
Brais Fernández y Martín Mosquera
En un presente atravesado por la recomposición de las derechas y por nuevos desafíos para la izquierda, recuperar a Gramsci exige devolver a sus conceptos su filo estratégico. Este prólogo a la reciente reedición de Los usos de Gramsci, de Juan Carlos Portantiero, recupera la hegemonía, el Estado integral y la guerra de posición como herramientas para volver a pensar la estrategia socialista y la cuestión del poder.
El texto que sigue es el prólogo a Los usos de Gramsci, de Juan Carlos Portantiero, Sylone y Viento Sur, 2026.
Un legado en disputa
Un espectro recorre el pensamiento político contemporáneo: el espectro de Gramsci. ¿Quién no se reconoce hoy como gramsciano, entre socialdemócratas, eurocomunistas, populistas, trotskistas, liberales e incluso representantes de la extrema derecha? ¿Quién no ha acusado a sus adversarios de abandonar la disputa por el sentido común o de ignorar la necesidad de construir una nueva hegemonía? De este hecho se desprenden dos consecuencias. La primera es que Gramsci se ha convertido en una referencia transversal a todo el arco político, cuyos distintos sectores encuentran en su obra fragmentaria un aporte de tal magnitud que desborda su origen político. La segunda es que un legado invocado para sostener posiciones contrarias obliga a hacer explícita la propia interpretación.
La historia de Gramsci es, en buena medida, la historia de sus usos. El más influyente fue también el primero. Togliatti publicó los Cuadernos para legitimar el giro de Salerno y difundió la imagen de un Gramsci del consenso, partidario de la conciliación de clases y del pacto nacional. La forma misma de la edición operaba en esa dirección. La comisión del Partido Comunista Italiano presidida por Togliatti agrupó los cuadernos por temas, en lugar de seguir su orden cronológico, y facilitó así una lectura sistemática a costa de borrar los vínculos entre el pensamiento de Gramsci y la coyuntura que lo había producido. De ese modo fue tomando forma la figura de un mito-mártir, cuya autoridad histórica servía para avalar la renuncia a la perspectiva revolucionaria en el presente.
Esta interpretación, con todo, no puede reducirse a una simple falsificación. El trabajo posterior de Valentino Gerratana mostró que las manipulaciones directas del texto habían tenido escasa importancia¹. Hubo algo más eficaz: una cuidadosa orientación de la lectura, una selección que presentó a Gramsci como un precursor de la «democracia avanzada» y de la «vía italiana al socialismo» impulsadas por la dirección del Partido Comunista Italiano.
Lucio Magri, dirigente histórico del ala izquierda del partido y fundador de il manifesto, lo confirma al citar una confesión del propio Togliatti hacia el final de su vida: «Nosotros, comunistas italianos, tenemos una deuda con Antonio Gramsci. Hemos construido copiosamente sobre él nuestra identidad y nuestra estrategia, pero, para hacerlo, lo hemos reducido a nuestra medida, a las necesidades de nuestra política, sacrificando lo que él pensaba ‘mucho más allá’»².
Esa operación, sin embargo, tuvo efectos contradictorios. Al rescatar a Gramsci del olvido, lo dio a conocer al mundo como un pensador mayor. La misma lectura que lo disolvía en la política consensual del PCI lo sustraía de la ortodoxia soviética y abría, en otras manos, la gran discusión sobre la estrategia revolucionaria en Occidente. De esa contradicción nació el debate gramsciano, en el que este libro interviene desde el polo opuesto.
Portantiero y Pasado y Presente
Juan Carlos Portantiero fue, junto con José Aricó, uno de los impulsores de Pasado y Presente, uno de los proyectos editoriales más importantes del marxismo en lengua española. Aquel proyecto era gramsciano en un sentido casi literal. Ponía al alcance de la militancia los grandes debates del marxismo europeo para desprovincializar la reflexión de la izquierda y, al mismo tiempo, los hacía aterrizar en las formaciones sociales latinoamericanas, en particular la argentina, rehuyendo todo eurocentrismo o cosmopolitismo abstracto. Era un trabajo que subordinaba la teoría a las exigencias del análisis concreto. Los ensayos reunidos en Los usos de Gramsci pertenecen a esa experiencia editorial.
