EL QUINTO PERONISMO A LA LUZ DEL PASADO

INGENUAS NEGACIONES

La rebelión del 2001 provocó una crisis mayúscula en el peronismo, que fue responsabilizado por el despojo menemista y por la bomba monetaria sembrada con la Convertibilidad. La indignación popular contra todo el sistema político (“Que se vayan todos”) afectó a los derivados de la UCR y del PJ. En el pico de la catástrofe económica fueron convocadas las elecciones de emergencia, que llevaron a Kirchner a la  presidencia.

Durante ese convulsivo interregno floreció el autonomismo. Sus propulsores exaltaron las asambleas barriales, elogiaron la democracia directa y promovieron la organización cooperativa. Imaginaron que el propio movimiento de piquetes y cacerolasalumbraría un sistema de representación desprovisto de partidos, elecciones, parlamentos y liderazgos. Propusieron esconocer al estado para “cambiar el mundo sin tomar el poder”, creando una nueva economía asentada en las empresas recuperadas. Ese proyecto se diluyó vertiginosamente cuando Kirchner consolidó su comando  del cuarto peronismo. El autonomismo no tuvo respuesta frente al nuevo oficialismo progresista. Ni siquiera registró cómo numerosos líderes de revuelta eran atraídos por la Casa Rosada.

El kirchnerismo reintrodujo parámetros de politización que desconcertaron a las corrientes libertarias. No supieron distinguir a Néstor y Cristina de sus antecesores neoliberales. La pretensión autonomista de soslayar cualquier contaminación con el universo institucional naufragó en forma vertiginosa. Las nuevas referencias que estableció Kirchner impusieron definiciones desconocidas por los libertarios. Esa orfandad ilustró cómo tambalea esa corriente frente a un desafío político significativo. Todas las inconsistencias heredadas del viejo
anarquismo reaparecieron súbitamente. El enflaquecimiento autonomista ante el progresismo K recreó el declive final de los derivados de la FORA frente al primer peronismo.
Ese retroceso ha confirmado la imposibilidad de encarar un proyecto detransformación popular omitiendo el manejo del Estado. La captura y modificación de esa estructura es indispensable para encarar un cambio radical. No hay otra forma de reducir la desigualdad y mejorar el nivel de vida.

Quedó confirmado que ninguna multiplicación de “contrapoderes” en los  territorios, sindicatos o cooperativas reemplaza el control del Estado. La idealización autonomista de los movimientos sociales le impide forjar un proyecto de superación del peronismo.

CONTRAPOSICIONES SIMPLIFICADAS

La gran hostilidad inicial de comunistas y socialistas hacia el peronismo dejó un vacío cubierto por otras tradiciones marxistas. El trotskismo ocupó parte de ese espacio, compartiendo la ponderación justicialista del proletariado industrial. Sus diversas organizaciones evitaron las crisis posteriores del PC (ambigua postura frente la dictadura), los vaivenes del maoísmo y las derrotas de la guerrilla.

Ese trasfondo explica la irrupción del MAS, el despunte del PO y la gestación del FIT. Consolidaron fuerzas militantes con jóvenes predispuestos a la acción. El pragmatismo de algunas corrientes (MST) ha coexistido con emprendimientos  mediáticos e incursiones intelectuales de otras vertientes (PTS). La mayoría mantuvo un frente que superó las viejas fracturas por minucias. Han logrado que la propia denominación de “izquierda” sea identificada con sus actividades. Esas agrupaciones prosperan en las crisis del peronismo y retroceden en las
recomposiciones de ese movimiento. Ese vaivén se ha repetido desde que el retorno de Perón opacó la expansión del clasismo. La llegada del kirchnerismo neutralizó a la
izquierda, que recobró fuerza con la erosión del cristinismo y volvió a decaer con el debut del albertismo.

La lógica de ese vaivén es frecuentemente ignorada por sus propios afectados. En lugar de analizar esas oscilaciones, suelen proclamar el invariable “agotamiento del nacionalismo burgués”. Ese enunciado choca con la cruda realidad y afronta los mismos problemas del diagnóstico liberal de extinción del justicialismo.  Los reiterados señalamientos del fin del peronismo no registran las variedades de ese movimiento. El kirchnerismo, por ejemplo, nunca fue diferenciado de sus adversarios derechistas y por esa razón, en los conflictos entre ambos prevaleció la neutralidad. Reiteradamente se igualó a los dos campos, reduciendo esos choques a una simple disputa inter-burguesa. Esa mirada predominó frente a la puja con los agrosojeros, la ley de medios y la expropiación de YPF.

