EL QUINTO PERONISMO A LA LUZ DEL PASADO

CONTENCION DE LA BELIGERANCIA

La continuada presencia del peronismo obedece también al sostenido nivel de  movilizaciones populares. Esa disposición de lucha condujo desde el fin de la dictadura a 40 huelgas generales. La sindicalización se ubica en el tope de los promedios internacionales y su incidencia es notoria en los momentos de gran conflicto. Por esa gravitación de la intervención popular, Argentina ocupa en América Latina un lugar equiparable a Francia en Europa. Define una tónica de resistencia que impacta sobre el resto de la región.

Los dos primeros peronismos utilizaron el aparato del PJ (y su extensión en la CGT) para lidiar con esa beligerancia. Pero desde los años 80 debieron actuar también frente a movimientos sociales surgidos de la pauperización que afecta al país. Como un tercio de la población ha sido empujada a la miseria, todos los gobiernos han incorporado el asistencialismo en gran escala. Los planes de auxilio se han convertido en un gasto indispensable para la reproducción del tejido social. El empobrecimiento argentino es un efecto de la regresión económica contemporánea y no del subdesarrollo histórico de América Latina. Esa degradación ha producido formas de resistencia muy enlazadas con la belicosidad precedente. Los movimientos sociales ocupan un lugar protagónico en la protesta actual.

Irrumpieron en los piquetes callejeros contra el desempleo y descollaron durante la alianza con las cacerolas de la clase media expropiada por los banqueros.  Su gravitación obedece al cambio registrado en el entramado social. La regresión fabril ha desplazado gran parte de las demandas en las fábricas a exigencias en las calles. Los precarizados peticionan al Estado sin detentar los resortes de la producción. Esa combatividad de los movimientos permitió conquistar la asignación universal, cuando la extensión de las marchas asustó a las clases dominantes.

El kirchnerismo se amoldó al nuevo escenario, pero supuso que la reactivación económica absorbería paulatinamente el desempleo y diluiría la incidencia de los movimientos sociales. Esa reducción significativa de la desocupación no se efectivizó y la pobreza se mantuvo en un invariable piso del 30% de la población. Frente a este resultado el cuarto peronismo amplió el número de los planes sociales. La bancarización de ese derecho -mediante una tarjeta asignada a cada beneficiario de la AUH- no alteró la gravitación de las nuevas organizaciones populares.

Estos agrupamientos superaron con mayor implantación territorial su status inicial de resistentes. La denominación de “piqueteros” -que aludía a una forma de lucha- fue reemplazada por el término más apropiado de movimientos sociales. En cada país esa denominación alude organizaciones de distinto tipo. En Argentina involucra agrupamientos de precarios y desocupados y no de pueblos originarios (Bolivia) o de campesinos (Brasil).  Los movimientos tantean actualmente un proceso de sindicalización. Por el volumen de sus afiliados, esa agremiación los convertiría en el segundo conglomerado del país. La cúpula de la CGT resiste esa incorporación masiva de nuevos cotizantes, que rompería todos los equilibrios del universo sindical.

La relación del kirchnerismo con los movimientos sociales atravesó por todas las alternativas imaginables. Hubo afinidad, tensión, alejamiento y ruptura. La pesadilla vivida recientemente con el macrismo condujo al reencuentro. Esa cambiante sucesión de aproximaciones y distanciamientos reproduce la relación del justicialismo clásico con el sindicalismo. Amortiguar y disciplinar la belicosidad popular es una persistente necesidad del peronismo.

LOS FRACASOS DE LA DERECHA

La renovación periódica de la principal fuerza política del país es también consecuencia de la probada impotencia de sus adversarios. Desde el golpe gorila del 55´ ningún gobierno de la derecha liberal logró estabilizar su gestión. Fallaron las dictaduras y las vertientes civiles que timoneó el radicalismo. El peronismo implementa un manejo flexible del Estado, con favoritismos cambiantes amoldados a la movilidad social que propicia. Por eso ha lidiado mejor con una crisis estructural que nadie logra resolver.

