Egipto: Maniobras en marcha

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Selección de notas y artículos.

A fines de los años sesenta, desde los círculos ilustrados de la izquierda moderada de Europa, el entorno afroasiático y América Latina, se pusieron en circulación magnificas reflexiones teóricas acerca del imperialismo que, cosa rara, desaparecieron antes de que su objeto de estudio dejara de existir.

Según aquellos puntos de vista el imperialismo funcionaba como un sistema mundial constituido por un núcleo de naciones desarrolladas, varios anillos concéntricos y una periferia. Matices aparte se trató de enfoques que no rebasaban los horizontes del sistema (lo cual no los descalificaba).

En aquel contexto, desde lo que entonces se llamaba Tercer Mundo, sobre la base de intereses políticos comunes y coincidencias ideológicas mínimas, prosperaron enfoques que apostaron por el desarrollo económico, opción compartida por vanguardias nativas y sectores nacionalistas avanzados que confrontaban al imperialismo y al neocolonialismo y que, aunque tomaban distancia de la Unión Soviética, no eran hostiles al socialismo,

Aquellas corrientes fueron acogidas e impulsadas por líderes como: Nehru, Nasser, Sukarno, Nkruman, Sekou Touré y desde el campo socialista, contaron con el respaldo de Tito de Yugoslavia y Fidel Castro que, aunque habían elegido otra opción, eran suficientemente flexibles como para admitir la viabilidad de aquellas tácticas y de aquellos caminos.

La reacción de las oligarquías y la actividad imperialista condujo a las divisiones internas, a los golpes de estado y abrieron los caminos que llevaron al deterioro de las tácticas de lucha, a los magnicidios, a Camp Davies, a la atomización y la desmovilización, a treinta años de dictaduras abiertas o camufladas y a los sucesos de Tunez y Egipto que pueden propagarse a otros países, incluso a algunos que parecen estables.

Antes como ahora, Egipto es un espacio geopolítico estratégico para occidente: el país histórica y culturalmente más importante del Medio Oriente y África del Norte, el emplazamiento del canal que une a los mares Mediterráneo y Rojo, permite el acceso al océano Indico y al golfo Pérsico, zonas vitales para el abastecimiento de petróleo a Europa, Japón, China y Norteamérica. La desestabilización de Egipto sería fatal para Washington, el acceso islámico al poder un peligro y un giro a la izquierda, un desastre. Para la administración estadounidense, la única opción ganadora es mantener el sistema. Esa y no otra es la apuesta estratégica.

Según confesión de la Secretaria de Estado Hilary Clinton, Estados Unidos trabaja para crear en Egipto una “tormenta perfecta”; es decir desatar un conjunto de eventos que interactúen y permitan solucionar los problemas de gobernabilidad creados por el rechazo al régimen actual sin comprometer la estabilidad del sistema, cerrar el paso al movimiento islámico, preservar a Israel y no desmentir la retorica a favor de la democracia. Reciclar a Mubarak sin obligarlo a huir y traer al ejército al escenario político sin un golpe de estado parece ser la táctica elegida.

Obviamente las 27 agencias de inteligencia, la red de embajadas, las misiones militares, los cuerpos de asesores y la miríada de expertos y tanques pensantes y analistas que cubren las plantillas de agencias, servicios e instituciones de todo tipo no bastaron para averiguar cuándo y cómo comenzaría lo que todo el mundo sabía que un día sucedería: el avance de los pueblos árabes del medioevo a la modernidad política. Ante la ausencia de líderes del perfil de Kemal Atartuk o Nasser, entró en escena un adorado y temido protagonista colectivo: la masa, un ente con el cual Estados Unidos no sabe lidiar.

Luego de un apresurado control de daños y de improvisación que llevaron a echar mano a un elemento de dudosa eficacia como Mohamed El Baradei, cuya fama como director de la Organización Internacional de la Energía Atómica no alcanza para convertirlo en un líder local, aunque en el desconcierto de los primeros momentos pareció una alternativa a Mubarak.

En estos momentos, tanto en Tunez y Egipto, como probablemente hará donde quiera que tenga oportunidad, Estados Unidos utiliza su influencia, para evitar un “derrumbe del sistema”, para lo cual es vital preservar las instituciones del Estado: en primer lugar las fuerzas armadas, la policía y los cuerpos de seguridad que hasta el momento no se han comprometido con la represión y logran una aproximación al pueblo como no existía desde la muerte de Nasser en 1970.

Al maniobrar para buscar una salida indolora para Mubarak que puede asumir la forma de un viaje sin retorno por motivos de salud, permitir el acceso al poder del vicepresidente quien organizaría elecciones parlamentarias y presidenciales, de las cuales surgirían autoridades con mínimos de consenso y legitimidad, Washington avanza hacia lo que llama una “transición ordenada”.

Estados Unidos que parece apostar al inevitable desgaste de una forma de lucha basada en cierta espontaneidad, en manifestaciones y en la ocupación día y noche de la plaza Tahir, que se prolonga ya por más de 15 días y que resulta difícilmente sostenible de modo indefinido; trabaja por reagrupar las fuerzas internas que forman un diapasón de moderados, liberales y opositores que salen de la clandestinidad o regresan del exilio y que de alguna manera acompañan a Estados Unidos y a la burguesía egipcia en su maniobra.

Mientras se maniobra en Egipto y se trata de consolidar un cambio cosmético en Tunez, en los demás países árabes y del Norte de África, Estados Unidos empuja a las oligarquías a curarse en salud y a introducir a marcha forzada enmiendas constitucionales, destituir gobernantes impopulares y hacer cuanto pueda para tratar de administrar procesos que no pueden impedir porque se derivan de profundas circunstancias históricas.

No obstante las ventajas que le proporciona la orientación ideológica del movimiento de masas que no parece cuestionar al sistema y probablemente no juegue la carta islámica; así como la ascendencia sobre el generalato y las fuerzas de seguridad, respaldada por la entrega de más de mil millones de dólares anuales, Estados Unidos no tiene certeza del éxito de sus maniobras, no parece controlar los mandos intermedios, no tiene acceso a la oficialidad joven ni conoce exactamente la influencia del movimiento musulmán. De momento acaba de aparecer el fantasma de una huelga general que pudiera dar protagonismo a la, hasta ahora, ausente clase obrera.

De algo no existen dudas: una vez consumados, el más importante reajuste político desde el fin del colonialismo, el Medio Oriente y África del norte no serán los mismos y el cambio no será para peor. Allá nos vemos.