En lugar de reconocer los ingredientes progresistas de esas iniciativas se remarcó la naturaleza capitalista del kirchnerismo. Pero como ese cimiento es compartido por casi todos gobiernos del país y del mundo, su constatación no esclarece ninguna  especificidad del cuarto peronismo.  El bonapartismo es otra noción utilizada para caracterizar al kirchnerismo. Pero ese término aludía en el pasado a un arbitraje extraparlamentario, en coyunturas de crisis militar, catástrofe económica o disgregación política. Su extensión a Néstor y
Cristina es forzada y no define el posicionamiento de esos mandatarios. Los bonapartismos pueden tener implicancias progresivas o regresivas. Si se soslaya esa
valoración el diagnóstico carece de relevancia. La simple presentación del kirchnerismo como una fuerza burguesa condujo a descartar alianzas durante los cuatro años de resistencia al macrismo. Tampoco se construyeron puentes con la gran expectativa que despertó la fórmula de los Fernández.

Varios integrantes del FIT incluso sugirieron el voto en blanco, en la eventualidad de un balotaje entre el peronismo y Cambiemos. Ese frente difunde meritorios programas anticapitalistas e impulsa candidatos comprometidos con la lucha popular. Pero esas iniciativas afrontan un invariable techo, ante la ausencia de estrategias viables de transformación de la sociedad. La emulación del modelo bolchevique no ofrece esos cursos.  La disputa de la izquierda con el peronismo requiere exponer caminos, referencias y experiencias alternativas.

La  despreocupación por la viabilidad de la propuesta conduce al mismo divorcio de la realidad que afecta al utopismo libertario. Esa desconexión es acentuada por una proclamada enemistad con todas las variantes de la izquierda mundial. Particularmente chocantes son las críticas a Cuba o Venezuela en plena agresión imperial. Los medios de comunicación derechistas suelen difundir esos mensajes por su notoria sintonía con los prejuicios del sentido común. Esa prédica obstruye la potencial integración de las tradiciones revolucionarias latinoamericanas al desarrollo de una izquierda efectiva. El encierro realimenta la preeminencia del peronismo.

INSOSLAYABLES DISTINCIONES

La experiencia ha demostrado que el peronismo no es el ámbito de construcción de un proyecto de la izquierda. La esperada transformación de ese movimiento en una fuerza radicalizada ha sido reiteradamente desmentida por la impronta conservadora, e invariablemente retoma el justicialismo. Ese desenlace no elimina la eventual reaparición de modalidades progresistas,
como ocurrió con el kirchnerismo. Desconocer esos momentos reformistas (y los consiguientes logros populares) conduce a la auto-inmolación de la izquierda. El diagnóstico inicial de “fascismo” durante el primer peronismo no fue el único desatino. Los proveedores de banderas rojas a las marchas de la Sociedad Rural contra el kirchnerismo padecieron una desubicación semejante.

Los virajes del peronismo explican su perdurabilidad y las dificultades para erigir una alternativa. Esa obstrucción no se resuelve con resignadas disoluciones, ciegas confrontaciones o ingenuas omisiones. La opción se construye sin denostar al peronismo y sin aceptar su inexorable primacía. La simple presencia de un gobierno peronista no esclarece su performance. Hay
que evaluar si navega por los torrentes de la reacción o del progresismo, recordando su potencial familiaridad con ambos universos.

Las posturas de cada peronismo frente a los escenarios regionales brindan pistas para esclarecer su modalidad. El cariz centroizquierdista del kirchnerismo quedó muy definido por su empalme con el ciclo progresista sudamericano. También el perfil derechista de Menem estuvo signado por las “relaciones carnales” con Estados Unidos. Todo el recorrido expuesto de la historia del peronismo apunta a facilitar la evaluación del contexto actual. ¿Qué modalidad de justicialismo está forjando Alberto Fernández? ¿Cómo será su quinta versión de ese movimiento? ¿Cuáles serán los antecesores privilegiados y desechados? ¿Qué orientación sugieren las primeras medidas de su gobierno? Las respuestas a estos interrogantes exigen otro texto.
31-1-2020

RESUMEN

Aún se desconoce el tipo de justicialismo que prevalecerá con Alberto  Fernández. En el pasado hubo nacionalismo con reformas sociales, virulencia derechista, virajes neoliberales y cursos progresistas. Menem y Kirchner fueron los extremos de ese pragmatismo. El peronismo contuvo al sindicalismo y amortigua a los movimientos sociales. Se recicla frente a crisis mayúsculas y fracasos de sus adversarios liberales. Su extinción o eternidad no está predeterminada. No converge con el proyecto socialista, ni ha podido extirpar a sus vertientes reaccionarias. Es imposible forjar una alternativa de izquierda desechando el manejo del estado y desconociendo los virajes progresistas del peronismo.

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