La derecha tuvo su mayor oportunidad con Macri, al conseguir el primer acceso a la presidencia por vía electoral. Pero esa apuesta del antiperonismo terminó en un fulminante naufragio. Los CEOs del PRO exhibieron una incapacidad mayúscula para remontar las adversidades de la economía. Tampoco lograron doblegar la resistencia popular que mantuvo las  ovilizaciones y los piquetes.
Esa doble incapacidad del macrismo socavó la consolidación de la “nueva hegemonía derechista”, que algunos analistas entreveían como el gran logro de Cambiemos. En muy poco tiempo se verificó el carácter efímero de una supremacía asentada en coyunturas electorales y atontamientos mediáticos. El macrismo intentó disfrazar su conservadurismo con mensajes de
neoliberalismo modernizado, publicidad de emprendedores y exhibición de individualismo mercantil. Pero gobernó con demagogia electoral, gasto público y recreación de las viejas mañas de la partidocracia. La coalición encabezada por el PRO ni siquiera pudo repetir el corto escenario de calma que generó el espejismo de la Convertibilidad. En la competencia entre gobiernos reaccionarios, el peronismo menemista exhibió mayor eficacia que Cambiemos.  El fracaso del último cuatrienio confirma la notoria incapacidad gubernamental
de la derecha argentina, en comparación a sus pares de Colombia, Perú o Bolivia. También ratifica su dificultad para instalar exponentes extremos en el terreno político (Olmedo) o económico (Espert).

Lo mismo ocurre con las modalidades ultra-derechistas que se expanden con disfraces evangélicos y mensajes de xenofobia. No han logrado la penetraciónconseguida en otros lugares. Se mantienen agazapadas en el país, sin avizorar irrupciones virulentas (Bolivia), incursiones sistemáticas (Venezuela) o despliegues de terror (Colombia). No cuentan tampoco con la raigambre pinochetista que tuvieron en Chile.

Por estas diferencias no se afianzó un personaje como Bolsonaro, que en Brasil rememora a la dictadura desarrollista y a sus militares impunes. Allí consagra las tradiciones regresivas de una historia nacional signada por el orden. Esa trayectoria contrasta con la convulsión que ha primado en Argentina. El peronismo obedece también a esos contrastes, que lo inducen a incorporar a todas las opciones posibles a su juego interno. No es casual que el único aspirante a emular a un Bolsonaro sea un experimentado oportunista del justicialismo (Pichetto).

EXTINCIÓN VERSUS ETERNIDAD

Dos tesis contrapuestas sobre el futuro del peronismo han disputado  preeminencia desde la mitad del siglo pasado. Los teóricos de la eternidad confrontan con los previsores de la desaparición. En los períodos de auge justicialista prevalece el primer diagnóstico y en las etapas de crisis el segundo. El postulado de invariable perdurabilidad se basa en la probada recreación que ha logrado el peronismo. Las versiones más extremas identifican esa regeneración con la propia naturaleza del país. Estiman que se ha forjado una unión indisoluble entre el justicialismo y la argentinidad.

Pero si existió un país pre-peronista, cabe imaginar también otro pos-peronista. Ningún movimiento histórico tiene garantizada su continuidad hasta el fin de los tiempos. La permanencia que logró el justicialismo no implica duración infinita. Ha subsistido por la peculiar irresolución de una prolongada crisis que degrada al país sin transformarlo. La persistencia de las mismas tradiciones políticas en ese escenario constituye un singular desarreglo histórico. Lo más corriente en otros países ha sido el proceso opuesto de fuerte declive de las estructuras políticas que pierden sus cimientos. Esa erosión desintegró arraigados partidos (conservadores,democratacristianos, socialdemócratas, comunistas) durante las últimas décadas. El
peronismo no está intrínsecamente inmunizado contra ese ocaso.
La tesis opuesta ha previsto una y otra vez la desaparición de ese movimiento. En los últimos años ese pronóstico fue enfáticamente retomado por los intelectuales del macrismo. Estimaron que la gran mutación social padecida por Argentina, conduciría a la sustitución de la columna vertebral del justicialismo (clase obrera) por nuevos trabajadores informales, carentes de identificaciones y lealtades.  Ese diagnóstico quedó refutado por la fulminante victoria del Frente de Todos. El peronismo no sólo derrotó a Cambiemos. Conquistó nuevas gobernaciones, quórum propio en el senado y mayoría total en diputados.

La hipótesis del fin del peronismo por expansión de los precarizados, omitió que esa transformación social no tiene correlato automático en la esfera política. Es cierto que los movimientos sociales recientes surgieron fuera del peronismo, pero mantienen una ambigua relación con esa estructura y lo votaron mayoritariamente para desembarazarse de Macri. Los pensadores de la derecha supusieron que la fractura social creaba un vacío disponible para cualquier modalidad de oficialismo. Por eso combinaron el padrinazgo estatal con una esquizofrénica andanada de agresiones y dádivas.