El libro corresponde a un momento preciso de una trayectoria que más tarde tomaría otra dirección. En los años siguientes, Portantiero se desplazó hacia posiciones próximas a la socialdemocracia y cada vez más alejadas de la perspectiva revolucionaria. Sería un error, sin embargo, leer retrospectivamente Los usos de Gramsci desde ese desenlace. La obra conserva la intensidad de una búsqueda anterior: la de una estrategia socialista para Occidente capaz de asumir la complejidad del Estado moderno sin renunciar a la ruptura con el capitalismo. En este punto no hay dudas: el Gramsci que Portantiero recupera no es un pensador socialdemocratizante ni un populista avant la lettre. Su propósito es restablecer el vínculo entre proletariado y revolución, sobre la premisa de que la tarea histórica de la clase trabajadora no consiste en la progresiva ampliación de la democracia liberal, sino en abrir la transición al socialismo.
Los ensayos pertenecen, sin embargo, a dos momentos diferentes. Los dos textos centrales, «Los usos de Gramsci» y «Gramsci y el análisis de la coyuntura», son anteriores al golpe de 1976. Los demás fueron escritos bajo el peso de la dictadura y la derrota, cuando el pensamiento de Portantiero comenzaba a desplazarse hacia otras problemáticas. El corazón del libro se encuentra en los primeros.
Portantiero escribió esos textos durante el ascenso de masas que precedió a la dictadura, cuando el Cordobazo y el auge del sindicalismo clasista habían llevado la lucha de clases argentina a un punto de ebullición y la pregunta por la revolución en una sociedad compleja había dejado de ser puramente teórica. La discusión global de aquellos años, marcada por el ascenso obrero posterior a 1968, el giro eurocomunista y experiencias como la Revolución de los Claveles en Portugal o la Unidad Popular en Chile, constituía el horizonte más amplio. Pero el punto de partida inmediato de su reflexión era el proceso de masas argentino, y Portantiero tenía delante un fenómeno nacional-popular enigmático como pocos, el peronismo. Atento al Mezzogiorno como problema político y territorial, al folclore y las diferentes formas de cultura popular como depósitos del sentido común subalterno y a los núcleos de buen sentido sedimentados en la cultura de los de abajo, Gramsci ofrecía herramientas para pensar una política capaz de vincularse con fenómenos populares ambiguos sin disolverse en ellos ni rechazarlos de manera sectaria. La pertinencia de esta perspectiva no se limita al peronismo de los años setenta: todo proceso histórico real es híbrido, impuro y contradictorio. Frente a la orientación cada vez más moderada de los partidos comunistas, Portantiero encontraba en ese Gramsci la posibilidad de abrir una vía alternativa: la de un analista atento a las complejidades y ambigüedades de los fenómenos políticos y de la cultura popular que era, al mismo tiempo, un teórico de la revolución en Occidente, antes que un precursor de la prudencia togliattista.
Los grandes partidos comunistas de Europa occidental alcanzaban en esos años cotas de influencia inéditas desde la posguerra. Herederos del etapismo frentepopulista, habían abandonado su optimismo histórico sin reemplazarlo por una perspectiva ofensiva: si para la socialdemocracia clásica la revolución podía esperar porque era inevitable, para ellos debía esperar porque era improbable. Frente a ese gradualismo conservador, una nueva izquierda revolucionaria, influida por el trotskismo y el maoísmo, comenzó a ver el reformismo de los grandes partidos como un obstáculo estructural, en lugar de considerarlos la representación política inevitable de la clase trabajadora. La experiencia chilena polarizó esa divergencia: el PCI giró hacia el Compromiso Histórico, el PCF hacia el Programa Común, mientras la izquierda revolucionaria leía el golpe de Pinochet como la confirmación del callejón sin salida de la vía democrática. Un movimiento obrero atravesado por una fractura histórica sin suturar desde 1914 se enfrentaba a un mismo punto de inflexión.
