izquierdistas tiende a señalar la importancia de los factores materiales antes que las travesuras de la CIA. Aun así, en una elección con márgenes tan estrechos, la intervención de EE. UU. realmente puede ser decisiva, como ya hemos visto en Perú, Colombia y Honduras, donde los derechistas ganaron con menos de un 1 por ciento de ventaja.
Ahora incluso The New York Times denuncia la interferencia electoral de EE. UU. La semana pasada, treinta miembros del Congreso, entre ellos Bernie Sanders, escribieron una carta en la que declaraban que, «en lugar de ayudar a defender la democracia brasileña», Estados Unidos estaba «actuando como un agente de interferencia y desestabilización, utilizando presión diplomática, económica y política de maneras que arriesgan debilitar las instituciones democráticas del país» e incluso perjudicar a un aliado estratégico de EE. UU. Esta semana, los senadores demócratas Jeanne Shaheen, Tim Kaine y Peter Welch le preguntaron a Rubio si la administración reconocerá los resultados de la elección en caso de que no salgan como quiere Flávio. Rubio, como era previsible, aún no ha respondido.
Algunas de estas medidas son abiertas, como los tuits de Trump con respaldos o sus amenazas a líderes latinoamericanos con la «opción Venezuela». Lo hace ya sea apuntándoles metafóricamente con un arma a la cabeza a través de X o brindando una importante ayuda financiera, como los 20.000 millones de dólares para ayudar al presidente argentino Javier Milei en las elecciones locales, y la reciente suspensión de todos los servicios consulares en Brasil en vísperas de las elecciones.
Quizá la medida más peligrosa fue designar a las dos mayores facciones criminales de Brasil, el Comando Vermelho (CV) de Río y el Primeiro Comando da Capital (PCC) de San Pablo, como organizaciones narcoterroristas, a pesar de que su presencia en Estados Unidos es insignificante, si es que existe. Esta clasificación le abre potencialmente la puerta a ataques militares unilaterales contra presuntos narcoterroristas dentro de las fronteras de Brasil. A través de la recientemente lanzada iniciativa Escudo de las Américas, los vasallos dispuestos de Trump siguieron el ejemplo y clasificaron al CV y al PCC como narcoterroristas en una reunión celebrada durante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Otros enfoques son más encubiertos. Un alto funcionario brasileño de ciberseguridad le dijo a Reuters que «el número de ciberataques en Brasil casi se había duplicado en comparación con 2025», junto con un fuerte aumento «de hackeos e intentos de phishing contra el despacho presidencial», que, según el funcionario, estaban claramente relacionados con la elección. Las revelaciones de esta semana incluyen una campaña de influencia financiada por Trump contra el Supremo Tribunal Federal de Brasil.
También se nos ha ofrecido una ventana a la escala y la depravación de los operadores políticos y traficantes de influencias que viajan con regularidad entre Mar-a-Lago y las capitales latinoamericanas, en el caso de un argentino particularmente sórdido llamado Fernando Cerimedo. The Economist lo ha descrito como el hombre del MAGA en América, y sus turbios manejos salieron a la luz después de que presuntamente ordenara un (fallido) atentado contra su novia embarazada en Bolivia. También está acusado de proteger, a cambio de una tarifa, cargamentos de cocaína con destino a Brasil, presumiblemente a «narcoterroristas»; Cerimedo se hizo un nombre trabajando en la campaña de Bolsonaro de 2022 impulsando narrativas golpistas y tiene estrechos vínculos con la familia; afirma haber entablado amistad con Eduardo en Harvard (universidad a la que ninguno de los dos asistió). Esta semana, por orden de Rubio, Bolivia arrestó al hombre que investigaba el caso Cerimedo, el fiscal general Roger Mariaca, dos días después de que Estados Unidos le revocara la visa, acusándolo de los mismos cargos que enfrentan a Cerimedo. Esta medida, a su vez, fue aplaudida en un comunicado oficial del Escudo de las Américas.