Por un lado, propagaron infamias contra los empobrecidos (“planeros”, “vagos”, “mujeres que se embarazan para cobrar la asignación”) y por otra parte propiciaron la despolitización, con la expectativa de erosionar las viejas fidelidades electorales. Los dos operativos fallaron. Los movimientos sociales consolidaron su presencia
con acciones que contuvieron la degradación social y preservaron el legado político previo. Los intelectuales del liberalismo confundieron por enésima vez su deseo con la
realidad y el esperado declive de su rival desembocó en un proceso inverso deresurgimiento. La experiencia de los últimos cuatro años confirma la intrínseca irresolución del debate entre los previsores del entierro y la perpetuación del justicialismo. Por esoresulta más útil indagar las causas del pasaje de un peronismo a otro, en medio de crisis mayúsculas. Esas onvulsiones han amenazado efectivamente la supervivencia de ese movimiento. Pero hasta ahora el justicialismo evitó su extinción encontrando nuevos formatos de gobierno. El quinto peronismo encarna un nuevo intento de esa remodelación.

DESACIERTOS Y DECEPCIONES

Desde su irrupción el peronismo suscitó reacciones contradictorias en la izquierda. Hubo períodos de crítica furibunda y momentos de resignada subordinación. Las diferencias ideológicas que separan a ambas formaciones son mayúsculas. El peronismo propugna la humanización del capitalismo suponiendo que ese sistema permite la equidad, si se compatibilizan los intereses de los patrones y los asalariados. Por eso propone el arbitraje del estado para armonizar ambas partes, en una “comunidad organizada” y rectora de los destinos de la nación.
La izquierda resalta, por el contrario, que los capitalistas lucran con la explotación de los asalariados y utilizan los recursos públicos para garantizar sus privilegios. Recuerda que suelen ampliar esos beneficios erosionando la soberanía nacional.

Esos principios contrapuestos -que separan a los marxistas de los peronistas- no definen la política de la izquierda, hacia el movimiento que conserva la adhesión mayoritaria de la población. Ese continuado predominio indujo a diferentes estrategias para transformar, eludir o erradicar al peronismo. Con distintas opciones se intentó revertir el gran pecado
de origen, que convirtió al justicialismo en un partido de masas. En los años 40 los socialistas y comunistas coincidieron con la derecha liberal, en el hostigamiento común a Perón.
Esa convergencia compartió la falsa acusación de “fascista”, esgrimida contra el nuevo líder por el bloque anti-alemán de la URSS y los Aliados. La subordinación a ese alineamiento geopolítico encegueció a la izquierda, impidiéndole registrar el carácter nacionalista y reformista del naciente peronismo. Esa miopía permitió que el justicialismo surgiera con el sostén de sectores provenientes del anarco-sindicalismo ydel socialismo.

Para enmendar ese descomunal desacierto, muchas corrientes familiarizadas con la izquierda propugnaron el posterior ingreso al peronismo. Imaginaron distintos caminos para inducir su conversión en una fuerza pro-socialista. Esa expectativa incluyó  la asunción total o parcial de la identidad peronista. En el cenit de ese proyecto se batalló por forjar la “patria socialista” que imaginaban sectores de la JP, el Peronismo de Base y los Montoneros.

La cúpula del PJ cerró violentamente el tránsito por ese rumbo. Bajo directivas del propio Perón se desencadenó un baño de sangre para eliminar a todas las vertientes radicalizadas (“infiltrados”).  El férreo verticalismo que el conductor introdujo en su primer mandato (para restringir huelgas y limitar la autonomía de los líderes sindicales) fue reforzado en el
segundo período, para perpetrar una contrarrevolución. Los crímenes de Isabelita y la Triple A pavimentaron el camino de Videla y sepultaron las ilusiones de transformación
socialista del peronismo.

Ese proyecto se extinguió por completo, pero dejó una vertiente más moderada que propugna la conversión del peronismo en una fuerza acabadamente progresista. Ya no esperan una evolución anticapitalista, pero sí la consolidación de un movimiento desembarazado de sus viejos vestigios derechistas. Hasta ahora, no hay indicios de concreción de esa esperanza.
Los conservadores como Massa, los oportunistas como Gioja y los cavernícolas como Pichetto se alternan en el control de los aparatos peronistas, que operan conburócratas asociados con la derecha. Por esa razón, la recreación del menemismo es una posibilidad siempre abierta en el universo del justicialismo.
Como el peronismo está intrínsecamente consustanciado con el orden capitalista, su performance derechista depende de las circunstancias. El justicialismo apuntaló en su
origen a la burguesía nacional, favoreció a los neoliberales con Menem y sostuvo a grupos locales industrialistas y financiarizados con Kirchner. El cortocircuito estructural
del peronismo con la izquierda deriva de esa defensa sostenida de los privilegios de las clases dominantes.