La lectura togliattiana de Gramsci había preparado el terreno para el eurocomunismo, al ofrecer fundamentos intelectuales para una vía gradual al socialismo basada en la acumulación de posiciones dentro de la democracia existente y desligada de toda perspectiva de ruptura. Pero ninguna de las alternativas disponibles lograba resolver el impasse estratégico: mientras el eurocomunismo consolidaba un giro socialdemócrata, el ascenso obrero y la nueva izquierda no encontraban vías para capitalizar políticamente la radicalización. La fortaleza del movimiento obrero se medía con la solidez de un Estado capitalista que, lejos de derrumbarse, se transformaba y se adaptaba. La mirada hacia los debates del pasado se volvía entonces una necesidad estratégica: ¿era posible pensar la revolución en condiciones sustancialmente distintas de las que hicieron posible octubre de 1917?
A esa pregunta responde Portantiero recuperando en este libro a un Gramsci ajeno a la lectura eurocomunista: la conquista de la hegemonía es la forma específicamente occidental de preparar la disputa revolucionaria por el poder. La guerra de posición es la traducción de la estrategia revolucionaria a las condiciones occidentales, distintas de las del terreno «oriental» en el que habían actuado los bolcheviques, donde «el Estado lo era todo» y «la sociedad civil era primitiva y gelatinosa». Ese Gramsci es heredero de los debates mediante los cuales la Internacional Comunista había intentado responder al problema de la revolución en Europa occidental, especialmente en Alemania: el frente único, el gobierno obrero y la conquista de las masas.
Las masas dentro del Estado: Gramsci y Weber
En la lectura de Portantiero, el punto de partida de la reflexión gramsciana es la irrupción de las masas en el Estado. De allí la importancia que adquiere el análisis de las relaciones entre el Estado y la sociedad bajo el capitalismo, en el momento en que las clases subalternas dejan de ser un objeto pasivo de gobierno. Crisis y masas forman, en esa lectura, «un único tema contrapuntístico»: es la presencia de las masas como sujetos lo que define el carácter de la crisis y la forma que adoptan los intentos de recomponer el orden. Por eso Gramsci rechaza hipostasiar las metáforas de la base y la superestructura y prefiere el lenguaje de las relaciones de fuerzas, en el que las clases devienen sujetos de la acción histórica.
Para medir la originalidad de esa lectura conviene mirar a quien pensó el mismo umbral desde el otro lado. En 1917, Max Weber escribió sobre la crisis alemana y, más allá de Alemania, sobre las transformaciones de las formas de dominación capitalista. Su diagnóstico era lúcido y conservador. El viejo liberalismo había muerto porque la relación clásica entre Estado y sociedad civil se había quebrado: la sociedad se politizaba, mientras la esfera de las decisiones se autonomizaba y burocratizaba. Las masas habían entrado en la política para no volver a salir.
Para Weber, el Estado moderno se define por un medio específico: el monopolio de la coerción física, organizado bajo la forma de una empresa. Del mismo modo que el capital separa al productor de los medios de producción, el Estado moderno separa al funcionario de los medios de administración y concentra en una sola cúpula la disposición del poder político. La burocracia crece al ritmo de la socialización de la vida, y con ella se vuelve decisiva la pregunta por quién conduce esa maquinaria y con qué legitimidad. Los escritos de Weber sobre la reorganización político-constitucional de Alemania son los textos de un liberal conservador que sabe que las masas ya no pueden excluirse de la nueva configuración política: hay que darles lugar, encauzarlas, conducirlas. Su respuesta es la democracia plebiscitaria, un liderazgo capaz de orientar y controlar el aparato burocrático apoyándose en la legitimación electoral de las masas. Weber alcanza a vislumbrar incluso el horizonte que lo inquieta, el momento en que alguien intente expropiar a ese expropiador de los medios políticos. Ese horizonte es el punto en que Gramsci entra en escena.