Incluso hay un sector de seguidores de Bolsonaro que tiene la perversa fantasía de que Trump invada el país y elimine a la izquierda de una vez por todas; «Ven pronto, Trump, para hacer lo que hiciste en Venezuela. El brasileño decente te apoya», como escribió Mario Rey, de San Pablo, en una carta publicada por Folha de São Paulo, el diario de referencia de Brasil.
Los interminables escollos de la política anticorrupción
Esta campaña también ha estado marcada por el mayor fraude bancario de la historia de Brasil, en el que el director ejecutivo del Banco Master, Daniel Vorcaro, habría operado un esquema piramidal de 10.000 millones de dólares comprando a buena parte de la élite brasileña, incluidos al menos cinco miembros del Supremo Tribunal Federal. Presuntamente los habrían conquistado con botellas de whisky de 8.000 dólares, inversiones en las empresas de familiares de los jueces y fiestas privadas con figuras como Swedish House Mafia y Flo Rida en clubes de San Pablo, con una cuidada selección de compañía femenina joven e internacional.
Debido al papel de la Corte Suprema —en particular del juez Alexandre de Moraes— en el juzgamiento de Jair Bolsonaro y en las investigaciones sobre su maquinaria de desinformación, persiste la percepción de que el tribunal es aliado de la izquierda, en lugar de limitarse a actuar en su propio interés de una manera que en ocasiones coincide con la democracia brasileña. Esa misma corte, después de todo, bloqueó la candidatura de Lula en 2018. Como resultado, el escándalo en curso ha sido más dañino para Lula que para Flávio, a pesar de que este último viajó gratis en el avión privado de Vorcaro y solicitó 28,2 millones de dólares para la película más cara de la historia de Brasil, una biografía de Jair protagonizada por Jim Caviezel y titulada Dark Horse. Pese al dinero, esta película no tiene fecha de estreno, y el único fragmento que se difundió fue retirado de X después de que Beyoncé demandara a la producción por usar la canción «Survivor» sin su permiso.
Como he sostenido en Jacobin, la política anticorrupción puede conducir a «un ciclo de expectativas decrecientes, que produce apatía y desmoralización política». Al difundir la idea de que la política es meramente un juego de sórdido interés propio en el que los poderosos se confabulan para saquear el erario público, socava las bases de la acción colectiva.
Es una irónica tragedia que gran parte del electorado más preocupado por el crimen organizado respalde a un candidato que está él mismo tan cerca de la mafia de Río de Janeiro, que cuenta con el respaldo del lobby de las apuestas en línea y cuyo mejor amigo está acusado de haber malversado más de mil millones de dólares mediante un fraude a la seguridad social. Flávio está vinculado personalmente a los asesinos de la concejala socialista de Río Marielle Franco en más de un sentido. También es dueño de decenas de propiedades de alta gama, entre ellas una mansión frente al mar valuada en millones de dólares que logró arrebatarle, mediante su poder político y legal, al delantero del Tottenham Richarlison, una hazaña impresionante para un hombre que oficialmente percibe un salario de alrededor de 8.900 dólares.
El crimen y la seguridad pública han sido en gran medida una debilidad de la izquierda en América Latina y en otras partes, con una percepción extendida de que es blanda con los delincuentes o incluso de que está en connivencia con el crimen organizado. Ha sido el relato dominante en las recientes victorias electorales de la derecha (y en sus embestidas autoritarias) en países como Ecuador, Perú y Colombia. Esto ocurre incluso cuando los candidatos performáticos de mano dura parecen tener profundos vínculos con el crimen organizado y promueven políticas de seguridad que se han probado, ensayado y fracasado durante más de tres décadas.
El problema es que la indignación moral y la denuncia de la hipocresía han resultado una respuesta política notablemente ineficaz para los candidatos de izquierda. El hecho es que invertir en la desintegración social es tanto una estrategia política eficaz para la nueva derecha de América Latina como un medio para que la Miami imperial de Trump y Rubio afirme su dominio sobre América Latina. Lo único que cabe decir, con esperanza, es que la suerte aún no está echada y que Lula todavía podría rechazar la invasión de Miami a Brasil a través del caballo de Troya que es Flávio Bolsonaro.
