Rosario de 1928, cuando nacía el Che

A 83 años del natalicio de Guevara
Por Paulo Menotti.

 

En 1928 estallaba la clase trabajadora en la portuaria ciudad de Rosario. Tal vez una estrella roja alentaba el clima insurreccional. El 2 de mayo había comenzado una huelga de trabajadores portuarios que, tras un tibio inicio, despertó la furia del proletariado local cuando un rompehuelgas asesinó a la joven obrera anarquista, Luisa Lallana.

En ese mismo mes se sucedieron dos huelgas generales en las que el pueblo rosarino ocupó las calles y en la que los niños, muchachos y mujeres fueron dueños de las calles céntricas. El paro de los portuarios, después de despertar la solidaridad de otros puertos argentinos y cobrarse la vida de 11 trabajadores terminó en un triunfo para los obreros.

Sin embargo, la situación no quedó así y la ciudad sufrió otros cinco paros generales más. Es cierto, un extraño personaje de la política, el radical yrigoyenista Ricardo Caballero entusiasmó a los trabajadores de la región con mejores condiciones de trabajo con el nuevo triunfo del “Peludo”, Hipólito Yrigoyen en la presidencia. Ésa fue una de las causas que movilizo al proletariado rosarino, aunque también se suman a la agitación el hartazgo que produjo el alto índice de represión policial de la década de 1920, el desnivel entre bonanza económica y el flaco bolsillo de los trabajadores que no registraban un aumento salarial en años.

En esos momentos, Rosario contaba alrededor de 400.000 habitantes de los cuales la mitad eran extranjeros. La hegemonía en el seno del movimiento obrero pertenecía a los anarquistas, mientras que los sindicalistas revolucionarios, los comunistas y los socialistas agrupaban a gran cantidad de trabajadores. La dirigencia política estaba en manos de una fragmentada UCR que se alineaban entre los populares y criollistas “personalistas” y los conservadores “alvearistas”. Otro núcleo importante de simpatías políticas pertenecía a los demócratas progresistas aunque todos, todos, conocían al dedillo el mecanismo del clientelismo político.

La burguesía rosarina se mostraba altaneramente refractaria a las demandas obreras y reclamaba “libertad de trabajo”, es decir, a favor de que los obreros en huelga levanten los “piquetes” y dejen entrar a los “trabajadores libres”, o mejor dicho rompehuelgas, o como les decían entonces los anarquistas, crumiros.

A esa enrarecida ciudad llegó la familia Guevara como una especie de Belén que, si no estaba incendiada, estaba movilizada en una inmensa proporción. En esa convulsionada ciudad vio la luz “Ernestito” y allí escuchó los primeros sonidos de huelga y movilización proletaria.

A la huelga de carreros, en junio, que irritó hasta el sollozo a los comerciantes locales y tuvo como respuesta un lock out patronal incentivado “sin presiones” por la Bolsa de Comercio, siguió la de tranviarios, la de Refinería de azúcar, madereros, albañiles, etc. La cuestión llegó a su tope cuando el clima de huelga se trasladó al campo. Entonces si, los empresarios agrícolas no se hicieron esperar y se contactaron con el mismísimo odiado y llamado por ellos “corrupto” presidente. Yrigoyen, una vez más inclinó la balanza para el lado de los empresarios y mandó al Ejército nacional a controlar la situación. Las huelgas mermaron.

Dos años más tarde, la propia burguesía apoyaba el primer golpe de Estado con rasgos fascistas y pocos obreros defendieron al presidente radical. Para entonces la familia Guevara había iniciado un eterno peregrinaje por la geografía argentina. Ernestito ya tenía inscrito en su ADN el fragor de la lucha callejera de trabajadores criollos y extranjeros que quebraron el apacible tono de tranquilidad e injusticia que tenía Rosario antes de 1928.