Si Weber fue el Marx de la burguesía, Portantiero propone ver en Gramsci al «Weber de las clases subalternas»: quien comprendió cabalmente esas transformaciones y las pensó desde el punto de vista de los oprimidos. Si la dominación ya no se sostiene únicamente en la coacción muda del mercado o en la represión estatal, sino que necesita producir activamente el consenso, se abre un terreno en el que los dominados pueden disputarla. Donde Weber busca garantizar la estabilidad del orden burgués, Gramsci pregunta cómo construir una hegemonía de las clases subalternas. Y esto tiene una consecuencia estratégica. Si la política debe concebirse como la construcción de una dirección intelectual y moral sobre el conjunto de la sociedad, esa dirección no se construye en un terreno abstracto de lucha de ideas, sino en un conjunto de instituciones y se condensa finalmente en el aparato estatal. El Estado ya no puede entenderse como el mero vigilante nocturno del liberalismo. Es otra cosa, y a comprender esa otra cosa dedica Gramsci algunas de las mejores páginas de sus Cuadernos.
El Estado integral y la guerra de posición
En la reconstrucción de Portantiero, esa «otra cosa» es el Estado integral, concepto que Peter Thomas y, antes que él, Christine Buci-Glucksmann, en su célebre estudio sobre Gramsci y el Estado, consideran la principal aportación de Gramsci al marxismo³. El Estado no aparece aquí como un simple instrumento, sino como el conjunto de actividades mediante las cuales una clase dirigente mantiene su dominio y conquista el consenso activo de los gobernados. Reúne dos dimensiones: la sociedad política, donde se concentra el aparato de coerción, y la sociedad civil, la trama de instituciones en la que se organiza la hegemonía. Esta última, lejos de constituir el reino liberal de la libertad, forma parte de la estructura ampliada del Estado y contribuye a moldearlo.
Aquí comienzan las conclusiones estratégicas. Si el poder de la burguesía se asienta en una densa red de trincheras institucionales, no puede ser tomado por asalto en una sola jornada. Gramsci traza entonces la distinción entre la guerra de maniobra, el ataque frontal que triunfó en la Rusia de 1917, donde la sociedad civil era gelatinosa y el Estado lo era todo, y la guerra de posición, el largo trabajo que corresponde a Occidente, donde tras el Estado se levanta la robusta trama de la sociedad civil. Para Gramsci, la guerra de posición y la construcción de hegemonía designan un mismo proceso: la forma que adopta la estrategia revolucionaria cuando debe desenvolverse en Estados complejos y profundamente ramificados en la sociedad civil. Gramsci retoma así, contra la táctica de «clase contra clase» impuesta por la Internacional a fines de los años veinte, las indicaciones del último Lenin, que había instado a los comunistas a estudiar la especificidad de Occidente.
La burguesía ensayó sus propias respuestas a ese desafío, y la historia las mostró antes de que la teoría pudiera conceptualizarlas plenamente. Entre las dos guerras, el viejo Parlamento liberal perdió capacidad para mediar los conflictos de una sociedad organizada en grandes partidos, sindicatos y asociaciones de intereses. Gramsci pensó las respuestas burguesas a esa crisis bajo la categoría de revolución pasiva: procesos de modernización desde arriba que incorporan parcialmente las demandas de las clases subalternas al tiempo que neutralizan su iniciativa autónoma. El New Deal, el reformismo laborista o los pactos socialdemócratas entre capital y trabajo son expresiones de esa lógica: transformaciones reales que desactivan la presión revolucionaria sin alterar las relaciones de clase. El fascismo fue una vía alternativa y extrema de responder a la misma crisis. En lugar de absorber parcialmente las demandas subalternas, destruyó la autonomía política de las clases trabajadoras y reorganizó autoritariamente su integración en el Estado mediante el encuadramiento corporativo y la movilización plebiscitaria.
La hegemonía y sus malentendidos
El concepto de hegemonía ha concentrado muchas de las polémicas en torno al legado de Gramsci. Perry Anderson, en sus célebres Antinomias, sostiene que Gramsci se equivocó al situar el consenso en la sociedad civil, porque lo específico de Occidente radica en la peculiaridad de su sociedad política. En el capitalismo avanzado, el Estado representativo, la democracia burguesa, constituye «el principal cerrojo ideológico del capitalismo occidental».
La crítica tiene su parte de razón. Las instituciones representativas poseen un peso propio y una densidad real que Gramsci no llegó a teorizar plenamente, y la hegemonía burguesa se juega, en buena medida, en esa configuración institucional. Pero Anderson paga ese acierto con un dualismo que el propio concepto de Estado integral deshace. Su objeción trata a la sociedad civil y la sociedad política como sedes alternativas de la hegemonía, cuando el Estado integral designa precisamente su unidad. La hegemonía opera mediante el Estado que las articula y está protegida, en última instancia, por el monopolio de la violencia concentrado en la sociedad política. Gramsci desatiende parcialmente la especificidad de la democracia representativa, pero la separación tajante que introduce Anderson pierde de vista el núcleo de su aportación: el análisis de la interpenetración entre Estado y sociedad civil.
El mismo concepto permite tomar distancia de la lectura que Ernesto Laclau hizo de Gramsci. Conviene reconocerle un momento fuerte: Laclau profundizó la idea de que la hegemonía es dirección cultural y moral tanto como dirección política, precisando las formas que adopta la dimensión simbólica de toda lucha política. Pero radicalizó ese aspecto hasta convertir toda construcción hegemónica en un horizonte puramente discursivo. La centralidad de la clase trabajadora quedó diluida en una pluralidad de posiciones de sujeto, mientras las constricciones estructurales del capitalismo perdían peso en el análisis. La hegemonía gramsciana, en cambio, opera sobre condiciones objetivas que ninguna articulación de sentido puede suprimir y conserva un anclaje de clase que Laclau diluye. Si el capitalismo es una estructura social organizada en torno a la explotación del trabajo, la posición de la clase trabajadora difícilmente pueda resultar irrelevante para una estrategia orientada a superarlo.
En el fondo, Anderson y Laclau se equivocan por lados opuestos: Anderson escinde lo que Gramsci pensó como unidad; Laclau hipostasia la dimensión simbólica y disuelve los anclajes materiales y económicos. En ambos casos se pierde la articulación gramsciana entre coerción, consenso y relaciones de clase, que da forma al Estado integral.
Qué Gramsci necesita la izquierda hoy
Ese Gramsci, el estratega de la hegemonía, es a la vez el pensador de la derrota. Su obra madura responde al fracaso del ciclo que abrió la Revolución rusa y se cerró con el avance del fascismo. Desde ese balance relanza el debate estratégico. Nuestra situación tiene alguna simetría con aquella. El largo ciclo abierto en 1968 desembocó, tras las derrotas obreras de los años ochenta, la ofensiva neoliberal y la caída de la Unión Soviética, en una derrota histórica del movimiento obrero. El neoliberalismo disgregó a la clase trabajadora y la descompuso políticamente, mientras el derrumbe soviético abrió una contrarrevolución de larga duración cuyos efectos perviven hasta hoy. A esa descomposición se suma ahora un período reaccionario y una ofensiva autoritaria. Y, sin embargo, el impulso hacia la reorganización de las fuerzas populares no ha desaparecido.
Ese impulso necesita una estrategia. La pregunta que Portantiero encontraba en Gramsci vuelve a plantearse hoy para la izquierda: cómo disputar el poder en Estados capitalistas complejos, donde la dominación se organiza como hegemonía a través del Estado integral. Las dos respuestas predominantes ya mostraron sus límites. La confianza en la acumulación parlamentaria terminó en la administración del orden que se proponía superar; el repliegue en la batalla cultural conduce a una guerra de relatos sin una disputa efectiva por el poder social y político. La perspectiva gramsciana obliga a articular la formación de una voluntad colectiva con su orientación hacia la conquista del poder. En ese marco, la guerra de posición conserva su sentido revolucionario.
Con todo, Gramsci deja un legado necesariamente incompleto. La guerra de posición, la hegemonía y el Estado integral abren una nueva reflexión estratégica, pero constituyen apenas su comienzo. Gramsci pensó en un contexto marcado por la crisis del orden liberal y el ascenso del fascismo, no por la estabilización de las democracias capitalistas de posguerra ni por su mutación en formas híbridas como lo que Poulantzas llamó «estatismo autoritario». La pregunta por cómo disputar el poder en esos escenarios quedó sin desarrollar plenamente, y es la que la izquierda tiene todavía delante.
En los años setenta, Poulantzas retomó uno de los problemas que la reflexión gramsciana había dejado abiertos. Si el Estado integral se ramifica en la sociedad civil a través de sus instituciones, la relación funciona también en sentido inverso: la sociedad civil penetra y transforma al Estado, y las luchas que se libran en ese terreno dejan en él su huella. Pese a su carácter capitalista, el Estado condensa así también conquistas populares arrancadas a lo largo de más de un siglo de luchas: los sistemas públicos de educación y salud, las libertades democráticas, los derechos laborales. Si no puede reducirse al vigilante nocturno del liberalismo ni a una banda de hombres armados, debe pensarse como un campo contradictorio, atravesado por la lucha de clases. De ahí que una estrategia socialista deba operar dentro y fuera del Estado: transformar y ampliar las conquistas populares que condensa, al tiempo que construye una fuerza autónoma capaz de desbordar las instituciones existentes en los momentos de crisis y quebrar su núcleo de clase. Las formas concretas de esa estrategia no pueden establecerse de antemano: deberán elaborarse a partir de nuevas experiencias históricas.
Queda además abierta la cuestión de la institucionalidad socialista. Gramsci no desarrolló una teoría del Estado posterior a la ruptura. La cuestión de las instituciones representativas quedó en suspenso: su pensamiento no llega a esbozar con claridad qué elementos de la democracia representativa deben preservarse y transformarse, ni cómo combinarlos con formas de democracia directa o de poder en el lugar de trabajo. Quedan indicios dispersos: la consigna «República federal de obreros y campesinos», que articulaba una alternativa constituyente al Estado liberal italiano, o las reflexiones sobre la Asamblea Constituyente como momento en que la dirección intelectual y moral de un bloque histórico se cristaliza en arquitectura institucional. Pero no hay una elaboración sistemática. Pensar una democracia socialista exige ir más allá. Una transición al socialismo deberá conservar y radicalizar las mediaciones representativas heredadas, aunque transformadas y en relación con otras formas de poder popular. Ninguna sociedad compleja puede gobernarse mediante la sola movilización permanente. La representación, el pluralismo, las libertades públicas y los mecanismos de control del poder tienen una historia ligada a la sociedad burguesa, pero no se agotan en ella. También constituyen conquistas históricas sin las cuales difícilmente pueda sostenerse una forma duradera de autogobierno. Cómo articularlas con formas de poder popular y de democracia en el lugar de trabajo es una de las tareas estratégicas que la izquierda anticapitalista tiene todavía por resolver.
Leer hoy a Gramsci con ese filo supone, en definitiva, dos exigencias. La primera es el rigor histórico y filológico en el tratamiento de su obra. La segunda, el esfuerzo de pensar más allá de ella: historizar sus conceptos y traducirlos a un presente que ya no es el suyo, sin fingir que nada ha cambiado. La clase trabajadora ya no es la de los años treinta y las democracias capitalistas se han transformado. Gramsci sigue siendo un campo de disputa, pero para nosotros es, ante todo, un instrumento para una izquierda que necesita volver a plantearse la estrategia socialista y la cuestión del poder en condiciones adversas. Ahí reside la importancia política de reeditar hoy este libro.
Referencias
- Gramsci, A. Quaderni del carcere. Edizione critica dell’Istituto Gramsci a cura di Valentino Gerratana. Torino: Giulio Einaudi editore, 1975 (4 volúmenes).
- Magri, L. El sastre de Ulm: el comunismo del siglo XX: hechos y reflexiones, Madrid: El Viejo Topo, 2010.
- Thomas, Peter D. El momento gramsciano. Filosofía, hegemonía y marxismo. Madrid: Akal, 2026. Buci-Glucksmann C. Gramsci y el Estado: Hacia una teoría materialista de la filosofía. Trad. Juan Carlos Garavaglia. Madrid: Siglo XXI Editores, 1978.
